Del fútbol a la madera: el maestro artesano de Cipolletti que convirtió troncos de la Patagonia en arte
Raúl Di Lauro recorre su taller con la calma de quien pasó toda una vida entre viruta, herramientas y troncos patagónicos. En el patio de su casa de Cipolletti descansan esculturas gauchas, rostros indígenas, Cristos tallados y figuras africanas nacidas de troncos patagónicos. A sus 84 años, todavía se emociona cuando acaricia las vetas de una pieza hecha con dedicación.
“Todo me salió de la paciencia, de gustarme la madera, de haber vivido entre la madera”, resumió Raúl mientras acomoda una de sus obras. Su historia empezó dentro de un viejo aserradero de Cipolletti donde trabajaba su padre, que era capataz. Allí pasó gran parte de la infancia, rodeado de máquinas, tablones y montañas de viruta.
Mientras los adultos trabajaban, él se escondía para fabricar pequeños autos de carrera con restos de madera. “Mi papá me sacaba rajando, pero yo volvía igual”, recordó entre risas. Sin darse cuenta, en esos juegos empezó a formarse el artesano que décadas más tarde llenaría su casa de esculturas y personajes tallados a mano.
“Nunca estudié carpintería ni escultura, aprendí solo mirando, probando y equivocándome muchas veces”.
Raúl Di Lauro, artesano de Cipolletti.
En la escuela primaria hizo una iglesia revestida con vidrio molido y ganó un premio cultural que todavía recuerda con orgullo. Fue la primera vez que entendió que aquello que hacía con las manos podía emocionar a otros. Desde entonces nunca dejó de tallar. Primero fueron piezas pequeñas, después retratos, figuras camperas y obras religiosas.
El artesano de Cipolletti que encontró arte en los troncos olvidados
Raúl no se define como carpintero porque, según dice, el carpintero trabaja con medidas exactas y máquinas de precisión. Lo suyo siempre fue más intuitivo, más artesanal y más cercano al trabajo manual puro. “Yo hago todo a mano y ojo”, explicó mientras muestra piezas hechas de un solo tronco, sin pegamentos ni uniones.
En su taller todavía conserva maderas de nogal, acacia y olivillo que fue recolectando durante años y que hoy considera verdaderos tesoros de la Patagonia. “Tenemos maderas hermosas y no las descubrimos”, insistió mientras enseña las vetas naturales de una obra hecha en olivillo.

Muchas de sus esculturas surgieron justamente de observar formas escondidas dentro de los troncos. A veces empezaba una figura sin saber cómo terminaría y dejaba que la propia madera marcara el camino. Entre sus trabajos aparecen personajes inspirados en el arte de Molina Campos, figuras indígenas, retratos históricos y escenas inspiradas en la vida rural patagónica.
Su obra más importante fue un Cristo de tamaño natural que tardó un año entero en terminar y que todavía permanece en una capilla de Pichi Neuquén. También realizó piezas para Andacollo y distintos puntos de Río Negro y Neuquén, aunque durante décadas casi nadie supo quién estaba detrás de esas esculturas. “Nunca las firmaba. Yo mismo me hacía desconocido”, admitió con una mezcla de sinceridad y resignación. Aun así, siguió creando.
Uno de los sueños que todavía mantiene intactos es poder realizar una gran exposición en el Complejo Cultural Cipolletti y mostrar allí gran parte de las esculturas que fue creando durante décadas. Varias de sus obras permanecen guardadas entre herramientas, troncos y viruta dentro de su casa, esperando salir nuevamente a la luz. “Me gustaría hacer una exposición o un remate con todas mis cosas”, dijo Raúl, que aseguró que nunca tuvo la oportunidad de exhibir formalmente su trabajo en la ciudad donde nació, creció y construyó toda su historia alrededor de la madera.
“Muchas esculturas quedaron guardadas en mi casa porque nunca tuve la oportunidad de exponerlas como me hubiera gustado”.
Raúl Di Lauro, artesano de Cipolletti.
“Luli”, la mujer que pintó de color la vida y las obras de Raúl
Detrás de cada escultura aparece también la figura inseparable de Norma Amanda Pizzarro, a quien todos conocían como “Luli”. Estuvieron juntos 59 años, después de otros seis de noviazgo, y construyeron una vida donde el arte, el trabajo y la familia siempre caminaron de la mano.
Él tallaba las figuras y ella les daba color, detalles y terminaciones. Muchas de las obras que hoy siguen repartidas por su casa llevan también la mirada artística de ella. “Yo tallaba y ya se lo largaba a ella”, indicó mientras mostraba un Martín Fierro pintado con tonos intensos.
Cuando habla de Luli, la admiración aparece enseguida. No solo por lo que aportaba a las esculturas, sino también por la fuerza con la que empujó a la familia durante décadas. “Ella era muy emprendedora. Yo me bajoneaba y ella siempre arrancaba de nuevo”, recuerda.
Durante muchos años, además de tallar y pintar madera, Raúl y «Luli» tuvieron una mueblería muy conocida de Cipolletti ubicada frente a lo que hoy es la Cooperativa Obrera. Allí trabajaron durante 25 años fabricando muebles y realizando distintos encargos mientras seguía con sus esculturas. “Ese salón lo hice yo”, recordó con orgullo. La mueblería se convirtió también en su taller improvisado: entre mesas, placares y viruta llegó a trabajar incluso sobre enormes troncos destinados a convertirse en Cristos y figuras talladas a mano.
Hace poco más de un año y medio, Luli murió después de que le detectaran un cáncer de páncreas. Raúl todavía habla de ella en presente y cada recuerdo parece seguir conectado con alguna escultura, un viaje o una etapa compartida.
Juntos criaron a cuatro hijos y hoy la familia se conforma también por ocho nietos y dos bisnietas que siguen llenando de movimiento una casa atravesada por historias.
Del fútbol en el Club San Martín a una vida rodeada de madera
Mucho antes de convertirse en artesano reconocido por quienes conocen sus trabajos, Raúl también tuvo otra pasión que marcó buena parte de su juventud: el fútbol. Jugó desde adolescente en el Club San Martín de Cipolletti junto a sus hermanos y nunca cambió de camiseta.
“De los 13 hasta los 28 o 29 años jugué siempre ahí”, recuerda mientras señala que la cancha todavía queda a pocas cuadras de su casa. Una lesión de meniscos terminó alejándolo del fútbol competitivo, aunque nunca perdió el impulso de mantenerse activo y crear cosas nuevas.
Ese mismo espíritu inquieto fue el que lo acompañó después en el taller, donde podía pasar meses enteros trabajando sobre un tronco enorme hasta convertirlo en una figura completa.
En cada rincón sobreviven las huellas de toda una vida dedicada a crear con las manos. También permanece intacta la historia de un hombre que encontró belleza donde otros solo veían madera y que convirtió esa pasión silenciosa en parte de la memoria cultural de Cipolletti.
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