«Redescubrí la tierra»: se mudaron de la ciudad a una chacra en la Patagonia y cambiaron sus profesiones por la alfalfa y el turismo
Marcelo Squadroni pasó décadas dedicado al movimiento de suelos y Viviana Llorente, su esposa, como contadora. En 2019, él redescubrió su vínculo con el campo. La producción de alfalfa, una mudanza que cambió sus prioridades y un emprendimiento turístico junto al embalse del dique Ballester marcaron un giro en la vida familiar.
Viviana y Marcelo apuestan fuerte al turismo en Río Negro. Foto: Emiliano Ortiz.
Una tarde fría y lluviosa de primavera. El canto de bandurrias, teros y cotorras se mezcla con el sonido de la lluvia cayendo sobre los caminos de la chacra. El aroma de los sauces y los álamos acompaña la conversación con Marcelo Squadroni. Junto a su pareja, Viviana Llorente, encontraron en este rincón de Barda del Medio mucho más que tierra para producir: un lugar desde el cual replantearse cómo querían vivir.
La historia de las 80 hectáreas que Marcelo recibió en 1991 como parte de pago por su trabajo está ligada a la de su familia, a décadas de actividad en el movimiento de suelos y a una relación con el campo que nunca terminó de desaparecer. Pero hubo un momento en que todo cambió. En 2019, una visita a la chacra despertó algo que había permanecido latente durante años. A partir de entonces, la alfalfa, la tranquilidad y un proyecto turístico a orillas del embalse del dique Ballester comenzaron a marcar un rumbo diferente.
El recorrido de los Squadroni en el agro de la Patagonia
Marcelo Squadroni nació en Luis Beltrán, en el Valle Medio rionegrino, al igual que Viviana. Su vínculo con la tierra comenzó mucho antes de que tuviera un campo propio. Su padre, Anselmo, se dedicaba el emparejamiento de chacras en la zona. En 1969, se mudó junto a toda la familia (Marcelo era un niño) a Villa Manzano para prestar sus servicios en el desarrollo de tierras en San Patricio del Chañar (Neuquén).
La familia permaneció allí hasta 1974, cuando regresó a Valle Medio. Con el dinero que había conseguido trabajando en la zona, Anselmo compró dos chacras en Pomona, que desmontó, emparejó y puso en producción. Se dedicó principalmente a la horticultura, con cultivos de tomate, cebolla y otras especies anuales. La actividad continuó después de su muerte, en 1983, y las tierras se vendieron en 2006.
Marcelo había heredado de su padre algo más que una historia familiar ligada al campo. También había aprendido un oficio que terminaría definiendo su trayectoria laboral. “Yo continué con lo que hacía mi papá, que era el emparejamiento de chacras”, recuerda en diálogo con Río Negro Rural.

En 1986 se radicó definitivamente en Neuquén, después de una etapa de mudanzas y de una relación a distancia con Viviana, que hacía la carrera de Contador Público en Bahía Blanca. Marcelo, en tanto, continuó con la pequeña empresa familiar, compró maquinaria vial y amplió su actividad hacia los movimientos de suelo para grandes obras de la región.
La chacra de Barda del Medio apareció en ese recorrido en 1991. Una empresa frutícola había obtenido tierras fiscales de la provincia de Río Negro y contrató a Marcelo para acondicionarlas. Eran unas 300 hectáreas cubiertas de monte. El trabajo incluyó recuperar la infraestructura de riego, con una bocatoma sobre el embalse del dique Ballester (el origen de todo el sistema de riego del Alto Valle) y un canal de aproximadamente 2,5 kilómetros.
Como parte de pago por esos trabajos, Marcelo recibió 80 hectáreas. “Yo quería tener tierra, siempre me llamó la atención”, cuenta. Sin embargo, su actividad principal seguía siendo el movimiento de suelos. La chacra quedó en un segundo plano, con alfalfa como cultivo y un esquema de explotación a porcentaje con arrendatarios. Las visitas eran esporádicas: el trabajo con las máquinas le demandaba casi todo su tiempo.
Volver a la chacra en la Patagonia
En 2019, algo cambió. Un día Marcelo llegó a la chacra y la miró de otra manera. Después de décadas vinculado al suelo desde la maquinaria, empezó a prestar atención al proceso productivo, al crecimiento de las plantas y al paso de los días en el campo.
“Redescubrí la tierra”, resume. Tenía 53 años y decidió dejar de alquilar las hectáreas para trabajarlas por su cuenta. Compró herramientas, incorporó equipamiento y comenzó a viajar desde Neuquén todos los días. La actividad vial fue perdiendo protagonismo hasta que, después de una última obra importante en 2022, la empresa quedó prácticamente inactiva.

“Ponerme a producir en la chacra me lleva a mis raíces, a mi papá. La familia paterna siempre fue gente de chacra. Corre por la sangre eso”, explica.
El cambio también involucró a sus empleados. Algunos dejaron los camiones y las máquinas viales para subirse a los tractores. Marcelo invirtió en tractores nuevos, dos segadoras, rastrillos, una enfardadora y una rotoenfardadora. La idea era desarrollar una producción tecnificada, para reducir la dependencia de mano de obra.
De las 80 hectáreas que tiene el establecimiento, 45 están actualmente en producción. Se produce únicamente alfalfa: no hace rotaciones con maíz ni verdeos, sino que mantiene el cultivo sobre las mismas parcelas. La siembra se concentra en marzo y abril, aunque también ha sembrado en primavera.

