Salir del cepo no será fácil
En un esfuerzo por mantenerse a flote en un mundo que, una vez más, se ve agitado por tormentas económicas que amenazan con agravarse en los meses próximos, los gobiernos de otros países emergentes, entre ellos Brasil, han devaluado sus respectivas monedas por entender que negarse a hacerlo los haría perder competitividad. Se trata de una alternativa que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el ministro de Economía Axel Kicillof preferirían no tener que elegir; saben muy bien que el impacto en el costo de vida de una devaluación sería virtualmente automático, porque buena parte de la población toma el dólar estadounidense por la moneda de referencia nacional. Por lo demás, en los meses últimos el presidente del Banco Central, Alejandro Vanoli, logró reducir sustancialmente la brecha entre el dólar paralelo, el blue, y la versión oficial, lo que sirvió para brindar la sensación de que, después de las convulsiones que siguieron a la devaluación abrupta que ordenó su antecesor, Juan Carlos Fábrega, en enero pasado, el mercado cambiario estaba estabilizándose. Por motivos internos, pues, el gobierno se resiste a permitir que el peso acompañe las monedas de otros países latinoamericanos que en los meses últimos han perdido valor, pero puede que no le sea dado pasar por alto lo que está sucediendo en el resto del mundo. Por cierto, el que en noviembre las exportaciones cayeran el 20% en comparación con el mismo mes del 2013 debería haberle servido de advertencia sobre lo riesgoso que sería continuar tratando de frenar la inflación negándose a modificar la tasa de cambio. Parecería que Vanoli cree que convendría aprovechar lo que está ocurriendo en el exterior para adoptar una política financiera menos rígida. Con todo, si bien en otras circunstancias la presunta voluntad del titular del Banco Central de “lentamente ir normalizando las cosas” serviría para sembrar confianza entre los preocupados por la situación en que se encuentra la economía nacional, son tan graves los problemas que enfrenta que, al hablar así, sólo motivó escepticismo, ya que su punto de vista no parece coincidir con el sostenido por Cristina y Kicillof. Asimismo, aunque casi todos los economistas se afirman convencidos de que el “cepo” al dólar ha sido contraproducente, también reconocen que aflojarlo, como querría Vanoli, sería muy pero muy difícil. Es ésta la opinión del exministro de Economía Jorge Remes Lenikov, uno de los antepasados del “modelo” kirchnerista, que señaló que, para lograrlo, los encargados de manejar la economía tendrían que modificar otras variables que están en juego, como “la emisión, el tipo de cambio y las reservas”, o sea tomar medidas para reducir la tasa de inflación. Sucede que introducir restricciones draconianas siempre es fácil, ya que basta con firmar un decreto, pero ir eliminándolas sin provocar sobresaltos puede ser virtualmente imposible. El consenso parece ser que, si el gobierno optara por dejar que el mercado decidiera el valor del peso, se aproximaría enseguida a la cotización actual de la variante blue de un poco más de $ 13 frente al dólar estadounidense, pero que pronto se devaluaría todavía más. Perdería valor a causa no sólo de los consabidos motivos internos, comenzando con una tasa de inflación que está entre las más altas del planeta y que amenaza con acelerarse aún más a causa de la emisión masiva de pesos convalidada por Kicillof, sino también porque casi todos los demás emergentes están devaluando sus monedas con el propósito de prepararse para enfrentar una etapa dura en que los commodities rindan mucho menos que antes y, para colmo de males, la Reserva Federal de Estados Unidos ponga fin al programa de “facilitación cuantitativa” que desde el 2008 ha beneficiado mucho a los países subdesarrollados. Pero, claro está, Brasil, Chile, México, Colombia y otros países latinoamericanos pueden darse el lujo de devaluar la moneda local porque es escaso el peligro de que hacerlo tenga consecuencias inflacionarias inmediatas. En cambio, Vanoli, con la aprobación de Cristina, ha defendido el peso con tenacidad, por entender que es mejor mantener cierto atraso cambiario de lo que sería correr el riesgo de que los precios minoristas aumentaran de golpe, como con toda seguridad sucedería en el caso de que apostara a la “normalización”.
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