“Sólo un puñado defendió la vida”
En su reciente libro “Los judíos y la dictadura”, el periodista indaga en los medios de la colectividad y en otros sobre la represión sufrida por integrantes de la comunidad local.
Los relatos de quienes lo frecuentaron en los últimos años de su vida coinciden. En silla de ruedas, con más de 80 años en la mochila y lengua pesada, Albano Harguindeguy machacaba casi soñoliento: “Nos mató la impunidad, nos mató la impunidad…”. Ya no era aquel general arrogante y de verbo excluyente. Ministro del Interior de la dictadura. Pontificador de lo absoluto. Era un anciano procesado por violaciones a los derechos humanos. Pero, aun en la decrepitud, acertaba en el diagnóstico. Porque la dictadura se suicidó en su propio caldo: el que alimentó convencida de que se podía torturar, violar, robar chicos, asesinar y desaparecer gente sin que los días por venir le pidieran rendir cuentas. Pero ante esa impunidad que tarde percibió el arrogante Harguindeguy hubo argentinos –pocos, es cierto– que desde el inicio clavaron una pica en Flandes de cara al poder militar. El reciente libro de Hernán Dobry “Los judíos y la dictadura” habla de judíos argentinos que descollaron en defensa de la vida en aquel tiempo cruel.
–Ése es el caso del periodista Herman Schiller y “Nueva Presencia”, el periódico que dirigió durante la dictadura y por varios años más. Mi libro cuenta la historia, la valentía de Schiller en defensa de los derechos humanos en pleno régimen militar, la denuncia permanente de lo que estaba sucediendo no sólo en relación con judíos argentinos sino con el conjunto de quienes fueron blanco de la tortura, el asesinato, la desaparición –señala Hernán Dobry a “Río Negro”.
Y acota:
–El protagonismo de Schiller y “Nueva Presencia” está arrinconado en el olvido por quienes investigan la relación entre la prensa y la dictadura, a pesar de que “Nueva Presencia” llegó a tirar 20.000 ejemplares. Incluso fue combatido por franjas de las propias organizaciones judías; sectores de la DAIA, por ejemplo. La fuerza, el protagonismo que Schiller imprimía a las denuncias, molestaba, era un aguijón con visos de intolerable para los judíos argentinos que, si bien reconocían la criminalidad del régimen, buscaban no irritarlo. Incluso, como lo demuestro en el libro, hubo planos burocráticos de la DAIA que trataban muy mal a familiares que iban a buscar respaldo de la entidad para denunciar la desaparición de un hijo, un padre…
–Usted señala que Menahem Begin, primer ministro israelí durante un tramo de la dictadura, estaba alarmado por la información sobre la violación a los derechos humanos en Argentina…
–Tanto, que incluso propuso enviar buques de bandera israelí para rescatar a los judíos que vivían aquí.
–¿No le parece un diagnóstico poco ajustado a la realidad de lo ocurría?
–Bueno, eso es lo que le señalan miembros de organizaciones judías argentinas a los cuales Begin les habla de ese plan y a los cuales había convocado muy alarmado. Le dicen que la situación era muy delicada, que había represión despiadada, pero que no era para evacuar a los judíos. Entre quienes se entrevistan con Begin está el rabino Marshall Meyer, otro hombre de impecable comportamiento en defensa de la vida.
–Pero ¿cómo se explica el diagnóstico de Begin?
–Que no era el único dirigente judío alarmado. Gabriela Lotersztain, en su libro “Los judíos bajo el terror”, señala que organizaciones judías de Estados Unidos plantearon a funcionarios del Departamento de Estado la posibilidad de evacuar a judíos argentinos. ¿Cómo se explica ese grado de alarmismo? El pueblo judío tiene una historia densa en materia de persecución. Ésta puede ser una lectura. Y Begin pertenecía a una generación para la cual el Holocausto era una sangre muy cercana; él había combatido, además, contra los ingleses en Palestina para organizar el Estado de Israel, había atravesado tres guerras con el mundo árabe, en fin…
–En su libro usted vuelve sobre un tema que se ha tratado en otros trabajos sobre la dictadura y los judíos: el grado de exposición que muchos de éstos tenían debido a la profesión que ejercían. ¿Hasta dónde conjeturar sobre esto?
–No, no. No me parece que sea un espacio para la conjetura. Lo que sí dice la historia de ese tiempo es que, para reflexionar en función de explicarse el importante número de judíos detenidos, secuestrados, asesinados, desaparecidos por la dictadura, hay que computar que estaban integrados, por encima de su condición de judíos, a planos de la vida del país que eran blanco de sospecha y represión; por ejemplo, los psicólogos o quienes se dedicaban a las ciencias sociales. Y esto con independencia de la afiliación ideológica que se tuviera, que en todo caso podía implicar más deseo del régimen de reprimir. En un excelente trabajo de Joel Barromi, “Antisemitismo. Un problema universal”, publicado en Tel Aviv en 1990, se define bien cómo funcionaba esta ecuación. Dice Barromi que los judíos estaban sobrerrepresentados entre los militantes de la extrema izquierda así como en ciertas profesiones –psicólogos, sociólogos– y en ciertos grupos sociales –en la universidad–, todo un cóctel, por así decir, que la dictadura no digería… no estaba dispuesta a digerir. Una masa de protagonismo peligrosa para sus designios.
Carlos Torrengo
carlostorrengo@hotmail.com
Entrevista: Hernán Dobry
Los relatos de quienes lo frecuentaron en los últimos años de su vida coinciden. En silla de ruedas, con más de 80 años en la mochila y lengua pesada, Albano Harguindeguy machacaba casi soñoliento: “Nos mató la impunidad, nos mató la impunidad...”. Ya no era aquel general arrogante y de verbo excluyente. Ministro del Interior de la dictadura. Pontificador de lo absoluto. Era un anciano procesado por violaciones a los derechos humanos. Pero, aun en la decrepitud, acertaba en el diagnóstico. Porque la dictadura se suicidó en su propio caldo: el que alimentó convencida de que se podía torturar, violar, robar chicos, asesinar y desaparecer gente sin que los días por venir le pidieran rendir cuentas. Pero ante esa impunidad que tarde percibió el arrogante Harguindeguy hubo argentinos –pocos, es cierto– que desde el inicio clavaron una pica en Flandes de cara al poder militar. El reciente libro de Hernán Dobry “Los judíos y la dictadura” habla de judíos argentinos que descollaron en defensa de la vida en aquel tiempo cruel.
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