El riego es por manto y depende del funcionamiento del sistema vinculado al embalse del dique Ballester. Cuando bajan las compuertas y desciende el nivel del agua, también se interrumpe el ingreso al canal que abastece la chacra.
En condiciones habituales, los rendimientos promedio oscilan entre 10 y 12 toneladas de materia seca por hectárea. Realiza seis cortes anuales y, en algunas temporadas, llegó a siete.
La comercialización se apoya principalmente en la venta minorista de fardos y rollos de alfalfa a pequeños granjeros de la zona, aunque también hay clientes en la cordillera. Los compradores retiran los productos directamente en el establecimiento, denominado “La Mansa”.

Marcelo asegura que históricamente vendió toda la producción. Los fardos, que antes comercializaba a entre 2,50 y 3 dólares, comenzarían la nueva temporada a un valor superior a los cinco dólares según su referencia.
La actividad demanda presencia permanente. En el establecimiento trabajan tres personas de manera fija y se suman cuatro o cinco temporarios durante desde octubre hasta el verano. “En la chacra todos los días tenés que estar haciendo, y haciendo, y haciendo. Y donde dejaste de hacer, te empieza a tapar el yuyo”, dice.
Sin embargo, para Marcelo el trabajo tiene otra dinámica. Producir forraje implica menos urgencias que las grandes obras viales, menos personal, menos trámites y una venta escalonada. La chacra requería dedicación, pero le ofrecía una forma diferente de organizar su tiempo.
Menos ciudad, más campo
El cambio que había comenzado en el trabajo terminó alcanzando la vida cotidiana. Primero, Marcelo empezó a pasar cada vez más horas en Barda del Medio. Durante dos años almorzó en un restaurante de la localidad hasta que se le ocurrió construir un quincho para comer en la chacra. Lo que iba a ser un espacio sencillo terminó convirtiéndose en una casa de fin de semana.
La pandemia de 2020 aceleró las preguntas que ambos venían haciéndose. Viviana, después de tres décadas como contadora, también sintió que era momento de cerrar una etapa y buscar otra actividad.

“¿Qué vamos a hacer?”, se preguntaron. Para ella, la respuesta no pasaba solamente por dejar la profesión, sino por encontrar algo que disfrutara. Siempre le había gustado recibir gente en su casa, atender los detalles y ser anfitriona. Marcelo propuso pensar en un hotel o en un emprendimiento de alquiler de casas. La idea evolucionó hacia el glamping.
“Yo no sabía dónde vibraba. Tenía la decisión de dejar lo que hacía, pero no sabía qué más hacer”, recuerda Viviana. “Y encontré lo de los domos, el glamping. Y fluyó, no había trabas. Fue un camino fácil y lo estamos disfrutando”.

Así nació Buenavista, un emprendimiento a orillas del embalse del dique Ballester. En 2022 construyeron los primeros tres domos, con la intención de ofrecer alojamiento en contacto con el entorno natural. Después, la recepción prevista para los huéspedes creció hasta convertirse en una confitería que también recibe visitantes que no se alojan allí. Más recientemente incorporaron dos departamentos.
El terreno, de casi una hectárea, era un gran pastizal cuando lo compraron. Marcelo se ocupó de buena parte de los trabajos con personal y maquinaria propios. La experiencia acumulada en movimiento de suelos encontró así una nueva aplicación, esta vez en un proyecto familiar y turístico.
La partida de su hijo a Buenos Aires para estudiar, en marzo de 2023, fue otra señal. La casa que habían construido en Neuquén en 2005 había quedado grande para la pareja. A comienzos de 2024 se mudaron definitivamente a la chacra, a una vivienda de aproximadamente un tercio de aquella superficie.

“Con el transcurrir de los años, nos dimos cuenta de que se puede vivir con mucho menos”, reflexiona Marcelo. La mudanza implicó resignar algunas comodidades, pero ganar en calidad de vida. Cambiaron el ritmo de la ciudad por una vida más tranquila.
La decisión no significó abandonar el trabajo, sino cambiar su escala y su sentido. Marcelo sigue pendiente de la alfalfa y del mantenimiento de la chacra, mientras Buenavista abrió otra posibilidad productiva en un entorno que ambos aprendieron a mirar de nuevo.
La tierra que había conseguido décadas atrás por un trabajo de movimiento de suelos terminó reuniendo distintas partes de su historia: el oficio heredado de su padre, la experiencia de toda una vida empresarial y el deseo de vivir de otra manera. Lo que empezó como la voluntad de tener tierra se convirtió, con el paso de los años, en una decisión mucho más profunda: elegir dónde estar y a qué dedicar el tiempo.
¿Ya visitaste nuestro mapa interactivo? Hacé click AQUÍ para acceder al Atlas Productivo de la Patagonia. Todas las notas y videos de Río Negro Rural en un solo lugar.
Seguí AQUÍ el canal de WhatsApp del suplemento Rural de Diario RÍO NEGRO, donde recibirás novedades y material exclusivo sobre el agro de Río Negro, Neuquén y toda la Argentina.
Una tarde fría y lluviosa de primavera. El canto de bandurrias, teros y cotorras se mezcla con el sonido de la lluvia cayendo sobre los caminos de la chacra. El aroma de los sauces y los álamos acompaña la conversación con Marcelo Squadroni. Junto a su pareja, Viviana Llorente, encontraron en este rincón de Barda del Medio mucho más que tierra para producir: un lugar desde el cual replantearse cómo querían vivir.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios