Equinoterapia en Zapala: cómo una pasión familiar se convirtió en un espacio de inclusión
Lo que comenzó como una pasión familiar por los caballos se transformó en un centro de equinoterapia que, desde hace años, acompaña a personas con discapacidad y distintas patologías en Zapala. Hoy el proyecto sueña con seguir creciendo y sostener la actividad durante todo el año.
Piuqué Leuno nació entre caballos. En una pequeña chacra de Zapala, donde crecieron ella y su hermano, los animales siempre formaron parte de la vida familiar. Lo que comenzó como una pasión heredada de sus padres y abuelos, con los años se transformó en un proyecto que a través de la equinoterapia acompaña a personas de todas las edades, muchas de ellas con discapacidad o distintas patologías. Mientras el centro sigue creciendo gracias al compromiso de su familia y de un grupo de voluntarios, el gran sueño es poder continuar desarrollando la actividad durante todo el año y llegar a más personas.
«Este proyecto nació prácticamente desde que nosotros somos chicos. Nosotros nacimos al lado de los caballos«, recuerda la referente del espacio. Su padre tenía una chacra en la localidad cuando todo era campo y allí vivían los caballos. el tiempo, la familia empezó a ofrecer paseos para poder afrontar los costos de alimentación de los animales. «Hacíamos paseos a caballo, cobramos un mínimo y eso nos ayudaba a comprar el alimento para los caballos», cuenta.
Fue durante esa etapa cuando comenzaron a acercarse familias con personas con discapacidad o distintas patologías interesadas en la actividad. Sin embargo, lejos de improvisar, decidieron capacitarse. «Nosotros decíamos que no nos sentíamos preparados, porque no es llegar y subir a la persona al caballo«, explica.

Ese fue el puntapié para viajar a Río Cuarto, Córdoba, donde realizaron una capacitación sobre equinoterapia y doma sin violencia. El curso les dejó una enseñanza fundamental: un centro de estas características debía trabajar junto a profesionales de la salud, la educación y especialistas en el manejo de caballos.
De regreso en Zapala comenzaron a convocar voluntarios. Profesionales de la salud se sumaron para dar forma al proyecto, que comenzó a funcionar alrededor de 2018. Desde entonces, el centro «Hueney Cawell» se sostiene casi exclusivamente gracias al compromiso de quienes colaboran de manera desinteresada. «Siempre fue voluntario. Cuando hacemos llamados se suma mucha gente, pero cuesta mantener el grupo porque cada uno tiene su trabajo y sus tiempos», señala.
A lo largo de estos años, el espacio acompañó a personas con trastorno del espectro autista, síndrome de Down, esquizofrenia, adultos mayores con Alzheimer y otras condiciones, además de ofrecer actividades recreativas abiertas a toda la comunidad.
«No nos enfocamos solo en las personas con discapacidad; también pensamos en cualquiera que necesite un espacio para despejarse, estar al aire libre y conectarse con los caballos», explica.
La referente asegura que la experiencia cotidiana les permitió desarrollar una mirada muy cercana sobre cada usuario. «Sabemos cómo llegan los chicos; si tuvieron un mal día, si vienen enojados o contentos. Su carita lo dice todo y eso también nos ayuda a pensar cada sesión», relata.
Actualmente el centro cuenta con seis caballos, entre ellos un petiso incorporado recientemente para un proyecto de estimulación temprana destinado a bebés.
La historia del centro está marcada por el compromiso y el trabajo voluntario; y eso se refleja en pequeñas historias cotidianas. Una de las voluntarias recorre varios kilómetros desde un paraje rural y hasta debe cruzar un río para llegar cada día. «Salía de su casa dos horas antes para poder estar con nosotros», recuerda Leuno. Ese esfuerzo es el espíritu con el que el centro logró sostenerse durante todos estos años: personas que de manera desinteresada aportan su tiempo para que otros puedan acceder a la actividad.
Así también sus integrantes reconocen que sostener la actividad no es sencillo. El invierno obliga a suspender las sesiones porque todas las actividades se realizan al aire libre. Esa interrupción representa un retroceso para muchos de los participantes.
«Cuando retomamos en primavera, los chicos ya se olvidaron mucho de lo que veníamos trabajando y tenemos que volver a empezar», lamenta. Por eso, uno de los principales sueños del grupo es contar con un espacio cubierto que les permita trabajar durante todo el año. También gestionan un predio más amplio para continuar creciendo.
Al mismo tiempo, buscan respuestas de una propuesta superadora: que la equinoterapia pueda articularse con el sistema público de salud y tenga un mayor reconocimiento institucional. «Nosotros no queremos que nos regalen nada. Queremos que nos escuchen. Sabemos que es una actividad costosa, pero también tenemos propuestas para que pueda sostenerse», afirma.
A la espera, el centro sigue apoyándose en el esfuerzo de su familia, los voluntarios y la comunidad, convencidos de que los caballos pueden ser mucho más que un medio de recreación: pueden convertirse en una herramienta para transformar vidas.
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