Tanques agujereados

Redacción

Por Redacción

El británico John Maynard Keynes ocupa un lugar destacado entre los economistas favoritos de los kirchneristas. Como muchos otros populistas tanto aquí como en el resto del mundo, ven en él un partidario entusiasta del aumento del gasto público y de la intervención estatal para reactivar una economía letárgica. También les gusta tomar su frase más célebre, “a largo plazo todos estamos muertos”, por una advertencia sabia contra los riesgos de pensar demasiado en el futuro remoto, aun cuando se trate de prepararse para el año que viene. Parecería que, a pesar de la voluntad de eternizarse en el poder de los comprometidos con el “proyecto” del matrimonio santacruceño, nunca se les ocurrió que un día ellos mismos tendrían que enfrentar las consecuencias de su propia falta de previsión. Pues bien, de resultas de la miopía del gobierno kirchnerista, el país se ve frente a una crisis energética que ya ha alcanzado dimensiones alarmantes. Debido a la caída de la producción local de petróleo y gas, tenemos que importarlos a un costo que se ha hecho apenas soportable. Se estima que este año las importaciones de combustibles supondrán un gasto de hasta 12.000 millones de dólares estadounidenses y que en el 2013 la sangría de divisas será todavía mayor. En los primeros siete meses del año corriente, el país vio aumentar casi un 90% el costo de la importación de gas procedente de Bolivia, Venezuela y otros socios energéticos que, cuando del comercio con la Argentina se trata, se adhieren férreamente a principios neoliberales. Así las cosas, el que la economía haya iniciado una fase de estancamiento que amenaza con prolongarse podría considerarse una buena noticia, puesto que, de reanudarse el crecimiento a las tasas asiáticas a las que se acostumbró en los años que siguieron al colapso desastroso del 2001 y 2002, sería necesario importar mucho más a precios internacionales que en cualquier momento podrían subir vertiginosamente. Las distorsiones provocadas por la política energética kirchnerista han tenido un impacto muy fuerte en virtualmente todos los ámbitos no sólo de la economía nacional sino también en los relacionados con la vida diaria de los habitantes del país. Tanto las trabas arbitrarias a la importación de insumos que han contribuido a frenar la producción industrial, como el cepo cambiario que afecta a los turistas, hombres de negocios y a quienes quieren enviar dinero a familiares que viven en el exterior, se deben a la necesidad de impedir por los medios que fueran la salida de los escasos dólares que aún quedan luego de pagar a los proveedores de los combustibles que la economía precisa para seguir funcionando. Huelga decir que la decisión del gobierno de renacionalizar YPF, apropiándose de buena parte de las acciones de la empresa española Repsol, no ha ayudado. Antes de ponerse en condiciones de producir más petróleo y gas a precios competitivos, la empresa que en efecto maneja el viceministro de Economía, Axel Kicillof, necesitaría una inyección de inversiones que los mercados no parecen dispuestos a darle sin recibir garantías que serían difícilmente compatibles con las pretensiones nacionalistas de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, pero, por motivos evidentes, el gobierno no puede darse el lujo de subsidiar la empresa. Lo que ha sucedido en el área energética es sintomático de la forma oficial de manejar la economía nacional, subordinándola por completo a sus prioridades políticas. El modelo kirchnerista se basa en la noción peregrina de que, siempre y cuando un conjunto de medidas se vea criticado por los economistas “ortodoxos”, no habrá motivos para preocuparse porque en el pasado han cometido errores. Pues bien: merced al voluntarismo transgresivo así supuesto, la inflación sigue socavando el poder de compra de todos, las estadísticas confeccionadas por el Indec no guardan relación alguna con la realidad, los dólares están en fuga, están bajando las reservas, los empresarios han dejado de invertir, la industria está en recesión y el desempleo propende a aumentar. En esta situación, ni siquiera el “viento de cola” proporcionado por la soja y otros productos agrícolas, o una eventual reanudación del crecimiento brasileño, resultarían suficientes como para mejorar mucho las perspectivas macroeconómicas.


El británico John Maynard Keynes ocupa un lugar destacado entre los economistas favoritos de los kirchneristas. Como muchos otros populistas tanto aquí como en el resto del mundo, ven en él un partidario entusiasta del aumento del gasto público y de la intervención estatal para reactivar una economía letárgica. También les gusta tomar su frase más célebre, “a largo plazo todos estamos muertos”, por una advertencia sabia contra los riesgos de pensar demasiado en el futuro remoto, aun cuando se trate de prepararse para el año que viene. Parecería que, a pesar de la voluntad de eternizarse en el poder de los comprometidos con el “proyecto” del matrimonio santacruceño, nunca se les ocurrió que un día ellos mismos tendrían que enfrentar las consecuencias de su propia falta de previsión. Pues bien, de resultas de la miopía del gobierno kirchnerista, el país se ve frente a una crisis energética que ya ha alcanzado dimensiones alarmantes. Debido a la caída de la producción local de petróleo y gas, tenemos que importarlos a un costo que se ha hecho apenas soportable. Se estima que este año las importaciones de combustibles supondrán un gasto de hasta 12.000 millones de dólares estadounidenses y que en el 2013 la sangría de divisas será todavía mayor. En los primeros siete meses del año corriente, el país vio aumentar casi un 90% el costo de la importación de gas procedente de Bolivia, Venezuela y otros socios energéticos que, cuando del comercio con la Argentina se trata, se adhieren férreamente a principios neoliberales. Así las cosas, el que la economía haya iniciado una fase de estancamiento que amenaza con prolongarse podría considerarse una buena noticia, puesto que, de reanudarse el crecimiento a las tasas asiáticas a las que se acostumbró en los años que siguieron al colapso desastroso del 2001 y 2002, sería necesario importar mucho más a precios internacionales que en cualquier momento podrían subir vertiginosamente. Las distorsiones provocadas por la política energética kirchnerista han tenido un impacto muy fuerte en virtualmente todos los ámbitos no sólo de la economía nacional sino también en los relacionados con la vida diaria de los habitantes del país. Tanto las trabas arbitrarias a la importación de insumos que han contribuido a frenar la producción industrial, como el cepo cambiario que afecta a los turistas, hombres de negocios y a quienes quieren enviar dinero a familiares que viven en el exterior, se deben a la necesidad de impedir por los medios que fueran la salida de los escasos dólares que aún quedan luego de pagar a los proveedores de los combustibles que la economía precisa para seguir funcionando. Huelga decir que la decisión del gobierno de renacionalizar YPF, apropiándose de buena parte de las acciones de la empresa española Repsol, no ha ayudado. Antes de ponerse en condiciones de producir más petróleo y gas a precios competitivos, la empresa que en efecto maneja el viceministro de Economía, Axel Kicillof, necesitaría una inyección de inversiones que los mercados no parecen dispuestos a darle sin recibir garantías que serían difícilmente compatibles con las pretensiones nacionalistas de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, pero, por motivos evidentes, el gobierno no puede darse el lujo de subsidiar la empresa. Lo que ha sucedido en el área energética es sintomático de la forma oficial de manejar la economía nacional, subordinándola por completo a sus prioridades políticas. El modelo kirchnerista se basa en la noción peregrina de que, siempre y cuando un conjunto de medidas se vea criticado por los economistas “ortodoxos”, no habrá motivos para preocuparse porque en el pasado han cometido errores. Pues bien: merced al voluntarismo transgresivo así supuesto, la inflación sigue socavando el poder de compra de todos, las estadísticas confeccionadas por el Indec no guardan relación alguna con la realidad, los dólares están en fuga, están bajando las reservas, los empresarios han dejado de invertir, la industria está en recesión y el desempleo propende a aumentar. En esta situación, ni siquiera el “viento de cola” proporcionado por la soja y otros productos agrícolas, o una eventual reanudación del crecimiento brasileño, resultarían suficientes como para mejorar mucho las perspectivas macroeconómicas.

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