Mallines: intervenir el agua para transformar la producción en la Patagonia

Las intervenciones sobre mallines están creciendo en la Norpatagonia. La evidencia muestra que pueden transformar la productividad, pero también plantea una pregunta clave: cómo intervenir sin perder de vista el funcionamiento de la cuenca.

Redacción

Por Federico Boggio*

Como se observa en la imagen de apertura, la intervención sobre el escurrimiento permite aumentar la cobertura vegetal y generar una respuesta productiva claramente diferenciada respecto del entorno.

De bajos húmedos a sistemas clave

En los últimos años, los mallines volvieron al centro de la discusión productiva en la Patagonia. Durante mucho tiempo fueron vistos como “bajos húmedos” dentro de un sistema dominado por la estepa. Hoy comienzan a ser comprendidos como algo distinto: ambientes clave donde se concentra agua, productividad y estabilidad dentro de sistemas naturalmente limitados.

A escala predial, los mallines representan entre el 2 y el 5% de la superficie total, pero concentran una fracción desproporcionada de la producción forrajera. En sistemas de cría, pueden aportar del orden del 30 al 40% del consumo anual, con un rol decisivo en momentos críticos como la lactancia.

La diferencia es estructural: mientras la estepa produce típicamente entre 150 y 300 kg de materia seca por hectárea, los mallines pueden multiplicar esa productividad entre 10 y 20 veces, dependiendo de su condición. Estos valores varían según el tipo de mallín, su estado y la disponibilidad efectiva de agua, por lo que deben leerse como órdenes de magnitud y no como valores fijos. No se trata solo de cantidad, sino también de calidad, oportunidad y estabilidad de la oferta.

«Mientras la estepa produce típicamente entre 150 y 300 kg de materia seca por hectárea, los mallines pueden multiplicar esa productividad entre 10 y 20 veces».

Federico Boggio, director de HALKIS Consultores.

Pero esta diferencia no es fija. Tanto la estepa como los mallines pueden encontrarse en distintos estados de funcionamiento —desde situaciones de alta cobertura y productividad hasta condiciones degradadas—, con diferencias marcadas en su capacidad de producir, retener agua y sostener carga animal.

Ese comportamiento responde a una condición de base: la Patagonia es un territorio heterogéneo, estructurado por gradientes de precipitación, temperatura, relieve y suelos que determinan distintos sistemas ecológicos y productivos. En ese mosaico, los mallines funcionan como puntos de concentración del agua dentro de ambientes mayormente limitados.

Poca superficie, alto impacto: los mallines concentran gran parte de la producción y del uso efectivo del agua.

Restaurar es reordenar el agua

Este cambio de mirada abre una segunda pregunta: si los mallines son clave, ¿cómo se intervienen?

Los enfoques actuales parten de una idea simple pero potente: restaurar un mallín no es agregar insumos, sino recuperar su funcionamiento hidrológico.

«Restaurar un mallín no es agregar insumos, es reordenar el agua».

Federico Boggio, director de HALKIS Consultores.

En términos prácticos, esto implica reducir la velocidad del escurrimiento, aumentar el tiempo de permanencia del agua y favorecer su infiltración. Cuando esto ocurre, el mallín recupera su capacidad de actuar como una “esponja”: almacena agua, la libera gradualmente y sostiene la producción a lo largo del tiempo.

En un contexto donde la disponibilidad de agua dejó de ser un dato estable y previsible y es cada vez más variable dentro del año, la capacidad de retener y distribuir ese recurso en el tiempo pasa a ser tan importante como su cantidad total.

El proceso inverso también es conocido. La pérdida de cobertura vegetal —frecuentemente asociada al sobrepastoreo— incrementa la escorrentía, genera encauzamientos y cárcavas y termina drenando el sistema. El resultado es un mallín que pierde humedad, productividad y estabilidad.

En este sentido, la intervención no solo mejora la producción: puede cambiar el estado del sistema. Ambientes degradados pueden recuperar parte de su funcionamiento si se restablecen los procesos hidrológicos que los sostienen, aunque la magnitud de esa recuperación depende de las condiciones iniciales y del grado de degradación.

