Vivía con sus padres y sus hermanos en una pieza, pero dos decisiones lo llevaron a fundar la mayor comercializadora de bananas de Argentina
El primer punto de inflexión en la vida de Franco Sibilia llegó tras terminar el servicio militar. El segundo, en plena crisis de la convertibilidad. La historia del empresario que empezó a los 9 años ayudando a su padre a descargar frutas y verduras de una F-100 y terminó fundando Tropical Argentina, la firma que en 2025 vendió más de 100.000 toneladas de bananas en el país.
Cuando tenía apenas nueve años, Franco Sibilia esperaba la llegada de la camioneta F-100 con la mercadería que su padre compraba en el Mercado 3 de Febrero. Su tarea era descargar los cajones de frutas y verduras. «Me daba orgullo tener tanta fuerza para ayudar a mi papá. Bajaba todos los cajones, menos las bolsas de papa porque no me daban los brazos», recuerda.
Décadas después, aquel chico que creció entre cajones y ferias, está al frente de Tropical Argentina, la mayor comercializadora de bananas del país. La empresa supera las 100.000 toneladas comercializadas al año, emplea a casi un centenar de personas y sumó una unidad de negocios dedicada al desarrollo de tecnología para la maduración de frutas. Pero el camino estuvo lejos de ser lineal: comenzó desde abajo, atravesó una quiebra que lo dejó sin trabajo y encontró en una de las peores crisis económicas de Argentina la oportunidad para empezar de nuevo.
La historia del fundador de Tropical Argentina: del esfuerzo familiar al mercado mayorista
La historia de la familia Sibilia con la banana comenzó mucho antes de que Franco naciera. Dos tíos de su madre llegaron desde Italia en la década de 1930 y se dedicaron a comercializar la fruta en Argentina. Con el tiempo, otros integrantes de la familia se incorporaron al negocio y, hacia 1980, Bruno y Lorenzo Scaglucci fundaron Tatedetuti, una empresa que llegaría a convertirse en uno de los grandes nombres del mercado bananero.
Mientras tanto, Franco crecía en un hogar donde el trabajo era parte de la vida cotidiana. «Soy el mayor de cuatro hermanos. Venimos de una familia muy humilde. Mi papá construyó la casa ladrillo por ladrillo. Nos mudamos antes de terminarla para dejar de pagar alquiler y vivíamos todos en una sola pieza«, contó a Río Negro Rural.

Su padre fue primero feriante bananero y luego verdulero minorista. Desde la primaria, Franco lo acompañó en cada jornada. «Mi infancia y mi adolescencia fueron de mucho trabajo, siempre con las frutas y verduras. Ahí me enamoré del rubro. Lo que me gustaba era el comercio”, dice.
Después de cumplir con el servicio militar, apareció una decisión que marcaría el resto de su vida. Su padre transformó la verdulería en un supermercado, pero ese camino no lo seducía. «El supermercado no me entusiasmaba tanto. Lo que realmente me gustaba era el mercado mayorista«, recuerda.
Así decidió incorporarse a Tatedetuti, la empresa de sus tíos, para aprender el negocio desde adentro.
La primera gran decisión de Franco Sibilia: elegir Tatedetuti, la escuela que lo formó
Franco ingresó a Tatedetuti como peón de puesto. Su trabajo consistía en mover bultos dentro del Mercado de Abasto. No imaginaba entonces que terminaría ocupando uno de los cargos de mayor responsabilidad de la compañía.
Durante los siguientes 16 años recorrió cada una de las áreas del negocio. «Pasé por todos los oficios de una empresa mayorista de bananas. Moví bultos en el puesto y en el galpón, fui vendedor, administrativo, facturé, maduré fruta. Estuve cuatro años al frente de una sucursal de Santa Fe. Tatedetuti fue una gran escuela”, repasa Sibilia.
Ese conocimiento práctico fue moldeando una visión integral del negocio. La empresa crecía, se expandía por todo el país e incluso tenía operaciones en Brasil, Uruguay y Paraguay. Con el tiempo llegó a ocupar el cargo de director.
Sin embargo, la crisis económica que desembocó en el final de la convertibilidad golpeó con fuerza a Tatedetuti. La empresa había diversificado sus inversiones hacia la producción frutícola en el Alto Valle y el proyecto terminó agravando su situación. «Ahí aprendí la lección: zapatero a tus zapatos. El que produce, produce, y el que comercializa, comercializa», sostiene.
