Silencio y recelo en la cuna de los yihadistas de Barcelona

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Recelos, incomprensión y silencio, un espeso silencio. Un año después de los atentados yihadistas en Cataluña, el pueblo montañoso de Ripoll pugna por recuperar una normalidad perdida cuando unos jóvenes aparentemente integrados segaron la vida de 16 personas.

La misión es difícil para un municipio de 10.600 habitantes donde todos se conocen y rehuyen la cuestión. Una pancarta con la frase “Condenamos la violencia” en la fachada del instituto donde estudiaron es el único rastro visible de lo ocurrido.

“Estamos intentando hacer vida normal, pero es difícil”, confía Juani Pujol, de 58 años, una de las pocas vecinas que accede a hablar. “Aunque decimos que no hay rencillas, estas cosas afectan y te vuelves más racista y desconfiado de lo normal”.

Este pueblo enclaustrado en los primeros macizos del Pirineo en el noreste de España era conocido principalmente por su hermoso monasterio benedictino.

Pero todo cambió cuando se conoció que la célula detrás del doble atentado del 17 y 18 de agosto reivindicado por el Estado Islámico se había gestado allí.

Durante meses, un grupo de jóvenes fueron seducidos por el imán de una mezquita de Ripoll para urdir unos atentados de gran calibre. Cuando la casa abandonada donde preparaban los explosivos saltó por los aires, se vieron forzados a improvisar.

Uno de ellos, Younes Abouyaaqoub, lanzó una furgoneta sobre la transitada Rambla de Barcelona y otros hicieron lo mismo con un coche en el paseo marítimo de Cambrils, 120 km al sur. Ahora ocho están muertos, seis abatidos por la policía y otros dos en la explosión -entre ellos el imán-, y tres más están encarcelados.

“Yo los conocía (...) y nunca habían tenido un rol violento”, afirma Wafa Marsi, una antigua mediadora municipal que había ayudado a acoger sus familias.

Integrados pero...

Tras meses en segundo plano, eclipsados por el intento de secesión en Cataluña en otoño, los recuerdos resurgen con el primer aniversario y el levantamiento parcial del secreto de la investigación.

La semana anterior, los ripolleses encontraron publicadas las imágenes de los chicos preparando explosivos o sonriendo al probarse un chaleco bomba y vídeos donde bromeaban sobre el daño que causarían.

Y la pregunta volvía: ¿cómo cambiaron tanto unos chicos de entre 17 y 28 años crecidos allí, con amigos no musulmanes, apuntados a clubes deportivos, con trabajo y que hablaban un perfecto catalán?

La investigación apunta al imán Abdelbaki Es Satty, con antecedentes por narcotráfico en España, quien habría seducido a una decena de jóvenes, entre ellos cuatro parejas de hermanos. Esta radicalización pasó por alto incluso a su “círculo más íntimo”, explica el portavoz de la policía regional, Albert Oliva.

Esto rompió sus esquemas y les obligó a cambiar sus tácticas de detección: “Ahora ya no nos fijamos tanto en si están integrados en la sociedad, sino si sienten que pertenecen a ella”, añade.

Como suele ocurrir con la segunda generación de inmigrantes, los chicos podrían no sentirse españoles pero tampoco marroquíes, dice Marsi. “Esta falta de identidad es el punto débil que aprovechó el captador”, asegura.

Fumando frente al bar Esperanza, punto de encuentro de la comunidad musulmana de Ripoll, Mohamed maldice entre calada y calada al imán: “Les comió el coco y nos ha jodido bien con esto”, protesta este pintor de 48 años . “Hay gente que antes te saludaba y ahora te mira mal”, lamenta.

Bajo anonimato, aflora la beligerancia. “No pueden seguir viviendo aquí después de lo que ha pasado. ¿Les damos todo y nos lo pagan así?”, se indigna el propietario de un negocio.

“Alimentar el estigma es darle la razón al terrorismo yihadista”, advierte su alcalde Jordi Munell.

Su ayuntamiento impulsó un plan de convivencia destinado a evitar las actitudes xenófobas y a impulsar la participación de sus 1.100 extranjeros en las actividades del pueblo.


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