Desconectarse no alcanza: lo que cambia al borrar redes sociales
Alejarse de las plataformas puede generar cierto alivio emocional, pero los cambios suelen ser moderados. El impacto depende menos de la decisión de borrarlas y más de los hábitos.
La decisión de borrar una aplicación de red social, desactivar una cuenta o dejar de usarla ya es motivo de estudio de universidades, médicos y psicólogos que buscan averiguar qué le pasa al ánimo cuando una persona deja de mirar, comparar, responder, esperar y deslizar el dedo por la pantalla del celular durante horas.
En ese sentido, la evidencia científica empezó a mostrar que tomar distancia puede hacer bien, pero no siempre por las mismas razones para todos, indican desde la agencia de divulgación científica de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) a partir de estudios internacionales.
Investigadores vinculados a la Universidad de Stanford realizaron dos experimentos antes de la elección presidencial de Estados Unidos de 2020. Usuarios de Facebook e Instagram fueron invitados a desactivar sus cuentas durante seis semanas, mientras otros continuaron usándolas como grupo de comparación.
En total, el proyecto analizó dos experimentos con 35.442 participantes: 19.857 usuarios de Facebook y 15.585 de Instagram, y midió indicadores de felicidad, ansiedad y depresión.
Los números muestran una mejora modesta. Al dejar Facebook, los participantes registraron un pequeño avance en un indicador que reunía niveles de felicidad, ansiedad y depresión. En Instagram, el efecto también apareció, aunque fue algo menor.
En conclusión: abandonar esas redes no cambió la vida de nadie de un día para el otro, pero sí produjo una mejora leve y detectable en el bienestar emocional.
El mismo estudio, sin embargo, encontró una trampa conocida: dejar una red no necesariamente significa usar menos el celular. Parte del tiempo liberado en Facebook, y prácticamente todo el tiempo liberado en Instagram, terminó desplazándose hacia otras aplicaciones. Es decir, muchas personas no salieron de internet, sino que apenas “cambiaron de habitación”.
Ahí aparece una de las claves del problema. El cansancio no siempre está en una plataforma puntual, sino en la lógica completa de la conexión permanente. Se borra Instagram, pero aparece TikTok. Se cierra Facebook, pero se abre YouTube. Se deja el feed, pero se cae en videos cortos. El dedo no descansa: solo cambia de escenario, indican desde la UNQ.
Otro estudio realizado por investigadores de la Universidad de Bath probó una intervención más breve y más cercana a la vida cotidiana. Los autores dividieron a 154 participantes en dos grupos: unos dejaron Facebook, Instagram, Twitter y TikTok durante una semana; otros siguieron usando redes como siempre.
Después de siete días, quienes hicieron la pausa reportaron más bienestar y menos síntomas de depresión y ansiedad. El estudio mostró que incluso un corte breve puede mover algo en el estado de ánimo.
- Abstinencia de las redes
Los investigadores analizaron qué pasa con las personas cuando intentan sostener una pausa en redes. El trabajo identificó perfiles distintos: usuarios más compulsivos, usuarios moderados, personas que logran sostener el corte y otras que quieren desconectarse, pero la pasan mal durante el intento.
Es decir, no es lo mismo dejar Instagram si alguien entra diez minutos por día que si vive pendiente de quién miró su historia, quién puso like, quién contestó, quién no contestó y quién desapareció sin explicación. El problema no es solo el tiempo, es la relación emocional con ese tiempo.
Por otra parte, encontraron que desconectarse del todo también tiene su costo, ya que, explican desde la UNQ, las aplicaciones también conectan y pueden servir para sostener vínculos débiles, recordar un cumpleaños, conocer sobre la vida de personas que quedaron lejos, encontrar comunidades, circular información y participar de conversaciones que ya no ocurren solo en la vereda, el aula o la mesa familiar.
Una investigación publicada en JAMA Pediatrics, analizó datos de 100.991 adolescentes australianos entre cuarto grado y el último año de secundaria. El resultado fue menos lineal de lo que muchos esperarían: el mayor bienestar apareció asociado al uso moderado de redes, mientras que tanto el uso más alto como la ausencia total se vincularon con peores indicadores en determinados grupos y etapas del desarrollo.
De esta manera, la pregunta cambia. Ya no alcanza con medir cuántas horas pasa una persona frente al celular, sino que habría que medir qué hace ahí. Si una red funciona como máquina de comparación, vigilancia y ansiedad, la pausa puede traer alivio. Si funciona como puente con amigos, identidad o comunidad, borrarla de golpe puede dejar más vacío que calma.
En conclusión, el bienestar no mejora por arte de magia cuando alguien borra una aplicación. Mejora en algunos casos cuando esa decisión corta un circuito de uso compulsivo y abre espacio para una vida menos fragmentada.
Un mes offline
Paralelamente, un grupo de jóvenes en Estados Unidos reemplazó sus smartphones por teléfonos básicos durante un mes como parte de una experiencia de “desintoxicación digital” impulsada por una startup y organizaciones comunitarias, con el objetivo de reducir la dependencia de las redes sociales y recuperar hábitos sin pantallas.
Aunque enfrentaron dificultades iniciales, como orientarse sin aplicaciones o evitar el impulso de revisar el celular, muchos describieron la experiencia como liberadora y valoraron el aburrimiento y la interacción cara a cara. El fenómeno se inscribe en una tendencia creciente entre jóvenes preocupados por los efectos del uso excesivo de dispositivos en la atención, el sueño y la salud mental, y que buscan alternativas como dietas digitales, herramientas de bloqueo y actividades sociales offline.
NA
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