Ruth Viegener: el arte, la vida y los bichos colorados
La exposición “Bicho colorado o cómo campear la iluminación” está inspirada en Rayita Cruz, una de las referentes de la actividad que falleció el día de la inauguración.
Ruth Viegener: el arte, la vida y los bichos colorados
La exposición “Bicho colorado o cómo campear la iluminación” está inspirada en Rayita Cruz, una de las referentes de la actividad que falleció el día de la inauguración.
Traspuesta la puerta de ingreso a la sala Frey el visitante es recibido por “Oveja”, tentempié que invita a la caricia de la superficie blanca, suave, mullida y lanuda. El tacto como preludio al alerta de los sentidos en la obra cuyo germen fue la visita a un campo durante un inicio de año, cuando Ruth Viegener reparó en que “la vida continúa aunque no esté presente quien la cuida”.
Unos pasos más allá, una pantalla reproduce en video el relato con el que Rayita Cruz actualiza recuerdos de su niñez, cuando atrapaba luciérnagas para iluminar el pesebre de Navidad. Incursión entre pastos largos habitados por bichos colorados que invariablemente transportaba hasta el hogar donde aguardaba el baño liberador prodigado por su madre.
Fue esa referencia la que determinó el título de la muestra que permanecerá abierta hasta el domingo 29, “Bicho colorado o cómo campear la iluminación”. Es que “buscar luz implica riesgos. Porque en la vida, nada está dado”, reflexiona Ruth transcurridas unas horas desde la inauguración. Aseveración alimentada por la tristeza de la despedida. Aquella musa falleció mientras el público acompañaba sus vivencias de niña a través de palabras registradas hace diez días.
Predispuesto a continuar el recorrido, el observador encara una galería de fotografías. Diecinueve imágenes a cada lado, dispuestas en caballetes de madera rústica que aporta aroma, muestran tranqueras cerradas. Simétrica disposición, “en diálogo.
Tomadas en otoño las de la zona, y hace un año y medio las de Buenos Aires”, señala Viegener. Del Sur a la izquierda, del Norte a la derecha; relativa ubicuidad signada por el sentido del desplazamiento.
Característica que define la totalidad de la instalación y cada una de las propuestas de la artista. La cita a José Hernández “Ningún país es rico si no se preocupa de la suerte de sus pobres” en letras negras sobre papel banco desplegado en apenas elevado escalón y “Coirones” que conjugan piedra bocha, cuero de oveja y broches metálicos, franquean la observación de “Blanco”, “Cosecha” y “El progreso”.
“Blanco” es una obra realizada con plumas que, de claro a oscuro, convergen en el negro y rojo de la representación de un circular panel de tiro al blanco con un timbre de mesa como centro.
Quizá “Cosecha” no despierte mayor interés. Sólo hasta reparar en que el contenido de un bastidor vidriado es una manta construida con fideos. Demandó un año y medio de trabajo junto a su asistente Carolina López y su hija Clara enhebrando las pequeñas piezas.
“El Progreso” requerirá unos minutos para leer el contenido del facsímil que reúne párrafos del libro “Instrucciones del Estanciero” (1884) de José Hernández donde figura la palabra progreso o derivados.
Texto que comparte espacio con una fotografía del ingreso a establecimiento rural del mismo nombre. Allí las hebras vegetales parecen poseer volumen y remiten a “los pastos eran tan altos como yo, estaban llenos de bichos colorados. Era la encargada de representar el Nacimiento en una ventana balcón. Cuando ya estaban el burro, el buey, el Niño, todo armadito, hacía falta iluminar. Buscaba luciérnagas…”.
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