Messi y el último capítulo de una historia eterna con la Selección: del sueño de vestir la Albiceleste a una despedida que emociona al mundo
Eligió a Argentina cuando España lo buscaba, soportó críticas, regresó después de renunciar y terminó convirtiéndose en el mayor ídolo de una generación. La historia detrás de la despedida definitiva del capitán que jugó su último Mundial mientras enfrentaba el dolor más íntimo.
El adiós como un estrujo en el alma futbolera nacional. Un manifiesto doloroso escrito con mayúscula manuscrita, dividido en tres páginas arrancadas de alguna agenda inerte que de repente cobra vida. No es para menos, el mejor jugador de fútbol de toda la historia ha escrito en la hoja blanca, y con el corazón en la mano dice que no tiene más nada para dar.
De puño y letra, en una declaración artesanal a la altura de semejante comunicado, Lionel Messi revela que, a los 39 años, cuelga para siempre la camiseta de la Selección Nacional. Y en ese mismo momento, el duelo se metió en la piel del hincha argentino. Quizás lo es más aún en aquellos pibes (algunos ya no tanto) que nacieron en este siglo y que desde que tienen conciencia futbolera, el gran capitán siempre ha formado parte del equipo de todos.

Para los que hilan fino, no siempre la asistencia fue perfecta. Cuando perdió la final de la Copa América del 2016, con lágrimas en los ojos Messi creyó que la Selección no era para él y dijo que no vestiría más la camiseta nacional. Su voz retumbó como un mazazo en las entrañas del enorme y esquivo MetLife Stadium de Nueva Jersey, el mismo de la definición del Mundial 2026 ante España. “Ya está, se terminó para mí la Selección…”.
Después de esa renuncia envuelta en lágrimas cortadas a cuchillo, los hinchas de este siglo – llámese Generación Z, Alfa, Millennials, etc- inundaron las redes con el hashtag #NoTeVayasLio. La espera fue de sólo 47 días, y hace exactamente 10 años, Messi reapareció en Mendoza junto a la Selección que estaba camino a Rusia 2018, ahora comandada por el Patón Bauza, jugando ante Uruguay y con el pelo platinado.
Ese 1° de septiembre del 2016, con un gol del capitán, la Argentina venció 1-0 y terminaría esa eliminatoria sufriendo, ganándole obligado a Ecuador de visitante en la última fecha, con tres goles del mejor de todos. “Mi único héroe en este Lio”, escribió alguien en un paredón de cancha con impronta ricotera, después de ese partido que la Selección comenzaría perdiendo con riesgo de quedarse sin Copa del Mundo.
El olvidable Mundial ruso para la Selección, paradójicamente fue el principio de la refundación albiceleste. El gen argentino comenzó su proceso de recuperación y en esa gesta fueron protagonistas muchos de esos pibes que crecieron viendo a Messi como su único súperheroe de la pelota. Para la mirada de estos chicos, Diego Maradona colgaba de los póster, en las banderas, en los relatos llenos de épica de los mayores que lo vieron jugar y en los videos de YouTube.
Fue así que los Enzo Fernández, Alexis Mac Allister, Julián Álvarez, Cuti Romero, Rodrigo De Paul crecieron bajo el hechizo de Messi, que poco a poco fue entendiendo que esos pibes dejarían la vida por él. Ya no estaban en la Selección los más “grandes” como Mascherano, Biglia, Romero o Zabaleta. En la Copa América del 2019, con un novel Lionel Scaloni en la dirección técnica, Messi recién ahí se sintió verdaderamente capitán con mayúsculas.
La primera vez en su carrera que portó la cinta fue en el Mundial del 2010, ante Grecia, cuando Maradona decidió darle descanso a Mascherano porque Argentina ya estaba clasificada a octavos de final. Ese día al joven Messi le costó encontrar las palabras adecuadas para la arenga antes del juego. La Bruja Verón lo tuvo que ayudar… Con el tiempo entendió que no es lo mismo ser elegido capitán porque se es el mejor en el campo, y no por ser el referente.
Cuando Argentina perdió las semifinales de la Copa América 2019 ante el anfitrión, con un marcado arbitraje localista, por primera vez se vio al Messi capitán en modo maradoneano, apuntando duro contra la Conmebol asegurando que la Selección no debía ser parte “de esta corrupción”. Argentina jugó el partido por el tercer puesto en ese torneo contra Chile, donde Messi vio la roja por un altercado con Gary Medel, en otro desacierto arbitral.
A modo de protesta, Messi no subió a recibir la medalla de bronce. La Selección ganó 2-1 y ese sería el primer eslabón de la larga serie invicta que tuvo el equipo de Scaloni, que se cortaría ante Arabia en el debut del Mundial 2022.
Cuando Argentina ganó la Copa América del 2021 y rompió una racha de 28 años sin festejos, para muchos argentinos ese fue el primer título que celebró junto a la Selección. La generación que no vivió la gesta del ‘78 ni las hazañas de Maradona, Messi es y será el ídolo popular absoluto de este milenio. Para ellos, Messi es el mejor de todos los tiempos. Para muchos de nosotros, los que gritamos con los goles de Kempes o celebramos la Mano de Dios, también lo es.
El pibe que se fue a Barcelona cuando era un chico, que resistió los llamados españoles para que forme parte de su selección porque lo que más deseaba era jugar para la Albiceleste, hoy dice no va más. En tiempos del adiós, el principio de la historia vuelve a ser contada: el armado de un amistoso de apuro ante la Sub 20 de Paraguay, el 29 de junio del 2004 tuvo un solo fin.
El seleccionado juvenil dirigido por Hugo Tocalli se quedó con la ¿inventada? “Copa Centenario de la Asociación Atlética Argentinos Juniors” en el estadio Diego A. Maradona, en una noche de mucho frío, llovizna y con apenas 200 personas en el estadio, sólo con el objetivo de blindar al que supuestamente sería el mejor jugador del mundo.
A los 2’ del segundo tiempo, con la camiseta N°17 y reemplazando a Ezequiel Lavezzi, Lionel Messi comenzaría a escribir la leyenda. Argentina ganó 8-0 y el invitado especial marcó el séptimo tanto dejando por el piso a tres rivales, arquero incluido. El genio ya asomaba por la lámpara.
Si aquella primera decisión tomada con el corazón fue elegir a la Argentina cuando España ya lo tentaba, la última también nació del mismo lugar. Fue la de salir a jugar el Mundial 2026, aún cuando el dolor podía haberlo dejado al margen. No hizo falta que dijera una palabra. Bastó verlo correr, disputar cada pelota, ganar una semifinal imposible a Inglaterra y sostenerse de pie cuando todo por dentro se desmoronaba. Jugó mientras su padre se apagaba, con la herida a cuestas y con el corazón dividido entre una cancha y una despedida dolorosa.
A veces el fútbol también se juega con lágrimas que nadie ve. Messi lloró en silencio en el Mundial 2026, cobijado sólo por sus compañeros. Fue su manera de estar, de resistir, de honrar a su padre y también para decir adiós. Y parafraseando el cierre su carta de despedida, nosotros también tenemos algo para decir: Gracias Dios por hacerlo argentino.
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