Recibió 32 colmenas de regalo cuando cumplió 13 años y fue el inicio de 55 años ligado a la apicultura

Carlos Levín es titular de Miel Río Negro y presidente de la Cámara Argentina de Fraccionadores de Miel. En 1971 recibió su diploma de perito apicultor y comenzó un recorrido por un mundo apasionante que en algún momento lo trajo a General Roca. En su planta fraccionadora ubicada en esta ciudad procesa entre 800 y 1.000 tambores de 300 kilos cada uno, incursiona en miel orgánica y alimenta su sueño de exportar en 2026.

Carlos Levín, Miel Río Negro.

La historia de Carlos Levín es, en buena medida, una gran parte de la historia de la miel fraccionada en la Patagonia. Titular de Miel Río Negro y Presidente de la Cámara Argentina de Fraccionadores de Miel (CaFraM), Levín es productor, formador y dirigente institucional, y lleva más de cinco décadas vinculado a la apicultura, con una trayectoria que combina trabajo en el campo, desarrollo industrial y una fuerte apuesta por la identidad regional.

“Todo empezó con ese papelito amarillo que ves colgado en la pared”, recuerda mientras señala su título de perito agricultor obtenido en 1971. Pero el vínculo con la miel comenzó mucho antes. Para ganarse la vida, su padre Juan Simón repartía queso, huevos y miel en Marcos Paz, provincia de Buenos Aires, y fue quien lo introdujo en el rubro.

El punto de partida concreto llegó en 1970 cuando con apenas 13 años Carlos recibió su regalo de cumpleaños. Podría haber sido una bicicleta, un detalle que a nadie hubiera llamado la atención, pero en cambio fueron 32 colmenas adquiridas a un productor yugoslavo que por diversas cuestiones personales ya no podría continuar ligado a la actividad. “Yo quería algo para trabajar”, dice Carlos sobre aquel momento.

Siempre tuve la idea de estudiar algo ligado al campo, la producción, los animales, y tener colmenas es como tener un auto: hay que saber conducirlo, no dije manejar, dije conducir”, resume.

De las colmenas al fraccionamiento



El fuerte vínculo entre Carlos y su papá Juan Simón no quedó solo en ese regalo de cumpleaños, sino que fue el punto de partida para un proyecto en común. Padre e hijo decidieron capacitarse formalmente en la Sociedad Argentina de Apicultores y en diciembre de 1971 se recibieron como peritos apicultores.

Carlos Levín con parte de la producción que sale cada día de la planta de fraccionamiento en General Roca.


En una primera etapa cosechaban la miel y la entregaban a fraccionadores, hasta que surgió la decisión estratégica de avanzar un paso más en la cadena de valor. Así comenzó el fraccionamiento propio, con los primeros kilos envasados luego de completar las habilitaciones correspondientes.

Años más tarde, ya casado, surge una oportunidad laboral vinculada a la enseñanza de apicultura en contextos institucionales, lo que motivó el traslado familiar a General Roca. El viaje fue tan literal como simbólico: colmenas sobre el chasis de un camión, los muebles de la mudanza en el acoplado y 27 horas de mate compartido “para que el chofer no se duerma”.

Arribo a General Roca luego de 27 horas de viaje en camión



“Yo trabajaba en una colonia de menores enseñándoles apicultura a los chicos en Marcos Paz y salió la posibilidad de trabajar en lo mismo en la Unidad 5 en la Colonia Penal”, cuenta Levín a Río Negro Rural.

Mieles de distintos países forman parte de una estantería que exhibe con orgullo Carlos Levín.


En Río Negro, el apicultor encontró un escenario productivo con mucho potencial, pero con algunas carencias, como por ejemplo falta de capacitación específica y de organización sectorial. Ese diagnóstico derivó en un rol activo en la construcción institucional: participación en la Ley Apícola provincial, conformación de la primera cámara de apicultores del Alto Valle y una intensa tarea de formación, con cursos que llenaban auditorios.

Paralelamente, comenzó a gestarse un proyecto comercial que detectó una ausencia clara en las góndolas: no había miel identificada como producto rionegrino, aunque sí estaba la presencia de mieles de otras provincias como La Pampa, Córdoba o Buenos Aires, además de otras mieles de dudosa procedencia.

Marca, trazabilidad y valor agregado



“La abeja hace lo mejor, vos tenés que ponerlo en el mejor envase y contarle a la gente que eso es lo mejor”, sintetiza Levín su idea de trabajo con este noble producto. Bajo esa premisa nació la marca Río Negro, pensada desde el inicio como una construcción identitaria. El envase, el diseño y, especialmente, el mapa de la provincia en la etiqueta transformaron a la miel en un producto con origen reconocible.