La quiebra tuvo un impacto directo en su vida: «No podía cobrar el sueldo. Tenía la heladera vacía, la tarjeta de crédito en rojo y no teníamos plata para pagar el colegio de los chicos.» Después de 16 años, en medio de la desesperación, dejó su trabajo en busca de algo más.
Detrás de la segunda gran decisión, una gran pregunta: «¿Qué están viendo que yo no veo?»
El golpe fue duro, pero también fue el punto de partida. Franco comenzó de nuevo prácticamente desde cero, y lo hizo por cuenta propia. Su esposa, Marcela Ortiz, llevaba la administración desde la computadora de sus hijos instalada en la casa. Él recorría los mercados en un Fiat Uno.
El primer trabajo llegó casi por casualidad. «Un vecino del puesto de mi papá me vio tan mal que me dijo: ‘Franco, vení, vamos a tomar un café. Yo te voy a dar camiones de limones para vender y te quedás con una comisión’«.
Al mismo tiempo, varias empresas le ofrecían empleo o asociarse con él. «Ese reconocimiento me sorprendió y me llevó a pensar: ‘¿Qué están viendo que yo no veo?’.» Esa pregunta terminó cambiándole la vida.
En el año 2000 comenzó con una empresa unipersonal que llevaba su nombre. Poco después apareció la oportunidad de comercializar bananas para una importante cadena de supermercados. Luego llegó el fin de la convertibilidad y el escenario volvió a cambiar.
La devaluación dejó al mercado desabastecido y muchas grandes empresas no podían operar como antes. Franco encontró allí el espacio para crecer. Una firma brasileña decidió confiar en él. «La consigna fue: ‘Vos mandame la fruta; yo la trabajo, la vendo, la cobro y te la pago’”, relató Franco.
Aquella relación comercial fue decisiva. El volumen comenzó a crecer rápidamente y, en mayo de 2002, nació oficialmente Tropical Argentina. «El mercado necesitaba de un loco laburando en ese momento, con mucha necesidad y mucha hambre. Hoy miro para atrás y digo: estábamos locos.»
Innovación y especialización en la mayor comercializadora de bananas de Argentina
La experiencia vivida durante la quiebra de Tatedetuti dejó una enseñanza que todavía guía a la empresa. «Nosotros sabemos comercializar, abastecer el mercado y madurar fruta. Eso es lo nuestro”, marca el socio gerente de la firma.
Por eso Tropical no tiene flota propia de camiones ni tampoco produce. En cambio, concentró sus esfuerzos en perfeccionar la logística y la maduración. Y esa búsqueda derivó en otro negocio.
Cuando en 2012 quisieron importar túneles presurizados desde Europa para modernizar sus cámaras, las restricciones a las importaciones hicieron imposible la operación. Fue entonces cuando surgió otra idea.
El jefe de mantenimiento de la empresa, Ariel Rey, propuso fabricar los equipos en Argentina. Convocaron a distintas empresas nacionales, integraron conocimientos y desarrollaron su propio sistema.
Hoy Tropical cuenta con 72 túneles de maduración en su centro de distribución y también diseña, fabrica e instala esa tecnología para empresas de distintas provincias, convirtiendo ese desarrollo en una exitosa unidad de negocios independiente.
Tropical Argentina, una empresa que no para de crecer
Actualmente Tropical Argentina es la mayor comercializadora de bananas del país. En 2025 superó las 100.000 toneladas comercializadas y también lidera el mercado de piñas y plátanos, mientras gana participación en paltas y otras frutas.
La diversificación es uno de los objetivos de la nueva etapa: «La banana sigue siendo la reina, pero queremos que represente el 50% de la facturación y que el otro 50% provenga de otros productos.»
La empresa emplea a casi 100 personas y, durante lo que va de 2026, exportó cerca de 300 contenedores de frutas argentinas, casi cinco veces más que el año anterior. Eso incluye peras del Alto Valle.
Para Franco, sin embargo, ninguna cifra explica por sí sola el recorrido: «Tropical no podría haber logrado lo que logró sin este gran equipo, tanto de la familia como de afuera de la familia.»
Quizá por eso, cuando mira hacia atrás, no piensa primero en las más de 100.000 toneladas de bananas ni en el liderazgo alcanzado. Vuelve, inevitablemente, a aquel chico que descargaba cajones de una F-100 para ayudar a su padre. Porque fue allí, entre el esfuerzo cotidiano, el trabajo desde abajo y el aprendizaje constante, donde empezó una historia empresarial que terminó convirtiéndose en una de las más importantes del negocio bananero argentino.
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