Río bravo: viaje al tiempo en que Chos Malal se jugaba la vida para no quedar aislada
La ausencia del puente sobre el cauce del río Neuquén, obligaba a los vecinos de la histórica capital a arriesgarse, cada vez que intentaban traer provisiones o enviar correspondencia. Muchos perdieron la vida de hecho, en una época donde hacía falta mucho coraje para habitar la Cordillera del Viento.
Nadie en el pueblo quiso perderse la inauguración del ansiado puente sobre el río Neuquén. Foto: Gentileza Archivo Municipal Chos Malal.
Cuando se repite la idea de que en los pueblos más antiguos de la Patagonia la vida era difícil porque “todo estaba por hacerse”, quizás haya quienes crean que se trata de apenas una metáfora y no de algo literal. Sin embargo, Chos Malal sabe mucho de eso, porque en la primera mitad del 1900, los arbustos y el silencio eran testigos de cómo los habitantes de la zona debían enfrentar a un impetuoso río Neuquén, que junto al Curi Leuvú, ostentaba imponente su correntada y al que las crecidas sorpresivas de invierno y primavera le daban mucho poder.
Urgía la construcción de un puente, “teniendo en cuenta que Chos Malal ocupa una posición de singular y evidente valor estratégico para todos los pueblos del norte territorial”, era lo que pregonaba el periódico “La Cordillera” en su edición del 31 de julio de 1937. Si bien la localidad fue fundada en 1887, mucho tiempo pasó sin que se incluyera el anhelado pedido dentro de un plan de acondicionamiento de rutas.

Poco apoyo oficial capitalino tuvieron los vecinos que se organizaron en una comisión para elevar el reclamo entre Chos Malal, Taquimilán, Tricao Malal y el departamento Minas a las autoridades de la pujante Confluencia, donde consideraban que era una “contingencia puramente local”, comparada con necesidades que afectaban a todo el territorio. En esa perseverancia, hubo que esperar hasta 1962 para ver la obra inaugurada.
Mientras tanto, la comunidad enfrentó con tenacidad el letargo que dejó en 1904 el traslado de la capital provincial y también se las ingenió para sobreponerse a las características propias de un paisaje sólo apto para valientes, con inviernos implacables y distancias desafiantes.
Río y sepultura

“Baja un piño de chivos, buscando el valle que hace el Neuquén”, dicen los versos que Don Marcelo Berbel le dedicó a Chos Malal. Hablaba de ese río que corre milenario, engalanado por la “canción” que generan desde siempre sus aguas fluyendo sobre las piedras, a la vera del “corral amarillo”, tal como se traduce la denominación del pueblo en lengua originaria.
Protagonista de la provincia, junto al viento helado y las noches sin estrellas, hasta 1893 sólo cabía la posibilidad de vadearlo, es decir, buscar avanzar por la zona de menor profundidad, metiéndose al agua tanto de a pie como a caballo. En esos intentos, por ejemplo, el 7 de julio de 1896, el sacerdote salesiano Francisco Acosta murió ahogado al intentar pasar montado en su equino, compañero de recorridas misioneras.
“¿A quién darle la culpa por esta imprevista e inesperada pérdida? ¡El río Neuquén ha sido la sepultura de nuestro amado hermano!”, dijo el padre Bartolo Panaro en el aviso con la triste noticia que envió al cardenal Cagliero. Lo mismo pasó con varios empleados del Correo, que fueron arrastrados por la corriente y de los cuales sólo pocos se salvaron. Con el Curi Leuvú ocurría algo parecido, ya que sólo era posible cruzarlo medio a nado, medio a caballo.
Con los años, también se intentó usar un puente flotante hecho de maderas unidas y amarrado a ambas costas y también el servicio del bote “Gaviota”, pero estas alternativas también tuvieron corta vida por las torrenciales lluvias, que los dejaron inutilizados, según relataron en el libro “Chos Malal, entre el olvido y la pasión”, los autores Lator, Arias, Gorrochategui y Manoukian, del Centro de Estudios Regionales de esa localidad.
Aportadas para esta nota por el Archivo Municipal chosmalense, gracias a esas reconstrucciones se sabe que hasta la llegada de la balsa, todos los métodos seguían siendo precarios y peligrosos para la vida de sus ocupantes, por lo que hubo más vecinos que no vivieron para contarlo.
Para los que sobrevivían, Zapala era el sitio al que buscaban llegar, punta de rieles del ramal que venía desde Buenos Aires, 200 kilómetros al sur, hasta donde el ferrocarril sí permitía traer provisiones y mover el correo. De lo contrario, para cortar el aislamiento, las familias debían recurrir a otros caminos, hacia Mendoza o directamente conectar con Chile. Cordero, junto al gran dique Ballester, era otra alternativa, pero mucho más alejada y costosa.
De puño y letra

