Rescataron una tradición de sus abuelos italianos y hoy venden salsa con verdadero sabor a tomate y a infancia

Una familia de Centenario descubrió antiguas anotaciones de una jornada de salsa. Ese hallazgo los impulsaron a recuperar una tradición familiar heredada de sus abuelos y convertirla en un emprendimiento que recupera el verdadero sabor a tomate.

Por Lorena Vincenty

Las cuentas escritas a mano por la abuela fueron el punto de partida para recuperar una tradición familiar que atravesó cinco generaciones. Fotos: Julieta Krischak.

El papel apareció entre fotos viejas y recuerdos guardados durante años. Era un comprobante de Gas del Estado de 1980, con anotaciones hechas en tinta roja: cajones de tomates, cuentas y cálculos de una jornada de salsa. Juan Manuel Contreras reconoció enseguida la letra de su abuela Julia y, con ella, volvieron las imágenes de aquellos domingos de verano en Centenario, cuando la familia se reunía desde la madrugada para preparar la salsa que consumirían durante todo el año. Lo que parecía un simple papel olvidado terminó convirtiéndose en un tesoro familiar y en el disparador de una idea tan nueva como antigua: rescatar una receta que había atravesado cinco generaciones.

«Cuando encontré ese papel sentí que había descubierto un tesoro», recuerda. «En el reverso estaban las cuentas de una jornada de salsa: los cajones de tomate, las cantidades, las sumas y las restas. Todo escrito por ellas. Ahí entendí que teníamos que hacer algo con toda esta historia».

La historia de Mr. Tomato había comenzado mucho antes de que existiera la marca. Mucho antes incluso de que Juan Manuel naciera. La receta llegó a la Argentina junto a sus bisabuelos italianos y fue pasando de generación en generación hasta llegar a él. «Mi mamá, Cristina; mi hermana Carolina; mi cuñado Luis; mi sobrino Santino y yo somos quienes integramos hoy el proyecto. Con Santino ya somos la quinta generación que mantiene viva esta receta», cuenta.

Mr. Tomato nació para conservar el sabor de la receta familiar y elaborar salsa con tomates agroecológicos del Alto Valle.

En esa familia la salsa no era una costumbre ocasional. Era una ceremonia. «Nosotros no sabemos lo que es comprar salsa en el supermercado. Siempre se resolvió de manera casera», dice. Cada verano, las mujeres de la familia se reunían en la casa de los abuelos, pioneros de Centenario, para producir toda la salsa que consumirían durante el año.

Los preparativos comenzaban antes del amanecer. A las siete de la mañana todo debía estar listo: los tomates lavados, las mesas armadas, la trituradora preparada y el fuego encendido para hervir las botellas. «Mi abuela y sus hermanas eran muy estructuradas, muy tanas, muy rigurosas. Si llegabas quince minutos tarde, prácticamente te decían que no fueras porque ya habías perdido la mañana», recuerda entre risas.

El patio de la casa se transformaba entonces en una pequeña fábrica familiar. Había cajones repletos de tomates, fuentones, botellas y decenas de manos trabajando al mismo tiempo. «Ese día se resolvía toda la salsa del año. No era que se juntaban otro domingo; se hacía todo de una sola vez», cuenta.

La salsa se produce en Centenario con tomates San Marzano cultivados por productores agroecológicos de la región.

Las botellas se hervían durante horas envueltas para evitar que se golpearan. Después quedaban toda la noche enfriándose. Al día siguiente llegaba el momento de la verdad. «Si una botella se rompía parecía que habíamos perdido toda la producción. Empezaban los llamados telefónicos y la noticia recorría el barrio. Era una sola botella, pero para ellas era una tragedia».


La gran tarea de emprender


Décadas después, aquellas escenas volvieron de golpe cuando apareció el viejo papel de 1980. Pero transformar ese legado en un producto comercial no fue tan simple. La receta familiar tuvo que adaptarse a las exigencias del Código Alimentario Argentino. «Nos capacitamos, hicimos cursos y aprendimos todo lo necesario para mantener la esencia sin perder calidad ni seguridad», explica.

El proyecto encontró un espacio clave en la Sala de Elaboración Comunitaria La Celina, en Centenario. «Después de hacer los cursos nos habilitaron a utilizar la sala. Fuimos los primeros en producir allí y logramos elaborar nuestro primer lote certificado, que es el que nos permite comercializar la salsa. Arrancamos con apenas 30 botellas. Este verano superamos las 1.500 y nuestra meta es llegar a las 5.000″, cuenta.