Intervenir con criterio

Las intervenciones más difundidas —regueras en curvas de nivel (dispuestas en patrón tipo espina de pescado, que permite distribuir el agua lateralmente y reducir la velocidad del escurrimiento), pequeños diques y obras de redistribución del escurrimiento— son simples en su forma, pero exigentes en su diseño. No todos los mallines responden igual ni todos tienen el mismo potencial.

Existe un gradiente claro de productividad:

  • mallines degradados o secos: <300 kg MS/ha
  • mallines subhúmedos: 1000–3000 kg MS/ha
  • mallines húmedos: 3000–5000 kg MS/ha
  • mallines muy húmedos: 5000–7000 kg MS/ha

Estos rangos reflejan distintos estados de funcionamiento hidrológico y productivo.

La pendiente, el tipo de suelo, la conectividad del sistema, la profundidad de la napa y, en muchos casos, la salinidad, condicionan tanto el diseño como los resultados. Por eso, en muchos predios, la intervención se concentra en sectores específicos donde la respuesta puede ser mayor.

«La pendiente, el tipo de suelo, la conectividad del sistema, la profundidad de la napa y, en muchos casos, la salinidad, condicionan tanto el diseño como los resultados».

Federico Boggio, director de HALKIS Consultores.

La restauración dejó de ser una práctica intuitiva. Hoy requiere diagnóstico, diseño hidráulico y seguimiento. Los resultados dependen fuertemente de las condiciones del sitio, del diseño de la intervención y de su correcta implementación.

Además, no se trata solo de una decisión técnica. En la mayoría de las jurisdicciones del norte de la Patagonia, las intervenciones que implican redistribución de agua requieren autorización provincial, ya que el recurso hídrico es de dominio público. En la práctica, esto permite encuadrar las intervenciones dentro de criterios de uso del agua a escala de cuenca y evitar conflictos posteriores.

A medida que estas prácticas se expanden, aparece una necesidad adicional: definir criterios que permitan priorizar dónde intervenir y cómo hacerlo en cada caso. Los mallines presentan condiciones muy distintas y no responden de igual manera, por lo que la decisión de intervenir requiere ser evaluada en función de cada sitio.

En este contexto, el acompañamiento técnico resulta clave, tanto en el diseño como en la ejecución y el seguimiento de las obras.

Cuando el sistema responde

Los resultados, cuando las intervenciones están bien planteadas, pueden ser significativos. Un caso regional muestra cómo un mallín pasó de aproximadamente 500 kg de materia seca por hectárea a más de 1000 kg tras una intervención de redistribución del escurrimiento.

Como muestra el gráfico, el cambio no es solo cuantitativo. El aumento en los valores de NDVI refleja una mejora en la cobertura vegetal y en la continuidad del sistema, evidenciando una mayor capacidad del mallín para sostener producción a lo largo del tiempo.

Ese dato debe leerse en contexto. Corresponde a situaciones intermedias dentro del gradiente. En mallines con mayor disponibilidad hídrica, los niveles de producción pueden ser considerablemente superiores, aunque la respuesta no es uniforme y puede variar entre sitios.

Lo relevante no es solo el aumento de producción. Lo importante es el cambio en el funcionamiento del sistema:

  • mayor continuidad de la vegetación
  • mayor duración del período productivo
  • menor variabilidad entre años
  • mejor calidad de la oferta forrajera

Ambientes que antes respondían de manera fragmentada pasan a sostener producción de forma más estable.

Una práctica en expansión

Este tipo de resultados explica por qué las intervenciones sobre mallines se están expandiendo en el norte de la Patagonia. Productores, equipos técnicos y organismos públicos están incorporando estas prácticas apoyados en experiencias acumuladas en la región.

El mallín deja de ser un ambiente dado y pasa a ser un ambiente gestionable.

Esa posibilidad no es solo técnica, también es económica. En muchos casos, las inversiones necesarias para intervenir un mallín se recuperan en plazos cortos —del orden de uno o dos ciclos productivos—.

Sin embargo, la intervención por sí sola no garantiza resultados sostenidos. Para consolidar las mejoras, es necesario ajustar el manejo del pastoreo —carga, tiempos de uso y períodos de descanso— de manera consistente con el nuevo funcionamiento del sistema.

