Bajo sospecha: estudiantes y escuelas en tiempos de control
Ante amenazas, se activan protocolos que no distinguen edades ni contextos y trasladan lógicas penales al espacio escolar. Instalan formas de miedo que desorganizan la tarea pedagógica y desplazan la posibilidad de intervenir desde el cuidado y la palabra.

En las últimas semanas, las amenazas de tiroteos en escuelas secundarias, los grupos donde la violencia circula como desafío y algunos episodios que efectivamente ocurrieron —en el país y en el mundo— nos obligan a detenernos. No se trata solo de “lo que pasa en la escuela”. Como advierte Rossana Reguillo, las violencias contemporáneas no nacen en las instituciones: las atraviesan, las desbordan, circulan.
Como ya había señalado Zygmunt Bauman, vivimos en una trama de vínculos cada vez más líquidos, donde las relaciones, los compromisos y también los límites se vuelven inestables. En ese contexto, la violencia deja de aparecer como un hecho excepcional: se produce, se comparte y se amplifica en espacios donde la acción parece no tener consecuencias. Y, sin embargo, en algún punto, eso que parecía pertenecer a la pantalla atraviesa el umbral y se vuelve acto.
¿Qué pasa con el cuerpo en este escenario? Desde el psicoanálisis, el cuerpo no es solo biológico: es una construcción simbólica, que se constituye en el lazo con otros. Pero en los entornos digitales el cuerpo se vuelve imagen, que puede editarse o borrarse sin consecuencias visibles. No es que adolescentes no distingan entre lo real y lo virtual; es que esa distinción ya no organiza del mismo modo la experiencia. En ese desplazamiento, el otro puede perder densidad, volverse intercambiable, avatar donde la violencia dejar de percibirse como límite.
Cuando el otro pierde consistencia, también se altera la posibilidad de reconocerse como autor de los propios actos. En un tiempo de construcción identitaria, donde se busca un lugar desde donde decir “yo”, la disolución de la responsabilidad no es un dato menor. Como advierte Byung-Chul Han, las redes no producen comunidad sino “enjambres”: conexiones sin responsabilidad compartida. La escuela, sostenida en la palabra y el sentido, enfrenta así un desafío inédito.
En este escenario, hay un desplazamiento que no es menor. Frente a estas situaciones, el foco del debate se corre hacia las infancias y adolescencias, que comienzan a ser leídas bajo la clave del riesgo, sospecha o peligrosidad. Se activan protocolos que no distinguen edades ni contextos y que trasladan lógicas del ámbito penal al espacio escolar. La intervención policial y judicial irrumpe en la escuela como respuesta casi automática. Se impone una mirada en lugar de abrir preguntas, de habilitar la escucha.
En ese movimiento no solo se vulneran derechos: también se redefine el lugar de quienes habitan la escuela. Las y los docentes quedan bajo advertencia: se los ubica como responsables de la complejidad, instalando una forma de responsabilidad anticipada por lo imprevisible y desplazando la pregunta por las condiciones sociales de la violencia hacia una lógica individual de culpa. Se configura así un clima de alerta permanente, amplificado por discursos mediáticos y gubernamentales que instalan una narrativa de amenaza constante. Más que producir condiciones de cuidado, tiende a instalar formas de miedo que desorganizan la tarea pedagógica y desplazan la posibilidad de intervención desde la palabra hacia la reacción inmediata.
Pero tal vez haya que correr aún más la mirada. Si, como plantea Perla Zelmanovich, habitamos una época marcada por la precariedad no solo económica sino también simbólica, la pregunta ya no es únicamente qué hacen los y las jóvenes, sino con qué herramientas cuentan para tramitar lo que les pasa. La pérdida de consistencia de la palabra adulta y el debilitamiento de las referencias que organizaron la transmisión dejan a las nuevas generaciones en un terreno inestable.
Si a esto se suma un clima político y cultural que, bajo la idea de una “batalla cultural”, avanza sobre la desarticulación de lo común, la pregunta se vuelve aún más inquietante. Como advierte Francisco Romero al pensar los procesos de culturicidio, no se trata solo de pérdida de contenidos culturales, sino de la erosión de las condiciones mismas de producción de sentido. En ese escenario, la escuela queda tensionada entre sostener su función de transmisión y operar bajo lógicas de control que la desdibujan.
Quizás por eso, lejos de pensar a las juventudes únicamente como problema, convenga volver a mirarlas como emergente. Históricamente, han sido ellas quienes, con mayor intensidad, ponen en escena lo que una sociedad no logra decir de otro modo. Más que origen de la violencia, aparecen entonces como síntoma de un lazo social que se debilita, como señal de un malestar que no encuentra canales de tramitación.
* Psicóloga y docente de Nivel Superior.

En las últimas semanas, las amenazas de tiroteos en escuelas secundarias, los grupos donde la violencia circula como desafío y algunos episodios que efectivamente ocurrieron —en el país y en el mundo— nos obligan a detenernos. No se trata solo de “lo que pasa en la escuela”. Como advierte Rossana Reguillo, las violencias contemporáneas no nacen en las instituciones: las atraviesan, las desbordan, circulan.
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