Por ahora, la habilitación es municipal. Pueden vender en Centenario, en ferias y comercios locales. La sala está trabajando para obtener habilitaciones provinciales y nacionales que permitan ampliar la distribución.


Salsa con sabor a tomate y a encuentro


Tan importante como la receta es el tomate que utilizan. La materia prima proviene de El Florón, un establecimiento agroecológico de Centenario que cultiva más de 50 variedades. Ellos eligieron el San Marzano, reconocido por su pulpa y sabor. “Es tomate, tiene albahaca y la devolución que recibimos siempre es la misma: tiene el sabor de antes. Y eso es justamente lo que buscamos, recuperar el sabor real del tomate”.

«Lo más lindo es la relación que construimos. Desde afuera puede parecer que somos competencia porque nuestras salsas comparten góndola en algunos comercios. Y, en cierto modo, lo somos. Pero también existe una relación de colaboración muy fuerte. Ellos nos venden su tomate y yo soy diseñador y, además de desarrollar la identidad visual de Mr. Tomato, también diseñé las etiquetas de El Florón. Hay una sinergia muy linda detrás de todo esto».

La elección también tiene una dimensión territorial. Mientras el avance urbano y el desarrollo de Vaca Muerta transforman el paisaje productivo del Alto Valle, proyectos como este intentan sostener la actividad agrícola local. «Antes Centenario era una ciudad de chacras. Hoy muchas tierras productivas desaparecen porque resulta más rentable lotear. Nosotros apostamos a acompañar a quienes siguen produciendo», señala.

La variedad San Marzano fue elegida por su pulpa, su sabor y porque conecta con el origen italiano de la receta.

Ganadores de Impacta Neuquén


El crecimiento llegó acompañado de nuevos desafíos. «Este proyecto también fue posible gracias a que el año pasado participamos de Impacto Neuquén, un programa provincial destinado a emprendimientos de triple impacto. Se presentaron más de 600 proyectos y quedamos seleccionados entre los 15 mejores. Obtuvimos un financiamiento que hoy estamos utilizando para comprar materiales y avanzar con la obra de una sala de elaboración propia».

El objetivo ahora es aumentar la producción y desarrollar nuevos productos derivados del tomate. «Tenemos ideas para hacer chips, dulce y hasta ketchup. Pero primero queremos consolidar la salsa», dice Juan Manuel.

Más allá del aporte económico, las capacitaciones fueron fundamentales. «Aprendimos sobre finanzas, marketing, planificación y gestión. Fue un antes y un después para nosotros como emprendedores». La respuesta del público confirmó que iban por el camino correcto. «Por suerte, el producto tuvo una muy buena recepción. Pudimos validarlo y recibimos mensajes de personas de distintos lugares del país. Hay gente de Córdoba, Bahía Blanca o Monte Hermoso que nos escribe porque probó la salsa a través de algún familiar o durante una visita a la región».

Tal vez ahí esté el verdadero sentido de Mr. Tomato: no en vender una salsa, sino en haber convertido aquel viejo papel de 1980 en algo más que un recuerdo. Las cuentas escritas por Julia ya no sirven para calcular cajones de tomates, hoy cuentan otra historia: la de una receta que cruzó el océano con unos inmigrantes italianos, sobrevivió durante cinco generaciones y volvió a empezar, otra vez, a través de una semilla.

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Las cuentas escritas a mano por la abuela fueron el punto de partida para recuperar una tradición familiar que atravesó cinco generaciones. Fotos: Julieta Krischak.

El papel apareció entre fotos viejas y recuerdos guardados durante años. Era un comprobante de Gas del Estado de 1980, con anotaciones hechas en tinta roja: cajones de tomates, cuentas y cálculos de una jornada de salsa. Juan Manuel Contreras reconoció enseguida la letra de su abuela Julia y, con ella, volvieron las imágenes de aquellos domingos de verano en Centenario, cuando la familia se reunía desde la madrugada para preparar la salsa que consumirían durante todo el año. Lo que parecía un simple papel olvidado terminó convirtiéndose en un tesoro familiar y en el disparador de una idea tan nueva como antigua: rescatar una receta que había atravesado cinco generaciones.

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