Río revuelto
La acción de gobierno se muestra aún insuficiente y contradictoria.
DE DOMINGO A domingo
ALICIA MILLER amiller@rionegro.com.ar
El gobierno rionegrino busca hacer pie en un río revuelto. Y no le resulta fácil hallar siquiera sus propias orillas, que se desdibujan entre desconfianzas e individualidades. Resulta arduo determinar si la mayoría de los problemas que todavía enfrenta el gobierno rionegrino obedece a factores externos, a causas ideológicas o a su intrínseca dificultad para pensarse como un colectivo con una misión concreta y acuciante. Durante la larga seguidilla de gobiernos radicales, fue sencillo advertir que la desmedida ambición de aquel grupo de perpetuarse en el poder –cooptando para ello a dirigentes de agrupaciones políticas entonces opositoras– resentiría las estructuras partidarias capaces de actuar como alternativas. Es decir, afectaría la chance de una institucionalidad sustentable para todos los rionegrinos. Y a la vista está que fue así. A pesar de esta constatación y del reconocimiento de los efectos políticos que tuvo el asesinato del gobernador Carlos Soria, el transcurso de los meses debilita las posibilidades de que el actual gobierno siga invocando culpas ajenas y pasadas. Todos y cada uno de los dirigentes que ocupan cargos provinciales están allí porque han sido votados o designados. Y, como tales, les resultan exigibles responsabilidad y resultados. Alberto Weretilneck se muestra hiperactivo, va y viene por la provincia realizando anuncios y actividades tan diversas como necesarias. Y ha comenzado a sentirse cómodo ejerciendo autoridad. Pero, al hacerlo, ha puesto en evidencia cierta dificultad para establecer con los miembros de su gabinete una relación que promueva conductas proactivas con incidencia eficaz en la gestión. La desconfianza y la falta de reuniones orgánicas de intercambio de ideas han generado una sensación de desaliento y de inseguridad entre sus funcionarios. Paradójicamente, esto sucede cuando el gobierno ha tenido, al fin, ocasión de dar algunas buenas noticias: el aumento de la producción petrolera, el pago de las regalías a municipios productores de hidrocarburos y el 54% de incremento interanual de recaudación tributaria han sido recibidos en los despachos oficiales como un bálsamo en medio de tanta adversidad. Todo comienzo de gestión invita a inaugurar la mejor etapa en un gobierno: la libertad de imaginar planes y sumar inteligencias. Sin embargo, el equipo provincial parece haber saltado varias etapas para llegar, demasiado pronto, a la etapa del desgaste. Hay quienes lo manifiestan de diversos modos: algunos buscan congraciarse con el gobernador. Otros eligen el silencio. Los menos, comparten su desazón. Weretilneck, sin dar instrucciones claras a cada sector, se convierte en demasiadas ocasiones en severo censor. Sólo algunas personas –en su mayoría, las que mejor lo conocen– parecen sentir relativo confort en su trato. El senador Pichetto, principal hacedor de la gobernabilidad de la que hoy disfruta Weretilneck, se muestra consternado cuando éste se prodiga en anuncios que ponen en duda el futuro equilibrio financiero en Río Negro. “No está haciendo lo que nos pidió la presidenta”. Si bien lo niega, en lo personal le hiere también el destrato a su hijo, el ministro de Producción. Hasta se rumorea que el mandatario piensa crear un ministerio de Hidrocarburos para restarle poder. Ayer, por primera vez, el senador pronunció una palabra hasta ahora tabú: “Si hay una ruptura en la coalición gobernante indudablemente no es culpa del Partido Justicialista”, dijo. En el bloque oficialista el clima no es mejor. Y a falta de un debate abierto que defina posiciones políticas y blanquee críticas, hay medias palabras, diálogos temerosos y puertas cerradas. Aunque muchos coinciden en el diagnóstico, hay discrepancias en qué hacer: ¿esperar?, ¿aconsejar?, ¿abrazarse a Weretilneck para conocer sus actos y deducir sus intenciones? ¿o tomar distancia para marcar las diferencias? Por lo pronto, el justicialismo ya se ha puesto en alerta. Es que la duda en ese partido sigue siendo la que sobrevoló los diálogos el primer día del año: ¿Weretilneck conducirá el gobierno liderado por el PJ o lo usará en favor de un proyecto personal con radicales, para el 2015? Pragmático, es probable que el cipoleño siga, como hasta ahora, poniendo huevos en la canasta de los dos partidos mayoritarios y que confíe en que el poder del Estado le permita construir una estructura propia con peronistas y –¿por qué no?– radicales. Un ejemplo cabal del río revuelto en el oficialismo es, en estos días, la inquietud que despierta la próxima renovación de autoridades en la CGT rionegrina. Con el aval del Consejo Justicialista, parecía un hecho la designación del titular de la Fruta Rubén López en reemplazo del camionero filo-radical Rubén Belich. Hasta que el clima interno se llenó de versiones y desconfianza. El viernes, con minutos de diferencia, el legislador frentista Juan Domingo Garrone emitió dos comunicados: uno con una severa crítica al gobernador, un ministro y un legislador oficialista y el segundo, desligando a Weretilneck y suavizando bastante el cuestionamiento. Mientras, el radicalismo parece haber agotado la instancia de la reflexión autocrítica y reanuda el diálogo entre adversarios internos. Lo alienta la vocación política. Pero también el deseo de sacar provecho a los numerosos cargos en segundas líneas que conserva en el actual gobierno, para compensar la relativa escasez de bancas legislativas y autoridades municipales. No en vano es la fuerza política con más “know how” de la administración pública y la que durante tres décadas construyó poder con y desde el Estado. El evidente fortalecimiento de canales de negociación y acuerdo con allegados a Weretilneck incrementa la irritación en el frente gubernamental, hasta ahora demasiado enfocado en sí mismo. Mientras la gestión de los problemas que afectan a los rionegrinos todavía requiere de consolidación y esfuerzos, la política va ganando lugar en los despachos públicos y en la calle. Ya se advierte la ansiedad frente a las elecciones parlamentarias nacionales del año próximo, en que deberán renovarse las tres bancas que ocupan en el Senado Miguel Pichetto (FpV), María José Bongiorno (FpV) y Pablo Verani (Alianza-UCR) y las que tienen en la Cámara de Diputados Oscar Albrieu (FpV) y Hugo Castañón (Alianza-UCR). Es de esperar que la propia acción política –en su faceta de debate imprescindible para la construcción de consensos– vaya haciendo del Frente para la Victoria un grupo en el cual las afinidades se encaucen y las diferencias se acepten o se diriman por canales democráticos. Algunas señales indican que ciertos rumbos están siendo trazados, al fin, en el plano de las tareas propias de la administración del Estado. Es de desear que esa tendencia se consolide y que la austeridad, la racionalidad en el gasto y la prioridad en el interés público por sobre el personal o sectorial sean el leit motiv de una acción que, por ahora, se muestra aún algo contradictoria e insuficiente.