Santa literatura
<i>(Sigue en la página 40)</i>
Carlos Torrengo
carlostorrengo@hotmail.com
Un vagabundo de la web señala que fue escrita para no acusar jamás el paso del tiempo.
Perdurar. Atravesar futuros. Y estar ahí, a mano de generaciones por llegar. Estar en un anaquel querido, cuidado. El más querido y cuidado de una biblioteca. Ahí se coloca lo que Adolfo Bioy Casares definía como “un libro hospitalario”. Cualquiera. Pero hospitalario.
Como el libro que él –Adolfo Bioy Casares– fue a buscar a su biblioteca en las primeras horas de un sábado gris y porteño. Ese libro cuyo título nunca recordó. Pero en él buscó hospitalidad ante un desgarro llegado desde Ginebra: Borges había muerto.
Volvamos al vagabundo de la web. Y a su convicción de que hay un libro que jamás acusará el paso del tiempo. Una aspiración que, por caso, Mario Vargas Llosa acredita a “Los miserables”. O Jean Paul Sartre otorgaba a “La guerra y la paz”. Y Carlos Fuentes, a “Canaima”.
¿Y por qué no creer que el “Poema conjetural” de nuestro Jorge Luis Borges no saldrá airoso ante la viruta impiadosa de los tiempos y más tiempos?
Sí, el vagabundo de la web tiene razón: “El nombre de la rosa” es un libro que no acusará jamás el paso de los tiempos. Al igual que la película que lo ayuda en ese quedarse para siempre.
Ha cruzado largamente el cuarto de siglo.
Y con 80 a cuestas, su hacedor, Umberto Eco, agobiado de tanto “¿Cómo se le ocurrió el tema?”, sintetizó: “Tenía ganas de envenenar un monje”.
Novela gótica. Policial. Tragedia. Historia. Política. Lo que sea. Pero esencialmente, desde la ficción, una de las obras –si no la más acabada del siglo XX– en el desmalezamiento de la naturaleza interior de la Iglesia Católica. La Iglesia Católica en su corazón, en el núcleo en el cual se organizó como ideología y se expandió: Europa.
Finales de la Edad Media, quizá el más largo tiempo en que el poder político-religioso de la Iglesia Católica campeó a sus anchas. O al menos con oposiciones que resolvió incluso brutalmente.
Pero “El nombre de la rosa” expresa la tensión entre ese tiempo tan de “cerrado de sacristía”, diría Antonino Machado, y los tiempos que ya amanecen. Los del Renacimiento.
Los tiempos de suelta del espíritu más allá del misterio y la leyenda, argamasa desde la cual la Iglesia Católica imponía su ideario a la masa amorfa de su rebaño.
Esta tensión entre lo que se va tornando viejo y lo que no tiene forma pero la va definiendo se explicita sutilmente a lo largo de la novela. La inconmensurable formación intelectual de Umberto Eco dibuja y dibuja esa sutileza desde un convencimiento: la tensión es la centralidad de la novela. No necesita ser estampada a través de trámites –diálogos en todo caso– definidamente explicitados. Está y está de mil maneras.
Va por los bordes del relato. Por los márgenes del texto. “En puntas de pie, sigilosamente y con cara de distraído”, describía Osvaldo Soriano las propuestas que anidan en un cuento o novela pero se mueven con disimulo en el entrevero del texto.
Pero son su esencia. Esa tensión entre lo que se marcha y lo que prepara su desembarco tiene a lo largo del texto dos protagonistas. Excluyentes en clave a formación. También a los términos en que se sospechan. Y se cruzan argumentalmente.
Por un lado, Guillermo de Baskerville. Franciscano. Impecablemente interpretado por Sean Connery en la película de Jean-Jacques Annaud. Sólida formación en teología pero sazonada con inmensa experiencia de vida. Irónico. Ajeno al temor a la ciencia que impregna al mundo religioso en que se ha formado.
