Rumbo a erradicar la violencia social
Viviana Vitulich (*)
Presente en la historia desde el comienzo de las sociedades humanas, la violencia es una modalidad de vinculación que afecta a todos los niveles socioculturales y a todas las clases sociales. Las relaciones violentas producen daño de diferentes grados para la integridad del otro. Es una relación de fuerza cuya conducta es aprendida, regulada, permanente y generalizada dirigida hacia objetos, sujetos o situaciones. Las expresiones de violencia no sólo se circunscriben a la violencia verbal y física, sino que se manifiestan de diferentes formas y en distintos ámbitos, configurándose así diferentes tipologías de violencia como: doméstica, psicológica, laboral, obstétrica, etc. El largo camino hacia la erradicación de la violencia no depende de los otros, sino que lentamente lo construye y transita uno mismo. El logro de la estabilidad emocional de la comunidad se obtiene imprimiendo características racionales a aquellas reacciones que exhibimos ante una provocación, con lo cual lograremos disminuir gradualmente las expresiones sociales violentas y aumentar las posibilidades de coexistencia pacífica. La representación que una persona tiene de la violencia y de sus posibles víctimas desempeña un decisivo papel en su socialización y el riesgo de ejercerla. Teniendo en cuenta que en un hogar donde se exhiben permanentes situaciones agresivas, el niño considera autenticada la posibilidad de un futuro como ser violento. La ira esporádica es una respuesta normal del ser humano cuando se siente amenazado o frustrado. No obstante, si no se controla bien puede convertirse en un problema, ya que trastorna física y psicológicamente a la persona. De convertirse en un acontecimiento permanente en las relaciones vinculares, daña el sistema circulatorio, acelera la respiración, eleva la tensión arterial y tensa la musculatura corporal. Dificulta el sueño y perturba la alimentación y digestión. Todo ello sin mencionar el daño que les inflige a los que nos rodean y se convierten en objeto de nuestra ira. La respuesta agresiva o violenta depende de cómo el individuo percibe la situación y en cuál de la selección de opciones que escoge en el momento se basa. Cuando tenemos respeto por el pensamiento del otro, tolerancia hacia sus opiniones, escuchando y aceptando a los demás, podemos debatir los puntos de oposición y a partir de ello dirimir las cuestiones que se estén discutiendo, reflexionando que el individuo violento sólo es el emergente de una sociedad enferma, el punto débil por el que se manifiestan las crisis sociales no resueltas. Aprendamos a ver las cosas desde la óptica de los demás practicando la empatía, es decir poniéndonos más a menudo en los zapatos del otro. Tengamos en cuenta, también, que lo que suele molestarnos frecuentemente es un reflejo de algún conflicto nuestro que continúa pendiente, algún asunto sin concluir. Cuando se sienta invadido por la ira y el enojo, antes de responder respire hondo, tómese diez segundos y piense: ¿por qué me enoja esto?, ¿qué puedo hacer para resolverlo?, ¿en qué contribuye mi reacción y qué consecuencias tendrá? Si puede, calle por unos momentos. En ese tiempo elabore con cuidado la respuesta, elija bien las palabras que va a utilizar. Trasládese unos minutos hacia el futuro y piense cómo sería la situación de haber respondido agresivamente. Si usted presencia u oye hechos de violencia restringidos al interior de un domicilio, tiene el deber civil y moral de notificarlo. Puede hacerlo al 101 en todo el país y a números específicos de juzgados de Paz, comisarías u hospitales, dependiendo de la localidad en que se encuentre. (*) Psicóloga social. Operadora en Salud Mental Comunitaria