Sentido común
Para sorpresa de los muchos que habían previsto que el triunfo electoral del ex sindicalista de origen obrero Luiz Inácio Lula da Silva pondría en marcha una suerte de revolución izquierdista era de esperar democrática en toda América Latina, el mandatario brasileño ha resultado ser un impulsor aún más lúcido y más resuelto de lo que algunos llaman el “capitalismo moderno” de lo que era su antecesor, el sociólogo Fernando Henrique Cardoso. Es que Lula, un político que se ha mostrado más interesado en impulsar mejoras concretas que en protagonizar una especie de epopeya ideológica, entiende muy bien que“hay que tener crecimiento económico para poder distribuir riqueza” y que puesto que los únicos que están en condiciones de producir más son los empresarios, un gobierno sinceramente interesado en reducir la desigualdad y la extrema pobreza tendrá forzosamente que contar con su apoyo. Si bien Lula tendrá tantos motivos como su homólogo argentino Néstor Kirchner para quejarse por la conducta de ciertos hombres de negocios, se ha cuidado de no brindar la impresión de ser enemigo del empresariado en su conjunto, ahorrándose de este modo las asperezas que hubieran provocado afirmaciones excesivamente genéricas. Asimismo, el presidente brasileño comprende que aun cuando siempre habrá conflictos puntuales con Estados Unidos y la Unión Europea debido a los subsidios a los productores agrícolas que tantos perjuicios están causando a los países subdesarrollados, las eventuales ventajas políticas que podrían brindar enfrentamientos gratuitos de motivación meramente ideológica o nacionalista tendrían un costo muy alto que en última instancia sería pagado por los más pobres. En cuanto a la noción extraña, bastante difundida en la Argentina actual, de que la “heterodoxia” económica es buena por antonomasia porque además de molestar a “los neoliberales” sirve para dar una pátina aceptable a decisiones irresponsables pero políticamente ventajosas, ya es evidente que no cabe en el ideario de Lula, quien en el transcurso de su visita a nuestro país subrayó una y otra vez que una buena política social ha de descansar en una buena política económica.
Para muchos, se tratará de verdades evidentes, pero el que un mandatario de imagen tan “progresista” como Lula se haya sentido constreñido a reiterarlas se deberá a que tanto aquí como en muchas otras partes de América Latina abundan aquellos que por razones supuestamente ideológicas están decididos a cuestionarlas. Según parece, a los preocupados por la división de todas las sociedades latinoamericanas entre una minoría acomodada pequeña y una mayoría sumida en la extrema pobreza nunca se les ha ocurrido preguntarse por qué en un país tan renombrado por el conservadurismo de sus gobiernos como Suiza se da un grado de “justicia social” que sería considerado utópico en una región celebrada por sus regímenes populistas y hasta revolucionarios. Que éste sea el caso no es ninguna paradoja, sino la consecuencia de que, como Lula sabe muy bien, el manejo riguroso de la economía es de por sí progresista aun cuando suponga la voluntad de llevar a cabo “ajustes” si así lo exigen las circunstancias, de hacer un esfuerzo auténtico por honrar los compromisos y de negarse a caer en la trampa de aumentar el gasto público más allá de lo aconsejable por razones “solidarias”.
Otro tema subrayado por Lula durante su estadía en la Argentina fue el vinculado con la necesidad de pensar en el largo plazo. Claro, el hecho de que no le haya sido necesario dedicar sus primeros meses en el poder a “construir poder” congraciándose con políticos y representantes sectoriales, le ha permitido emprender desde el vamos una estrategia basada en la conciencia de que es mejor tomar medidas políticamente difíciles mientras cuente con un alto grado de popularidad, porque de lo contrario no podrá o no querrá instrumentarlas nunca, pero aun así es llamativo el contraste entre su mentalidad y aquella de los círculos actualmente dominantes en nuestro país, si bien tales diferencias pueden imputarse a la fragmentación política y a la casi imposibilidad resultante de que se conforme un gobierno que sea capaz de intentar llevar a cabo aquellas “reformas estructurales” que nos permitirían seguir con el vigor imprescindible por el camino que han elegido tanto Chile como el Brasil.
Para sorpresa de los muchos que habían previsto que el triunfo electoral del ex sindicalista de origen obrero Luiz Inácio Lula da Silva pondría en marcha una suerte de revolución izquierdista era de esperar democrática en toda América Latina, el mandatario brasileño ha resultado ser un impulsor aún más lúcido y más resuelto de lo que algunos llaman el “capitalismo moderno” de lo que era su antecesor, el sociólogo Fernando Henrique Cardoso. Es que Lula, un político que se ha mostrado más interesado en impulsar mejoras concretas que en protagonizar una especie de epopeya ideológica, entiende muy bien que“hay que tener crecimiento económico para poder distribuir riqueza” y que puesto que los únicos que están en condiciones de producir más son los empresarios, un gobierno sinceramente interesado en reducir la desigualdad y la extrema pobreza tendrá forzosamente que contar con su apoyo. Si bien Lula tendrá tantos motivos como su homólogo argentino Néstor Kirchner para quejarse por la conducta de ciertos hombres de negocios, se ha cuidado de no brindar la impresión de ser enemigo del empresariado en su conjunto, ahorrándose de este modo las asperezas que hubieran provocado afirmaciones excesivamente genéricas. Asimismo, el presidente brasileño comprende que aun cuando siempre habrá conflictos puntuales con Estados Unidos y la Unión Europea debido a los subsidios a los productores agrícolas que tantos perjuicios están causando a los países subdesarrollados, las eventuales ventajas políticas que podrían brindar enfrentamientos gratuitos de motivación meramente ideológica o nacionalista tendrían un costo muy alto que en última instancia sería pagado por los más pobres. En cuanto a la noción extraña, bastante difundida en la Argentina actual, de que la “heterodoxia” económica es buena por antonomasia porque además de molestar a “los neoliberales” sirve para dar una pátina aceptable a decisiones irresponsables pero políticamente ventajosas, ya es evidente que no cabe en el ideario de Lula, quien en el transcurso de su visita a nuestro país subrayó una y otra vez que una buena política social ha de descansar en una buena política económica.
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