Desafíos del bajo volumen en la fruticultura del Alto Valle: ¿Qué cambia cuando aplicamos con drones?
La expansión de los drones abre nuevas oportunidades para la fruticultura del Alto Valle. Aprovechar su potencial exige conocimientos sobre regulación, calibración y mantenimiento, formulaciones concentradas, destino de las gotas, eficacia sanitaria e impacto ambiental.
La incorporación de drones agrícolas transforma la aplicación de tratamientos fitosanitarios. En Argentina, estimaciones sectoriales mencionan 90 equipos vendidos en 2023 y un parque cercano a 4.000 drones en 2026.
En el Alto Valle, estos equipos permiten tratar sectores difíciles sin ingresar con maquinaria pesada al monte, reducir las necesidades de agua y aprovechar mejor las oportunidades de aplicación. Su desarrollo requiere capacitación de operadores, criterios de calibración y mantenimiento, y un marco regulatorio adecuado.
Durante décadas utilizamos pulverizadores hidroneumáticos con volúmenes que pueden superar los 2.000 litros por hectárea; hoy exploramos aplicaciones con drones de 40 a 80 litros por hectárea. Este cambio nos obliga a revisar la elección, cómo preparamos, transportamos y depositamos los fitosanitarios. Cubrir más hectáreas en menos tiempo no garantiza mayor eficiencia de deposición ni mejor eficacia biológica.
Primer desafío: ¿Qué ocurre con los caldos concentrados?
Si mantenemos la dosis de producto comercial por hectárea y reducimos el volumen de aplicación de 2.000 a 60 litros, la concentración en el tanque del dron aumenta unas 33 veces. No solo concentramos el ingrediente activo, también lo hacemos con todas las sustancias que posee un fitosanitario: solventes, tensioactivos, dispersantes, emulsionantes y otros coformulantes.
Una suspensión concentrada (SC), un concentrado emulsionable (EC) o un granulado dispersable (WG) pueden responder de forma diferente. Podrían modificarse la viscosidad, la tensión superficial, la estabilidad o la compatibilidad de la mezcla. Una preparación estable a alta dilución podría generar espuma, sedimentar o separar fases al utilizar menos agua.
También importan la calidad del agua, la solubilidad o dispersabilidad, la dosificación de coadyuvantes y el orden de mezcla. Mantener la homogeneidad entre cargas es fundamental, especialmente si el equipo no tiene agitación continua. Debemos evitar obstrucciones y evaluar los límites de concentración dentro de los usos autorizados.
Segundo desafío: alcanzar el blanco dentro del árbol
Manzanos, perales y cerezos presentan copas tridimensionales, con hojas, ramas y frutos en distintas posiciones. Las pulverizadoras hidroneumáticas transportan gotas con aire predominantemente lateral; los drones generan un flujo descendente, denominado downwash.
Este flujo puede favorecer el transporte, pero depende de los rotores, la altura y velocidad y la resistencia del follaje. Una buena deposición en la parte superior no garantiza alcanzar el interior de la copa, el envés de las hojas o las plagas refugiadas.
También importan la trayectoria, el tamaño de gota, el ancho efectivo de trabajo y el solapamiento entre pasadas. El ancho declarado por el fabricante no siempre coincide con la distribución real: hay que verificar la uniformidad y ajustar la operación al monte y al blanco sanitario.
Tercer desafío: reducir las pérdidas y cuidar el ambiente
Desde que una gota se forma hasta que llega al blanco puede evaporarse o desviarse por el viento; al impactar, puede extenderse, quedar retenida, rebotar o escurrir. La baja humedad relativa y los vientos frecuentes del Alto Valle hacen decisivo repensar todo el proceso de pulverización.
Las gotas pequeñas permiten generar más impactos con un mismo volumen, pero son más susceptibles a la deriva y evaporación. Al perder agua, aumenta la concentración de los componentes no volátiles: la gota que llega a la hoja puede ser diferente de la que salió del equipo. Formulación y coadyuvantes influyen en ese comportamiento.
Usar menos agua reduce necesidades de abastecimiento y transporte y puede disminuir ciertas pérdidas por escurrimiento. Es una oportunidad, pero no garantiza contaminar menos. Debemos medir el depósito y sus pérdidas.
Cuarto desafío: distinguir cobertura, depósito y eficacia
Las tarjetas hidrosensibles muestran impactos y permiten estimar cobertura, pero no cuantifican directamente cuánto ingrediente activo quedó depositado. Dos tratamientos pueden cubrir superficies diferentes y dejar cantidades semejantes de producto, o mostrar coberturas parecidas con depósitos distintos.
Con mayor concentración, menos cobertura no implica necesariamente menor eficacia, pero tampoco garantiza una dosis suficiente. El resultado depende de su distribución, de dónde está la plaga o enfermedad y de si el producto actúa por contacto, tiene acción translaminar o se mueve sistémicamente.
Por eso necesitamos complementar las tarjetas con mediciones de depósito mediante trazadores o análisis químicos y, sobre todo, ensayos de eficacia biológica. La pregunta es cuánto ingrediente activo llega al sitio donde debe actuar y si alcanza el control esperado.
Quinto desafío: ¿podemos necesitar menos ingrediente activo?
Reducir el agua por hectárea es un avance, pero la meta agronómica y ambiental puede ser más ambiciosa: investigar si, al mejorar el depósito y reducir las pérdidas, podríamos lograr el mismo control utilizando menos ingrediente activo por hectárea.
No se trata de recomendar reducciones arbitrarias de dosis. Esta posibilidad exige ensayos por cultivo, producto y organismo, sin comprometer la eficacia, favorecer resistencias ni apartarse de los usos autorizados. Hay que relacionar dosis aplicada, depósito, distribución y respuesta biológica.
También debemos evaluar residuos y fitotoxicidad. Las mezclas más concentradas pueden modificar la exposición local de hojas y frutos, la absorción o la persistencia, sin que esto implique automáticamente mayor residuo en cosecha o daño vegetal. Otra línea de trabajo será desarrollar formulaciones adecuadas para el bajo volumen.
Una oportunidad para la fruticultura del Alto Valle
Los drones no necesitan reemplazar de inmediato a los pulverizadores hidroneumáticos. Ambas tecnologías pueden complementarse según especie, arquitectura de copa, producto y problema sanitario. Para determinar cuándo conviene cada una necesitamos investigación local, capacitación y trabajo conjunto entre productores, profesionales, universidades e instituciones.
El salto tecnológico no será solamente aplicar más rápido o ahorrar agua: será demostrar que podemos aprovechar mejor los fitosanitarios, sostener un control eficaz y reducir el impacto ambiental. Y, cuando la evidencia y las autorizaciones lo permitan, avanzar hacia menores cantidades de ingrediente activo por hectárea.
(*) Ing. Agr. Leandro A. Pisano | Facultad de Ciencias Agrarias – Universidad Nacional del Comahue
Email: leandro.pisano@faca.uncoma.edu.ar
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