Recuerda Levín que “en una charla con Norberto Blanes me dijo: vos pensá que en todas las cajas de fruta que salen de esta zona dice frutas de Río Negro, hay un reconocimiento hacia la producción en la región. Además la mayor parte de los países que importan la fruta son altos consumidores de miel, como Estados Unidos o Europa. En ese entonces hago el registro de la marca Río Negro y se transformó en un producto con identidad”.

El gran objetivo hacia 2026 es retomar la exportación de miel fraccionada, tanto convencional como orgánica.

Carlos Levín, Miel Río Negro.

La estrategia se apoyó en un concepto clave para la exportación: las “tres C”, que hacen referencia a calidad, cantidad y continuidad, y a las que ahora se suman la inocuidad y la autenticidad, cuenta Levín.

En ese marco, la trazabilidad cumple un rol central. Argentina cuenta con un sistema admirado a nivel internacional, que permite rastrear cada tambor desde el productor hasta el frasco final. En la planta de Miel Río Negro en General Roca cada lote se procesa de manera diferenciada, respetando origen, características sensoriales y homogeneidad.

La empresa trabaja actualmente con más de 40 productores de Río Negro, Neuquén y La Pampa en una dinámica regional integrada que incluye polinización cruzada y aprovechamiento del monte natural. Zonas como las ubicadas entre Choele Choel y Río Colorado aportan mieles con identidad propia, marcadas por floraciones de alpataco, piquillín, jarilla y chañar.

Volumen de producción y 17 presentaciones distintas



El volumen de producción oscila entre 800 y 1.000 tambores de 300 kilos cada uno, que se fraccionan a lo largo del año. La planta opera todos los días, con una capacidad de 600 potes por hora en miel líquida y un proceso más lento y costoso en miel cremosa con 60 potes por hora.

La oferta de Miel Río Negro incluye 17 presentaciones distintas, desde envases de 250 gramos hasta un kilo, con y sin pico vertedor, tanto en miel convencional como orgánica.

“Hace dos años arrancamos con la producción de miel orgánica con lo cual abrimos un nuevo frente de trabajo. Un producto diferenciado para otro público y otro mercado”.

Carlos Levín, Miel Río Negro.

“Hace dos años arrancamos con la producción de miel orgánica con lo cual abrimos un nuevo frente de trabajo. Un producto diferenciado para otro público y otro mercado”, dice Levín a Río Negro Rural.

El consumo de productos orgánicos crece sostenidamente -entre 6 y 8% anual a nivel global- y, aunque en Argentina el ritmo es menor, la combinación de “orgánico” y “Patagonia” funciona como una carta de presentación diferencial.

La red comercial de la empresa alcanza unos 800 puntos de venta entre supermercados, comercios minoristas, dietéticas, vinotecas y mayoristas. La miel también se integra a la gastronomía, la pastelería y la industria alimentaria, y gana terreno como edulcorante natural en batidos y preparaciones saludables.

Autenticidad, institucionalidad y mirada al futuro



Desde su rol en CAFAM y con más de dos décadas de experiencia institucional, Levín advierte sobre uno de los principales problemas del sector: la adulteración de mieles. Productos elaborados con jarabe de maíz de alta fructosa ocupan espacio en las góndolas y generan confusión en el consumidor. “La miel natural no tiene octógonos; no tiene azúcares agregados”, subraya, al explicar el proceso biológico mediante el cual la abeja transforma el néctar en miel auténtica.

La oficina de Carlos Levín, con paredes tapizadas con reconocimientos a su trayectoria, a sus productos y varios recortes de una vida ligada a la actividad apícola.


El gran objetivo hacia 2026 es retomar la exportación de miel fraccionada, tanto convencional como orgánica. Existen gestiones avanzadas en mercados de alto poder adquisitivo como Finlandia, además de Estados Unidos, países árabes, América Latina y el Caribe.

No es un camino sencillo: requiere estabilidad, previsibilidad y continuidad. “Muchos productores están al límite, endeudados. Yo solo quiero que me dejen trabajar”, sostiene el titular de Miel Río Negro.

Mientras, Levín sigue apostando a una agroindustria con identidad, trazabilidad y valor agregado, convencido de que la miel argentina -y patagónica- todavía tiene mucho camino por recorrer.


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