Sinceridad
Isidoro Reyes, vino tinto. Ignatius Loier, gin tonic. Una de esas noches en las que se charla de todo: vida, mujeres, trabajo y sueños. También sobre la gente y sus conversaciones. Reyes recordó a un tipo que abrió un local de ropa y el primer día se le acercó una vecina para soltarle los chismes de la cuadra: quién se acostaba con quién, quién hacía esto o lo otro. “Cuando alguien habla mal de una persona, no hay que desconfiar de esa persona sino de ese alguien”, le dijo el tipo a Reyes. Loier lo miró y dijo: “Isidoro, a vos te parece que hay algo de cierto en eso porque sobreactuás tu empatía por la gente y sus miserias. Te importa la opinión de los demás aunque lo niegues. Entonces querés –y para peor: creés que podés– generar un movimiento de condena social hacia quien habla mal de los otros. Bien administrado, no hay nada más gratificante que hablar mal de los demás: te libera, descomprime tus odios, te permite posicionar a tu interlocutor respecto de tus principios… ¡Qué más querés! Basta del buenismo, Reyes, basta”. –Para mí –insistió Isidoro– no tiene sentido hablar mal de alguien cuando solo funciona como un vómito de inquina, sin una intención valiosa detrás. Es convocar mala energía. –Ese vendedor de ropa debería tener miedo de que la gente verbalice la pena que le genera verlo peinar con dedicación esos cuatro pelos largos que le quedan sobre el helipuerto que tiene por cabeza. No es un loco lindo como él cree, es un baboso que anda fisgoneando a las mujeres que entran al probador. Hablar mal de él, de vos y de quien se me cante es un derecho inalienable. Y ojo, no defiendo a los que inventan maliciosos rumores incomprobables. Defiendo a los que hacemos interpretaciones maliciosas de los hechos y las circunstancias. La charla entró en un tobogán que los hundió en un río de diferencias. Para Reyes, los amigos tienen que decir lo que piensan, con cariño y piedad. A lo sumo callar hasta el momento que crean oportuno: “Pero no mentir. Y para eso hay que tener valentía. Así, capaz que a tu amigo elude el ridículo. No le voy a decir que me encantó un tema que compuso para que vaya y se le rían en la cara. Y esto no tiene nada que ver con la verdad absoluta. Ni está relacionado con que creer que él no puede hacer música. Solo digo que no me gusta esa canción. Pasa que es más fácil decir ‘sí, me gustó’. Fijate que en Internet, escudada en el anonimato, hay gente que vomita su desacuerdo de modo frontal, vulgar, violento, desubicado, incoherente… Pero se anima y lo hace”. –Escuchame, Isidoro. No sé si es por llevarte la contra o si es el gin tonic. Acá también tengo mis matices. Del buenismo pasás al sincerismo. Uno peor que el otro. Tu mujer te puede hacer un bizcochuelo espantoso, pero si se tomó tres horas para hacerlo, aunque tenga gusto a axila de changarín de puerto te lo tenés que comer y elogiar. No importa el resultado, importa el acto de amor. –Para mí –dijo Reyes–, si todos nos sinceramos capaz que no viviríamos engañados respecto del otro. ¿Qué tiene de malo que no me guste el bizcochuelo? ¿O que a un amigo no le guste lo que yo diga o piense? Eso no modifica el cariño. Pero es difícil ser sincero y a la vez no herir. Por el riesgo, elegimos el atajo del ‘todo bien’. Pero si no tuvimos el coraje de decirlo de frente, no lo hagamos a las espaldas para burlarnos. ¿Qué necesidad hay de llenar un silencio hablando mal de alguien?
Juan Ignacio Pereyra pereyrajuanignacio@gmail.com