Sí, es una lucha
El presidente Eduardo Duhalde no tiene por qué preocuparse: es de prever que sus congéneres de la clase política nacional hagan caso a su recomendación de «no prestar mucha atención» al comentario del secretario del Tesoro estadounidense, Paul O»Neill, funcionario que acaba de recordarle que es responsabilidad de los líderes del país «establecer el imperio de la ley» y «fijar el camino de la lucha contra la corrupción y las prácticas de soborno», además, es innecesario decirlo, encontrar la forma de ordenar una sociedad en la que sólo «el 20 ó el 30 por ciento de la gente paga impuestos», porque «es poco lo que puedo hacer desde afuera». Puesto que ya han transcurrido muchos años desde que los líderes de la clase política nacional se dignaron manifestar un interés genuino por tales asuntos, no es nada probable que cambien de actitud en los meses próximos. Después de todo, se supone que las elecciones están a apenas seis meses de distancia, de suerte que tienen prioridades que les parecen decididamente más importantes que las mencionadas por el norteamericano.
Aunque Duhalde ha preferido tomar las palabras de O»Neill por un exabrupto más por parte de un hombre conocido por su costumbre de hablar sin muchos pelos en la lengua, el ministro de Economía Roberto Lavagna no vaciló en señalar que desde su punto de vista «no hay demasiadas cosas en las cuales disentir». No se trata necesariamente de una contradicción ni de una «interna». En nuestro país, ya es tradicional que el discurso de los políticos, que en esta ocasión se ven representados por Duhalde, sea totalmente distinto de aquel de los economistas, lo cual puede atribuirse a la negativa principista de los primeros a dejarse molestar por los límites que éstos insisten en señalarles. Como no pudo ser de otra manera, el conflicto absurdo así supuesto está en la raíz de los muchos desastres que se han producido. Lo entiendan o no Duhalde, los integrantes del «ala política» del gobierno, los legisladores y los gobernadores provinciales, ningún país puede funcionar adecuadamente con leyes arbitrarias, con corrupción sistemática consentida y con una base impositiva grotescamente estrecha.
Según O»Neill, negociar con la Argentina «es una lucha», aseveración con la que nadie soñaría con discrepar. Lo es no porque el FMI se haya dado a cambiar sus exigencias cada tanto sino porque el Poder Ejecutivo no está en condiciones de prometer nada, el Legislativo sigue dominado por individuos dispuestos a intentar reemplazar los proyectos gubernamentales por otros a menudo excéntricos y el Judicial parece resuelto a asegurar que el país permanezca ingobernable. Por lo tanto, no extraña que, si bien durante su breve visita a Buenos Aires a O»Neill le fue asegurado varias veces que el gobierno duhaldista tendría listas sus propuestas económicas en un par de días, varias semanas después el FMI aún no haya recibido nada salvo una «carta de intención» poco convincente que nadie tomaría en serio. No cabe duda de que Lavagna hubiera querido poder ofrecerle algo un tanto mejor, pero no le fue dado hacerlo por los motivos «políticos» de siempre.
Desafortunadamente, no hay razones para suponer que esta situación nada satisfactoria esté por modificarse. Quienes encarnan los tres poderes ya se han acostumbrado a sus papeles respectivos y por lo tanto no hay posibilidad alguna de que opten por compatibilizarlos para que la Argentina, como los demás países, tenga un gobierno que sea relativamente coherente. Por el contrario, parece probable que los legisladores, muchos de ellos vinculados con precandidatos presidenciales, continúen esforzándose por aprovechar en su propio interés los problemas del país sin pensar en las consecuencias para sus habitantes de sus maniobras a menudo incomprensibles, que los jueces sigan sembrando confusión declarando inconstitucionales medidas tomadas hace meses, cuando no años, y que los gobernadores provinciales persistan en anteponer sus prioridades locales inmediatas al bien del país en su conjunto. Negociar con el enjambre de interlocutores pendencieros así supuesto es claramente imposible, de suerte que lo sorprendente no es que a veces funcionarios extranjeros como O»Neill exterioricen la frustración que todos sienten sino que otros no lo hayan hecho de manera mucho más contundente.