A medida que la práctica escala, su impacto deja de ser estrictamente local. Intervenciones que funcionan bien a nivel predial pueden generar efectos acumulativos cuando se replican en múltiples establecimientos dentro de una misma cuenca. En ese contexto, compartir criterios y experiencias entre productores y técnicos aparece como una herramienta para sostener los beneficios productivos sin generar efectos no deseados a mayor escala.

El límite: la escala de cuenca

Intervenir un mallín no es solo mejorar un ambiente productivo: es modificar el funcionamiento del sistema hídrico en el que ese ambiente está inserto.

En el artículo anterior se planteó un cambio de contexto: el agua dejó de ser un dato estable para convertirse en una variable crítica, con menor disponibilidad y mayor variabilidad en su comportamiento. En ese escenario, cada intervención deja de ser neutra.

Los mallines no son unidades aisladas. Forman redes distribuidas a lo largo de bajos, cañadones y zonas de acumulación. Relevamientos realizados por INTA en el norte de la Patagonia muestran que, a escala territorial, ocupan aproximadamente entre el 3 y el 4% de la superficie.

«Intervenir un mallín no es solo mejorar un ambiente productivo: es modificar el funcionamiento del sistema hídrico en el que ese ambiente está inserto.»

Federico Boggio, director de HALKIS Consultores.

A esto se suma un aspecto clave de ubicación. En gran parte del norte de la Patagonia, los mallines se encuentran en sectores altos y medios de las cuencas, aguas arriba de los sistemas de riego, de los valles productivos y de la regulación hidroeléctrica.

Esto implica que su funcionamiento no solo afecta al sistema inmediato: define el hidrograma de escurrimiento aguas abajo, cuánto agua escurre, en qué momento y con qué regularidad.
En ese contexto, pequeñas modificaciones en estos ambientes pueden tener efectos desproporcionados en relación a la escala de la intervención en la dinámica del agua a escala de cuenca.

El agua que se retiene en un mallín no desaparece: cambia su recorrido, su tiempo de permanencia y su disponibilidad aguas abajo. Cuando las intervenciones se multiplican, sus efectos también se acumulan.

Esto introduce una dimensión adicional: lo que mejora un sistema productivo en un establecimiento puede, en algunos casos, influir en cómo se distribuye el agua dentro de la cuenca, especialmente cuando las intervenciones se multiplican.

De la mejora productiva a la decisión territorial

La discusión sobre mallines no debería reducirse a si conviene o no intervenir. La pregunta más relevante es otra: bajo qué condiciones, con qué objetivos y con qué lectura del sistema se toman esas decisiones.

En el norte de la Patagonia, la restauración de mallines puede ser una de las herramientas más efectivas para transformar la producción sin expandir superficie ni depender exclusivamente de insumos externos. Pero su verdadero alcance va más allá de lo productivo.

Intervenir un mallín es intervenir el agua. Y en un sistema donde ese recurso es cada vez más limitado y variable, eso implica tomar decisiones que exceden al predio.

El cambio es claro: lo que antes era una práctica localizada empieza a formar parte de una discusión sobre cómo se organiza el agua dentro del territorio y cómo se articulan las decisiones productivas con los criterios de gestión del recurso.

Cierre

En un contexto de mayor variabilidad climática, menor previsibilidad de los caudales y demandas crecientes sobre el recurso, los mallines dejan de ser solo ambientes forrajeros. Se convierten en nodos estratégicos donde se cruzan producción, regulación hídrica y decisiones territoriales.

Mejorar un mallín no es simplemente producir más pasto. Es intervenir sobre el agua en un sistema donde ese recurso ya no es estable ni suficiente para todos los usos.

En ese escenario, la pregunta deja de ser técnica y pasa a ser estratégica: ¿cómo se organiza el uso del agua dentro de una misma cuenca donde las decisiones prediales empiezan a interactuar entre sí?

Esa es la discusión que se abre en el próximo artículo.

(*) Ingeniero Agrónomo Federico Boggio.
Director HALKIS Consultores.
Email: federicoboggio@halkis.com.ar


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Como se observa en la imagen de apertura, la intervención sobre el escurrimiento permite aumentar la cobertura vegetal y generar una respuesta productiva claramente diferenciada respecto del entorno.

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