Siempre fresca
la peña
jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar
No había agua más rica y más fresca que la de la tinaja del abuelo. No era agua de lluvia juntada por algún comedido, tampoco de algún de manantial. Era un proceso un poco más moderno que implicaba llenar una gran tinaja de barro con agua de la canilla y dejarla ahí para quien la deseara. Podían pasar varios días y el agua se conservaba intacta, con un sabor único, con una frescura inigualable y una transparencia que era la envidia de todos. Estaba en el patio de la casa del abuelo, una galería larga, como se usaba antes en los pueblos. Una galería y las habitaciones al costado. Una gran tinaja, un cucharón colgado en la pared y un vaso siempre limpio eran parte del escenario. Era cuestión de acercarse y sentir el placer del agua más rica que uno imaginara. Estaba siempre a la sombra y siempre fresca. Íbamos seguido a visitarlo y siempre el comentario era el mismo, qué rica el agua del abuelo, y eso que no tiene heladera. Ahí estaba la clave, era agua potable, en un pueblo sin más contaminación que la de un puñado de autos. Así estaba en la tinaja conservada como lo hacían hace cientos de años. Y sin heladera. No había nada que no fuera natural, una buena tinaja de barro, cucharón de madera y vaso. Esa costumbre desapareció de las ciudades, pero en los pueblos todavía hay gente que las utiliza en sus casas, a pesar de tener el agua potable. Sostienen que en realidad más que la frescura, lo que la tinaja asegura es la conservación y con ella el sabor. No toma el gusto de lo que hay en la heladera, no se contamina con otros alimentos y bebidas y está siempre con el mismo sabor. Ya hace cientos de años, las tinajas eran capaces de conservar el agua fresca, anticipándose por mucho tiempo a las heladeras. De todos modos, hoy se pueden ver las tinajas de gran tamaño en algunas casas, se utilizan sólo de adorno, pero colocadas en un lugar con sombra, se pueden aprovechar para conservar agua sin problemas. Es de las tantas cosas que la modernidad se llevó por delante. De las cosas que nadie defiende, porque se van dejando de usar y la llegada del agua a cada canilla de la casa hizo que todos se sintieran cómodos. Ni bien ni mal, casi desaparecieron y esa es la noticia fría. Claro, con su partida se fueron también muchos años de historia, de historia de la humanidad misma porque aquel que no las vio, que no las utilizó, hasta hace algún tiempo, las verá de adorno. Pero significan mucho más que eso. En el festival de Cosquín hay una feria artesanal imponente donde todavía están los grandes alfareros que hacen tinajas de verdad, como en los viejos tiempos, del tamaño que se puedan imaginar, dignas de ver, porque ahí se resumen cientos de años de la humanidad. A nadie se le ocurre, pero se pueden utilizar perfectamente para conservar el agua, para mantenerla siempre fresca, para saber lo que era una tinaja y para qué servía. No se trata de dejar de lado el agua de las canillas, simplemente se trata de rescatar objetos que cayeron en desuso con el tiempo y gracias a los artesanos todavía se pueden ver. Cuenta la historia que las proveedoras del agua para las tinajas, cuando no había canillas, eran las mujeres. “Llevaban un cántaro en la cabeza, donde se posaba con un trozo de tela plegado como si se tratara de una almohadilla o de una tela medianera entre dicha cabeza y el cántaro, y llevaba la misma mujer otro cántaro en su costado izquierdo, cuya base se apoyaba en la cadera femenina”. Si eran varias las mujeres en la casa se llenaban mucho antes las tinajas y si, por desgracia, una señora estaba enferma o era vaga, el agua llegaba a faltar”. Un pedazo de historia de barro, de las tantas que el progreso se llevó por delante.
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