Techo muy bajo
Para decepción de un gobierno que claramente imaginaba que en los meses próximos la economía continuaría creciendo a un ritmo respetable, acaba de informarse que en junio la industria registró su tercer mes consecutivo de repliegue, produciendo el 0,3 por ciento menos que en mayo. Dicho de otro modo, parecería que ya se han agotado todos los beneficios relativos que fueron brindados por una devaluación salvaje y por la «sustitución de importaciones» así posibilitada. Lo que es peor aún, parecería que la producción ha llegado a su techo en un momento en el que es sumamente difícil que los empresarios se arriesguen a hacer las fuertes inversiones de capitales necesarias para que las fábricas sean más eficientes, de suerte que es de prever que la planta industrial del país siga envejeciéndose, lo que con toda seguridad repercutirá en la calidad de los bienes destinados no sólo al mercado interno sino también a la exportación. Si sólo fuera una cuestión de salarios «competitivos» -es decir, de miseria -, los fabricantes locales ya estarían conquistando mercados en buena parte del mundo, pero ocurre que las ventajas de contar con mano de obra sumamente barata son menores en comparación con el hándicap supuesto por la falta de crédito y un atraso tecnológico que tiende a ampliarse cada vez más.
Aunque la industria apenas aporta la cuarta parte del producto bruto interno, desde que Eduardo Duhalde asumió la presidencia el gobierno subordinó virtualmente todo lo demás a sus intereses inmediatos por suponer que la crisis económica permanente se debió principalmente al papel a su juicio excesivo desempeñado por los servicios, sobre todo por los financieros, y por la agricultura, una actividad que en opinión de muchos populistas es impropia de un país con ambiciones, razón por la que tanto Duhalde como Néstor Kirchner se han ensañado tanto con los banqueros como si se tratara de aves de rapiña parasitarias cuya avaricia insaciable contribuyó mucho a depauperar al resto del país. Sin embargo, mal que les pese a los que por motivos ideológicos suelen exaltar la industria o, como prefieren calificarla, «la producción» y denigrar las finanzas o «la especulación», la industria depende de un sector financiero vigoroso tanto como el cuerpo humano de un sistema sanguíneo sano. Así las cosas, una consecuencia lógica y previsible de los ataques oficiales contra los bancos privados en su conjunto y la resistencia patente del grueso de la clase política nacional a tomar en serio sus quejas ha sido el debilitamiento de aquellos «productivos» que creían estar fortaleciendo al socavar el poder de un sector que conforme a las teorías rudimentarias confeccionadas por peronistas, radicales e izquierdistas debería ser considerado un rival.
Ha sido sobre la base de tales dogmas que el gobierno actual, lo mismo que su antecesor duhaldista, concentró sus esfuerzos en frenar la recuperación del peso frente al dólar, el euro y el yen. En el corto plazo, dicha táctica puede resultar muy positiva para algunos que ya están protestando por la propensión del peso a estabilizarse, pero a la larga una moneda decididamente subvaluada terminaría perjudicando al país entero porque constituiría una barrera insuperable a las importaciones, que cumplen un papel esencial en todas las economías salvo las más primitivas, además de privar a los empresarios de incentivos para mejorar la calidad de sus productos y de reducir al mínimo sus precios. Si bien a partir del colapso de la convertibilidad nadie pensaría en pedir que el peso sea sobrevaluado, aunque fuera levemente, a fin de obligar a los empresarios a «competir» en inferioridad de condiciones con sus equivalentes de los países más avanzados, convendría que el gobierno entendiera que un extremo, el supuesto por un «dólar recontraalto», es tan malo como el otro, por mucho que intenten negarlo los lobbistas «productivos» y que aceptara que la economía no es un campo de batalla disputado por las fuerzas del bien, es decir, los «productivos» contra los representantes del mal encarnado por «especuladores» de la «patria financiera» -concepto medieval éste que es popular entre los integrantes de la clase política-, sino un organismo que es mucho más complejo en el que la putrefacción de una parte no tardará en infectar todas las demás.
Para decepción de un gobierno que claramente imaginaba que en los meses próximos la economía continuaría creciendo a un ritmo respetable, acaba de informarse que en junio la industria registró su tercer mes consecutivo de repliegue, produciendo el 0,3 por ciento menos que en mayo. Dicho de otro modo, parecería que ya se han agotado todos los beneficios relativos que fueron brindados por una devaluación salvaje y por la "sustitución de importaciones" así posibilitada. Lo que es peor aún, parecería que la producción ha llegado a su techo en un momento en el que es sumamente difícil que los empresarios se arriesguen a hacer las fuertes inversiones de capitales necesarias para que las fábricas sean más eficientes, de suerte que es de prever que la planta industrial del país siga envejeciéndose, lo que con toda seguridad repercutirá en la calidad de los bienes destinados no sólo al mercado interno sino también a la exportación. Si sólo fuera una cuestión de salarios "competitivos" -es decir, de miseria -, los fabricantes locales ya estarían conquistando mercados en buena parte del mundo, pero ocurre que las ventajas de contar con mano de obra sumamente barata son menores en comparación con el hándicap supuesto por la falta de crédito y un atraso tecnológico que tiende a ampliarse cada vez más.
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