Rutina

La columna semanal de Juan Ignacio Pereyra

Por Redacción

EL DISPARADOR

Cada mañana caminás por las mismas tres cuadras, de las que conocés cada baldosa floja. Buscás la manera de que sea diferente: cambiás de vereda, contás los pasos, mirás al cielo, escuchás música. No hay caso, sentís que la rutina es inalterable.

En menos de diez minutos estás en la estación. Leés “Bear”. No es una advertencia de que en tu barrio haya osos. Alguien se afanó la doble “c” que va después de la “e”. Ves al diariero, silencioso, con su boina marrón. ¿Será una persona o una columna que forma parte del tedioso paisaje cotidiano? “¿Este tipo no se cansa de venir hace 40 años al mimos lugar?”, murmurás, incómodo, porque la pregunta también te atañe. Más te afecta tener la impresión de que él la pasa bien.

Aunque te parezca al pedo, hacés la fila para sacar boleto. No te importa que desde hace años casi todos viajan sin pagar. Igual, contra tu voluntad, muchas veces sos un colado más porque el boletero no tiene cambio y te dice que pases. O porque preferís no perder el tren y te subís sin pasaje.

Te parás en la puerta de un vagón. Que no desborde es lo mejor que te puede pasar. Odiás que te empujen para entrar cuando hay gente que aún intenta bajar. Te dan ganas de insultar a los ansiosos por subir. “Si total vamos a llegar todos a la misma hora”, rumiás, provocador, evitando miradas y simulando que le hablás a alguien, como si estuvieras acompañado.

Seguís firme delante de la puerta. Por dentro te reís de esa señora que está detrás tuyo, histérica y al borde de un ACV porque vos esperás que baje el último. Lo disfrutás, como un pequeño triunfo ante una realidad que te abruma. Cuando ya no queda nadie, con una media sonrisa, decís: “Pase señora”. Ella ni te responde. Entra apurada, se tropieza, y te regodeás con su torpeza.

Pese a que acertás menos veces de las que creés, dentro del vagón especulás quién se bajará primero. Sentís que los que están parados te miran con desconfianza. Las mujeres aprietan fuerte las carteras. Te metés entre un señor de traje y una veinteañera con botas por encima del jean. Por una vez maldecís no poder fingir que estás embarazado para exigir un asiento. Querés conseguirlo, te obsesionás. Considerás renguear, pero no te animás.

Dos estaciones después, calculando el movimiento, dejás salir a uno que está sentado y quedás justo en posición: ocupás ese asiento. El trajeado y la veinteañera te clavan la mirada. Te les querés reír en la cara pero los ignorás, porque también te da un poco de vergüenza: creés que, en un gesto de caballerosidad, le deberías haber ofrecido el asiento a ella. Pero no lo hiciste.

El goce te dura poco porque a los cinco minutos aparece una anciana. La culpa te gana. Resignado, le das el lugar que sentís que te habías ganado. Cedés ante la mirada de los otros. Te alejás unos metros, hasta las puertas que no deberían abrirse. No te importa que el piso esté hediondo. Volvés a sentarte. Abrís un libro y, por fin, te sentís aliviado.


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