El registro epistolar de figuras como las de Manuel Olascoaga, primer gobernador del territorio, cuando la conducción neuquina estaba asentada en Chos Malal, ratifica que ésta era una inquietud de larga data. “El gran temporal que ha reinado ha hecho que el río haya crecido considerablemente, y que la fuerte corriente actual de las aguas arrebate la chata que existía aquí para efectuar el paso”. Lo acontecido también afectó “al encargado de la estafeta de Ñorquín”, escribió el coronel al administrador General de Correos.
Es evidente que lo que hoy resolvemos fácil por correo electrónico o Whatsapp, en esos años convivía con la desgracia, porque el traslado de la correspondencia en varias oportunidades puso a sus responsables de frente con la muerte. Victorino Coria fue uno de los que se comunicó con sus superiores contando que mientras intentaba cumplir su labor fue arrastrado por la corriente al punto de casi “perecer ahogado, circunstancia que lo dejó imposibilitado de poder continuar”, cuenta otra de las cartas citadas en una reseña que publicó Sandra Sobarzo, titular del Archivo Municipal de Chos Malal.
Comprometido con su labor, Coria, no sólo procuró salvar su propia vida, empapado y lleno de adrenalina, sino que a su vez consiguió recuperar del agua al menos tres de los seis paquetes que tenía a cargo, resignando lo que la correntada se llevó.
Ya en los años ’50 y con la balsa como parte fundamental de la rutina, los recuerdos de los vecinos cuentan que soportaba hasta dos vehículos chicos ó un camión y eran los balseros los experimentados que sabían cómo orientar la estructura, más de punta, más de costado o más recta según la hondura que traía el río.
Justamente cruzar la carga de un transporte era una odisea, porque había que calcular que la balsa no tocara el fondo del río, para que pudiera flotar. Es por eso que debían mover las provisiones por tandas, hasta completar la totalidad del lado opuesto del cauce y recién allí continuar viaje. De nuevo dependiendo de la naturaleza, su circulación sólo se interrumpía con las crecidas, ya que había semanas enteras en que llovía sin parar, por lo que el río no daba paso, al bajar empujando tanta agua.
Cruce vital

Con este panorama, cómo no celebrar cuando en el año 1959, hace 67 años, mediante licitación, se adjudicó la obra de lo que sería el importante puente que hoy forma parte vital de la Ruta N° 40.
De cemento armado, la estructura mide 252 metros de largo, con una calzada de ocho metros de ancho, que permite el paso fácil de toda suerte de vehículos y cargas, fue impulsado “con decisión y visión estadista, y en momentos no holgados de las finanzas, dispuso todo, pese al costo de la obra”, valoró Sobarzo, la funcionaria a cargo de la historia local. El pueblo y la posibilidad de seguir creciendo en el interior neuquino, agradecidos.
«El perro guardián al fondo de la casa», por Mario Rojas
Hay una paradoja que muy pocos conocen y que late en el corazón mismo de esta ciudad. Cuando Carlos Bouquet Roldán, el sucesor del coronel Manuel José Olascoaga en la gobernación del Territorio Nacional del Neuquén, decidió trasladar la capital al paraje Confluencia, su antecesor fue el primero en oponerse.
En una carta que hoy suena casi profética al revés, le dijo al gobernador que poner la capital en ese paraje era como poner «el perro guardián al fondo de la casa». Para él, el futuro de la región venía del norte, de la cordillera, no de esa confluencia de ríos en medio de la llanura patagónica.
Bouquet Roldán hizo oídos sordos, y la historia le dio la razón a él. Olascoaga escribió esa carta desde Mendoza, su tierra natal. Murió allá en 1911, jurando que jamás volvería a Neuquén.
Pero la política tiene estas ironías. Setenta y dos años después de su muerte, en plena dictadura militar, se ordenó traer sus restos a la fuerza. Una caravana militar cruzó el río Colorado en 1983 para depositarlo en el mausoleo de la Avenida Argentina, en lo más alto de la barda.
El tipo que no quería saber nada con que la capital estuviera acá, hoy descansa allí para siempre.

Cuando se repite la idea de que en los pueblos más antiguos de la Patagonia la vida era difícil porque “todo estaba por hacerse”, quizás haya quienes crean que se trata de apenas una metáfora y no de algo literal. Sin embargo, Chos Malal sabe mucho de eso, porque en la primera mitad del 1900, los arbustos y el silencio eran testigos de cómo los habitantes de la zona debían enfrentar a un impetuoso río Neuquén, que junto al Curi Leuvú, ostentaba imponente su correntada y al que las crecidas sorpresivas de invierno y primavera le daban mucho poder.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios