Sueños hegemónicos
Aunque en términos generales la diputada Elisa Carrió comparte lo que parece ser la visión política de Néstor Kirchner, la coincidencia así supuesta no le ha impedido advertir que la forma de actuar del presidente plantea «un riesgo fuerte de hegemonía». Es que se dan muchos motivos para suponer que, lo mismo que Carlos Menem más de diez años antes, el santacruceño quiere reproducir en escala nacional lo que ya logró en su provincia «feudal» al consolidar su control sobre la máxima cantidad de sectores e instituciones, incluyendo, huelga decirlo, a entidades que en teoría no deberían depender del Poder Ejecutivo ni del Estado. Si bien en nuestro «sistema» político atomizado, invertebrado y carente de estructuras firmes es claramente necesario que, a inicios de su gestión cuando aún cuenta con un alto índice de aprobación, un presidente nuevo intente sumar adhesiones, reemplazando a representantes del orden anterior por sus propios hombres, el ritmo frenético impuesto por Kirchner y su estilo en ocasiones atropellado están sembrando mucha preocupación entre los que quisieran señalarle que la Argentina no es Santa Cruz y que por lo tanto le será preciso modificar su metodología.
Orgullosos de la energía de la que han hecho gala, el presidente y sus colaboradores más íntimos insisten en que en vista de que están actuando en nombre del «pueblo», los opositores, trátese de los relacionados con «corporaciones» financieras, jueces o periodistas que según los oficialistas estaban vinculados con el régimen militar, son enemigos que recibirán el castigo que merecen, actitud maniquea que ya se ha convertido en un tic: cuando se animó a criticarlo a Julio Strassera, el protagonista del juicio contra los jefes del proceso militar, cuyo aporte al respeto por los derechos humanos ha sido llamativamente superior a aquel de Kirchner, a éste no se le ocurrió nada mejor que calificarlo de «fiscal de la dictadura». Puede que hasta ahora tanta agresividad le haya sido útil, pero no le convendría en absoluto continuar tomando toda manifestación de disenso por evidencia de hostilidad implacable. Asimismo, si bien al presidente le ha resultado relativamente sencillo «descabezar» las fuerzas armadas, pasando por alto las protestas de los perjudicados, y ordenar la reforma de la Policía Federal por ser una cuestión de organizaciones jerárquicas, mientras que pocos negarían que no le quedaba más alternativa que la de intentar expulsar del PAMI a los funcionarios apadrinados por el sindicalista Luis Barrionuevo, un individuo que además de simbolizar lo peor de la Argentina «menemista» es un enemigo personal de los Kirchner, e incluso la ofensiva contra el presidente de la Corte Suprema, Julio Nazareno, no debería suponerle demasiadas dificultades, a los miembros del gobierno les convendría reconocer que dichos blancos han sido los más vulnerables. Por cierto, si procuran avanzar mucho más allá de estos primeros objetivos, no tardarán en descubrir que sus adversarios son tan duchos como ellos mismos en el arte de frustrar las iniciativas de los dispuestos a privarlos de sus «conquistas».
Como ya es tradicional cuando de una nueva gestión presidencial se trata, Kirchner y sus allegados juran que el único motivo por el que están construyendo poder consiste en su voluntad de servir mejor al «pueblo», combatiendo con el vigor imprescindible la corrupción y luchando contra «las mafias» para limpiar de esta forma instituciones que a través de los años han sido transformadas en feudos delictivos por grupos de malhechores enquistados en los partidos políticos históricamente dominantes. Es bien posible que los kirchneristas realmente crean en sus propias palabras y que lo que hemos visto sea sólo la primera fase de un programa de cambio ambicioso, auténticamente progresista y netamente democrático que ha sido cuidadosamente preparado. Sin embargo, también lo es que lo único que se haya propuesto Kirchner, un peronista típico, sea erigirse en otro caudillo latinoamericano todopoderoso que, detrás de una pantalla de palabras a veces elocuentes alusivas a lo buenas que son sus intenciones, se muestra resuelto a subordinar todo a la acumulación de poder. Si éste resulta ser el caso, los años próximos serán todavía más estériles que los que siguieron al primer período de Menem.