Sorpresa simulada

En Italia y España, la persistencia del desempleo, lejos de desmantelar trabas burocráticas y legales, las consolidó. Advertencia para la Argentina.

Por Redacción

Más de una semana antes de que por fin se difundiera oficialmente la cifra de desocupación de mayo pasado, la cual aumentó del 14,5% correspondiente al mismo mes del año anterior al 15,4%, muchísimas personas optaron por reaccionar ante la noticia como si se tratara de una novedad totalmente imprevista. Asimismo, como ya es tradicional en estas ocasiones, políticos, sindicalistas, economistas y periodistas aprovecharon la oportunidad para repetir, una vez más, sus opiniones sobre el fenómeno, con los más intentando subrayar que ellos por lo menos entendían plenamente su gravedad. Por supuesto, los politizados procuraron atribuirlo a la gestión del presidente adversario, de suerte que los peronistas dieron a entender que era culpa de Fernando de la Rúa y los aliancistas que el gran responsable era Carlos Menem, juicio que -obvio es decirlo- en ambos casos se basa en el presupuesto de que a un buen gobierno no le sería del todo difícil asegurar que para toda persona deseosa de trabajar existiera un empleo apropiado.

Por desgracia, esta suposición tan ampliamente compartida dista de ser realista. En el mundo actual, son muy pocos los países en los que el desempleo no constituya un problema angustiante. En Italia, Alemania y Francia es considerado todo un triunfo que el índice se reduzca por debajo del diez por ciento, mientras que en España incluso aquel guarismo parece utópico. Por supuesto que en muchas partes de Europa occidental los desocupados pueden contar con subsidios que la Argentina, un país relativamente pobre, sencillamente no está en condiciones de repartir con la misma generosidad, pero el que en sociedades avanzadas bien administradas el desempleo en gran escala no haya encontrado ninguna «solución» a pesar de la puesta en marcha de docenas de planes y la celebración de centenares de simposios, debería recordarnos que la cuestión no es tan sencilla como tantos quisieran hacer creer.

Como siempre sucede al anunciarse las cifras más recientes, el gobierno se ha afirmado comprometido a tomar medidas «activas» para atenuar el problema, pero a esta altura tales promesas sólo impresionarán a los más optimistas. Si bien siempre es posible crear «fuentes de trabajo» mínimas, los beneficios así brindados suelen ser pasajeros. Es que, lo mismo que la multitud de empleos clientelistas que en otras épocas suministraba el Estado, los creados a fin de paliar los efectos de una crisis no sirven para preparar a la gente para la clase de trabajo que con toda probabilidad exigirá la economía en el futuro próximo. Aunque los planes Trabajar cumplen su función al mantener ocupadas en tareas rudimentarias a muchas personas a cambio de un salario muy exiguo, no existe motivo alguno para creer que si la Argentina consigue avanzar, generará muchos empleos similares.

Para nosotros, la experiencia de Italia y, sobre todo, de España -donde la tasa actual del 14,1% es considerada satisfactoria-, constituye una advertencia. En aquellos países, los dirigentes políticos y los sindicalistas hablan desde hace un cuarto de siglo del desastre supuesto por la desocupación masiva y en todo momento habían previsto que muy pronto el panorama mejoraría. Desde luego, esto no ha ocurrido, en buena medida porque la persistencia del problema, lejos de redundar en el desmantelamiento de la multitud de trabas burocráticas y legales que se dan, ha contribuido a consolidarlas. A pesar de que generaciones enteras ya se han acostumbrado al «desempleo estructural», tanto los políticos como los sindicalistas de los dos países europeos que más se parecen a la Argentina han logrado convencer a los demás de que dichas trabas no están entre las causas de la desocupación masiva, sino que contienen las semillas de una eventual «solución». Puesto que aquí los dirigentes de todo tipo piensan de forma muy similar a sus homólogos del sur de Europa, es más que probable que la evolución del drama resulte similar también, lo cual sería una pésima noticia para los millones de personas que están desocupadas y que, tal como se perfilan las cosas, tendrán pocas posibilidades de encontrar un empleo satisfactorio en los años próximos.