¡Sepa el pueblo votar!

Por Redacción

Roberto Fermín Bertossi (*)

Desde el advenimiento de la democracia en 1983, no son pocos los guarismos electorales que ponen de relieve, ciudadanamente, malas elecciones y pésimas reelecciones que permiten presagiar una subespecie del síndrome de Estocolmo. La ausencia generalizada de formación ético-cívica electoral explica y permite predecir flagrantes incumplimientos del artículo 38 de nuestra Constitución nacional, que reza imperativamente: “Los partidos políticos son instituciones fundamentales del sistema democrático. Su creación y el ejercicio de sus actividades son libres dentro del respeto a esta Constitución, la que garantiza su organización y funcionamiento democráticos, la representación de las minorías, la competencia para la postulación de candidatos a cargos públicos electivos, el acceso a la información pública y la difusión de sus ideas. El Estado contribuye al sostenimiento económico de sus actividades y de la capacitación de sus dirigentes. Los partidos políticos deberán dar publicidad del origen y destino de sus fondos y patrimonio”. A la fecha, nuestro sistema electoral yace inerme, corrompido y perverso, manipulado y cooptado mayoritariamente por sátrapas provinciales (por ejemplo, Tucumán, Córdoba en el 2007, el Gran Buenos Aires, Santiago del Estero, Formosa y Chaco), algo que suele replicarse a escala local y nacional. De tal manera, el sistema viene resultando impotente para resolver y satisfacer a la ciudadanía con bien común. En efecto, décadas de persistencia de las más dolientes y contradictorias periferias existenciales, creadas y estructuradas por cinismos político-intelectuales, así lo acreditan a lo largo y a lo ancho del país, un país que ya cuenta pavorosamente con sus propias “lampedusas”. Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento perduran absurda y denigrantemente en esta Argentina… ¿rica? , ¿moderna? Cuántas heridas sellan la carne de ciudadanos que ya no tienen voz porque su grito se ha debilitado, escondido o silenciado a causa de la indiferencia de demasiada escoria política. Ojalá que escuchando a prohombres como Roque Sáenz Peña, “¡Quiera el pueblo votar! ¡Sepa el pueblo votar!”; Ortega y Gasset, “Argentinos a las cosas”; Juan Bautista Alberdi, a 205 años de su nacimiento; don Arturo Illia, Carlos Santiago Nino; René Favaloro y Ernesto Sabato, entre tantos otros, nuestras próximas votaciones locales, provinciales y nacionales sirvan –primaria y privilegiadamente– para aliviar e ir sanando tantas heridas humanas provocadas por tanta desaprensión, incompetencia e indolencia políticas. Ojalá que en cada próxima elección/votación ayudemos a eso, a pensar racionalmente en la mejor manera de “consolar, curar y vendar” esas heridas, ahora con más atención, cuidado, ardor y aplicaciones solidarias, desde una mirada realmente inclusiva, sin límites ni discriminaciones. Ojalá que al votar nuevamente no volvamos a caer en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir e impulsar novedades ciudadanas, socialmente satisfactorias, y dejemos atrás tanto cinismo destructor. Ojalá que esta vez al votar nos independicemos de todo nepotismo como de todo funcionario y legislador que, cobrando ‘fortunas’ injustificadas, viven de campaña, descaradamente, omitiendo dañosamente solicitar –con ningún pudor ni patriotismo– la correspondiente licencia sin goce de dietas, haberes, pasajes, asesores, gastos reservados, etcétera. Ojalá que en nuestro próximo comportamiento/compromiso electoral sólo escuchemos el clamor del hambre y de la indigencia, de la libertad y de la dignidad, de la justicia y de la honestidad, de la paz interior, de la idoneidad, de los desahuciados y de los pueblos originarios, de los inundados e incendiados, de la equidad, de la educación, de las víctimas de la corrupción y la inseguridad, del progreso y del bienestar general… resumidamente, de nuestra Constitución nacional. Finalmente, y de tal modo, ojalá que codo a codo superemos airosamente una indiferencia que reina campante entre nosotros tolerando con toda complicidad republiquetas, tiranuelos, ilicitudes, corrupción, hedonismo, egoísmo, hipocresía e impunidad. (*) Experto de la Coneau