Sigue el relato del vice

Por Redacción

A esta altura, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner entenderá que cometió un error muy grave cuando regaló la vicepresidencia a Amado Boudou, acaso por querer sorprender a quienes la rodeaban y recordarles que podía hacer lo que se le antojara, acaso por imaginar que por su condición de roquero aficionado la ayudaría a atraer a sectores juveniles significantes. Sea como fuere, el experimento le salió mal. Pocos días transcurren sin que surjan novedades relacionadas con el caso Ciccone, que ya ha servido para hacer de Boudou un símbolo “emblemático” de la corrupción cuyas apariciones públicas a menudo motivan escándalos. Los intentos de Boudou de defenderse dando a entender que es víctima de la malevolencia de los medios, ya que nunca hizo nada ilegal, han resultado ser contraproducentes, mientras que ha sido llamativo el escaso interés de otros miembros del gobierno por solidarizarse con él. Por el contrario, casi todos brindan la impresión de querer verlo hundirse, por tratarse de un rival interno o porque a su juicio es un oportunista que no se siente comprometido con el populismo kirchnerista. Puede que Boudou consiga aferrarse al cargo que le dio la presidenta con la esperanza de que andando el tiempo la mayoría olvide las acusaciones en su contra, pero sería muy poco probable que lograra aportar algo positivo a la gestión de su benefactora. De haber contado Cristina con la ayuda de un equipo de asesores capaces y bien informados, uno equiparable con los que cumplen un papel esencial en países con instituciones democráticas consolidadas, el vicepresidente actual no sería Boudou sino otra persona de características más apropiadas para desempeñar una función que reviste cierta importancia en el orden político nacional. Pero, claro está, los integrantes del círculo áulico de Cristina no le advirtieron a tiempo sobre los riesgos planteados por la elección “a dedo” de un hombre de trayectoria sinuosa, antecedentes un tanto oscuros y conducta a veces extravagante o, si lo hicieron, no lograron convencerla de que le convendría pensar en una alternativa más segura. Es que la voluntad de los vinculados con el kirchnerismo de colmar de responsabilidades a Cristina con el propósito de llamar la atención a su propia “lealtad” ha creado una situación en que, por temor a verse acusados de “traición”, ni siquiera los funcionarios más encumbrados se animan a criticar sus decisiones. Antes bien, suelen festejarlas, aun cuando algunos sospechen que no tardarán en ocasionarle muchos problemas. Según se informa, Cristina ha comenzado a quejarse amargamente por la pasividad de funcionarios que se han acostumbrado a dejar todo en sus manos, obligándola a tomar decisiones a base de información inadecuada y sin estudiar debidamente las diversas opciones, pero por ser cuestión de una debilidad estructural del “hiperpresidencialismo” en el que nuestro país es tan proclive a caer, no podrá delegar pedazos de poder real a sus subordinados sin socavar el esquema que se ha formado. Aunque el primer vicepresidente de Cristina, Julio Cobos, se transformó pronto en virtual jefe de la oposición y por mucho tiempo la superaba en popularidad, en última instancia la presencia a su lado del “traidor” no la perjudicó. Por cierto, no incidió en absoluto en la campaña electoral del año pasado que culminó con el triunfo aplastante de la presidenta. Sin embargo, la situación que Boudou se las ha arreglado para crear es muy distinta. Nadie ignoraba que Cobos, un radical, fue seleccionado por motivos netamente políticos por el ex presidente Néstor Kirchner. En cambio, Cristina escogió personalmente a Boudou por razones propias que nunca se dio el trabajo de explicar, de suerte que no podrá tratar de desvincularse de él sin confesar que se equivocó, algo que, en el esquema verticalista que se ha instalado en el gobierno y que, las elecciones mediante, fue convalidado por el grueso de la ciudadanía, le costaría hacer. Asimismo, a pesar del conflicto con el campo y el impacto de la crisis financiera internacional, durante la primera gestión de Cristina la economía continuó creciendo a un buen ritmo, pero en la actualidad las perspectivas lucen mucho más sombrías, lo que entraña el riesgo de que la corrupción deje de ser un tema meramente anecdótico.


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