–Pero tú, Guillermo –le dirá su amigo, el monje Ubertino da Casale– hablas así porque en realidad no crees en el advenimiento del Anticristo, ¡y tus maestros de Oxford te han enseñado a idolatrar la razón extinguiendo las facultades proféticas de tu corazón!
Y Guillermo de Baskerville apelando a Roger Bacon.
–Que deliraba acerca de unas máquinas voladoras –le responde Ubertino burlonamente.
Y Guillermo de Baskerville renueva la carga.
–Que habló con gran claridad y nitidez del Anticristo, mostrando sus signos en la corrupción del mundo y en el debilitamiento del saber. Pero enseñó que hay una sola manera de prepararse para su llegada: estudiar los secretos de la naturaleza, utilizar el saber para mejorar el género humano. Puedes prepararte para luchar contra el Anticristo estudiando las virtudes de las plantas, la naturaleza de la piedras e, incluso, proyectando esas máquinas voladoras que te hacen sonreír.
Y Ubertino, reaccionando desde el dogmatismo.
–Guillermo, sabes que confío mucho en ti. Castiga tu inteligencia, aprende a llorar sobre las llagas del Señor, arroja tus libros…
Dos mundos. Y con sus respectivas adhesiones. Ubertino, la Edad Media que se diluye. Guillermo de Baskerville, el del alba de Renacimiento.
Pero el otro polo de la tensión entre lo que se marcha y lo que llega no es Ubertino.
Es Jorge, el monje bibliotecario de la abadía en la que irrumpe Guillermo. Dogmático. O algo más: fanático del dogma. Toda su vida de monje ha sido una carrera acelerada a los extremos de la práctica e ideario católico. Ahí, a ese plano donde la vida misma se torna enemiga. Cero concesión a lo diferente. Celoso custodio de códices, cuya lectura censura cual predilecto de dictaduras. Enemigo de la risa. “Es pecaminosa”, sentencia. Inquisitorial. Para situarlo en nuestro tiempo, Jorge Bergoglio es a los fines de la Iglesia Católica argentina lo que hasta hace un tiempo que aún late fueron los obispos Adolfo Tortolo, Antonio Quarracino, Octavio Derisi y Antonio Plaza. Un lote de cuyas manos chorreó y chorreó sangre de tanto respaldo a la dictadura militar. No eran ficción.
No es una comparación dictada por la ligereza. Porque en los pliegues y repliegues de la vasta geografía de la Iglesia Católica hay aún Jorges y Tortolos.
Sólo el tiempo dirá si están en definitiva retirada ante el signo de los tiempos, ese signo que ya no pueden tacklear.
Ese signo que ahora deberá asumir el flamante Francisco desde el Vaticano.
Que tiene mucho de aquel monasterio de “El nombre de la rosa”. Un laberinto inquietante.
Una inteligente reflexión de Enrique Posada sobre la novela de Umberto Eco en versión celuloide abona el conocimiento sobre ese laberinto: “Es un lugar formado por pasajes y encrucijadas intencionalmente enredadas para confundir a quien se atreva a adentrarse. Es un laberinto la Edad Media, con sus intrincados debates teológicos, morales y filosóficos; lo es la Inquisición: quien cae en sus redes, por inteligente que sea, puede no encontrar la salida; son laberintos las mentes de los monjes del monasterio, atormentadas por miedos, soledades, dudas, fanatismos, egoísmos y frustraciones; es un laberinto la abadía, con su compleja estructura ideológica, económica y espacial, rica en imágenes, ritos, cantos, prohibiciones, reglamentos y oficios. El símbolo de todo esto es el laberinto de la biblioteca, que constituye en la novela el tema central y en la película en rica imagen, como sacada de un dibujo de Maurits Cornelis Escher”.
Sí, no estamos en la Edad Media.
Pero Francisco está en un laberinto.
¿Habrá leído “El nombre de la rosa”?