Sin alternativas
Llama la atención que el PJ no cuente con nada que se le parezca a una línea económica.
La etapa actual de la eterna crisis económica que nos tiene atrapados desde hace más de medio siglo no empezó con la renuncia de Jorge Remes Lenicov. Ya antes de las elecciones de octubre del año pasado, todos los políticos del país entendieron que el gobierno del entonces presidente Fernando de la Rúa, debilitado por una recesión ya prolongada, la personalidad vacilante de su jefe y la probabilidad de que el PJ trataría de aprovechar el resquebrajamiento de la Alianza para alzarse con el Poder Ejecutivo, difícilmente llegaría a fines del 2003, de suerte que su eventual reemplazante debería prepararse para hacer frente a una situación sumamente complicada. También se había difundido entre los integrantes más influyentes de la clase política la convicción de que la convertibilidad tenía los días contados y que pronto sería necesario abandonarla. Así las cosas, debería haber sido razonable suponer que meses antes de la caída de De la Rúa tanto el PJ como la UCR se habrán puesto a trabajar resueltamente en planes de emergencia detallados por si les resultara necesario encargarse de la conducción de un país que ya mostraba señales de hundirse. Por cierto, el que los voceros peronistas y radicales no dejaran pasar ninguna oportunidad para hablar de los desastres que a su entender provocaba el «modelo neoliberal», sugeriría que estaban absolutamente seguros de lo que sería forzoso hacer a fin de atenuarlos para entonces proceder a llevar a cambio reformas estructurales realmente drásticas.
¿Lo estaban? Claro que no. Parecería que el «plan» de Remes consistía meramente en la suposición de que para poder avanzar la Argentina tendría que «pesificarse». En principio, aquella idea era buena: pocos negarían que las perspectivas ante el país serían decididamente mejores si pudieran mantener una moneda propia. Sin embargo, hubiera convenido que los peronistas y sus aliados radicales de la provincia de Buenos Aires pensaran más en las dificultades de todo tipo que tendrían que enfrentar, para tener una posibilidad de lograr sus objetivos. Asimismo, deberían haber hecho un esfuerzo auténtico por entender los motivos reales, no los políticamente útiles, del colapso de la convertibilidad y también las razones por las que el esquema disfrutaba de la aprobación de la mayoría de los habitantes del país. Huelga decir que no se preocuparon por tales pormenores, acaso porque en la raíz tanto del colapso de la convertibilidad como en su popularidad estaba un consenso en el sentido de que «los políticos» no merecían la confianza de nadie. Con todo, entusiasmados por su propia retórica facilista, peronistas y radicales habían conseguido convencerse de que una devaluación sería de por sí suficiente como para solucionar los problemas de la industria «productiva», poniendo fin así a la recesión.
Las consecuencias de tanta imprevisión han sido calamitosas, pero parecería que no han servido para que los dirigentes máximos del PJ y lo que aún queda de la UCR comenzaran a estudiar seriamente las opciones frente al país. Obligado a encontrar un sucesor para Remes, Duhalde consultó a una variedad desopilante de «expertos» que van desde un ex asesor del ex presidente peruano Alan García, hombre célebre por el fracaso estrepitoso de su gestión económica ultradirigista, hasta «neoliberales» que se ubican bien a la derecha de quienes habitualmente fustigaba en su época de líder opositor. Si bien en ocasiones es útil que un presidente preste atención a opiniones diversas, lo que llama la atención en ésta es que el PJ no cuente con nada que se parezca a una línea económica partidaria. Lo mismo que la UCR, sus «doctrinas» se limitan a un puñado de lemas históricos, algunas vaguedades presuntamente relacionadas con la ética y el miedo cerval a apoyar cualquier medida que podría enojar a los caceroleros. Es por eso que los «debates» que han estado celebrándose en el Congreso han sido tan penosamente pobres. Siempre valientes cuando es cuestión de fulminar contra una medida antipática, los legisladores peronistas, radicales y frepasistas parecen ser congénitamente incapaces de formular alternativas, con el resultado de que el país, efectivamente descerebrado, ha caído en un estado rayano en la parálisis.
La etapa actual de la eterna crisis económica que nos tiene atrapados desde hace más de medio siglo no empezó con la renuncia de Jorge Remes Lenicov. Ya antes de las elecciones de octubre del año pasado, todos los políticos del país entendieron que el gobierno del entonces presidente Fernando de la Rúa, debilitado por una recesión ya prolongada, la personalidad vacilante de su jefe y la probabilidad de que el PJ trataría de aprovechar el resquebrajamiento de la Alianza para alzarse con el Poder Ejecutivo, difícilmente llegaría a fines del 2003, de suerte que su eventual reemplazante debería prepararse para hacer frente a una situación sumamente complicada. También se había difundido entre los integrantes más influyentes de la clase política la convicción de que la convertibilidad tenía los días contados y que pronto sería necesario abandonarla. Así las cosas, debería haber sido razonable suponer que meses antes de la caída de De la Rúa tanto el PJ como la UCR se habrán puesto a trabajar resueltamente en planes de emergencia detallados por si les resultara necesario encargarse de la conducción de un país que ya mostraba señales de hundirse. Por cierto, el que los voceros peronistas y radicales no dejaran pasar ninguna oportunidad para hablar de los desastres que a su entender provocaba el "modelo neoliberal", sugeriría que estaban absolutamente seguros de lo que sería forzoso hacer a fin de atenuarlos para entonces proceder a llevar a cambio reformas estructurales realmente drásticas.
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