Templando aceros

Se miran de reojo. No abunda el afecto entre ellos. Sólo un minué de gestualidades propias a las que obligan el estilo, lo social, el militar en el mismo partido. En un tiempo que todavía no es historia lejana uno de ellos, Ernesto Sanz, definió al otro –Julio Cobos– en términos destemplados. “No puede ir solo ni a la esquina”, llegó a sentenciar en off que perdían rápidamente en esa condición. Fue en los tiempos del entrevero gobierno-campo, el tenso 2008. Aquel tiempo en que Julio Cobos comenzó a deshacer su sociedad con el matrimonio Kirchner, a cuyos brazos se había entregado seducido por los cantos de sirena de la pareja. Traición mediante al partido en que nació a la política y lo llevó a ser gobernador de Mendoza. Y llegó a vicepresidente de la Nación. Pero pronto supo que al kirchnerismo no le interesa la política. Le molesta. Lo demora en lo único que sí le importa: el poder. La práctica agria, cínica, sin reparar en limitaciones, del poder. Y entonces Julio Cobos hizo los petates rumbo a su partido.

Redacción

Por Redacción

carlos torrengo carlostorrengo@hotmail.com

El presente es historia conocida. Julio Cleto Cobos se distanció del gobierno votando contra las retenciones. Pero siguió de vice. Una relación enferma prolijamente reflexionada por Beatriz Sarlo. La oposición al kirchnerismo se inflamó de entusiasmo con él. Era el líder que, batiéndose al estilo de Winston Churchill contra los nazis, arremetería contra el poder K. Y ya en las presidenciales del 2011 le infligiría una humillante derrota. Pero nada de eso sucedió. Lentamente, de la mano de la dialéctica de la historia, la estatura política de Julio Cleto Cobos se volvió a su escala real. Y él, cansinamente y silbando bajito como en el tango, enfiló hacia “la casita de los viejos”, la UCR. Ahora, en las primarias, como aspirante a una banca nacional en Diputados fue el radical más votado a lo largo y ancho del país. La historia de Ernesto Sanz es otra. Su lealtad con el partido al que se sumó en los días de Raúl Alfonsín no tiene muescas. Desde el bloque radical en Senadores ha sido frontal en sus críticas al kirchnerismo. Buen polemista, suma solidez de fundamentos a esos embates. Y se explica con lógica de argumentos cuando defiende las razones por las cuales la UCR respaldó en el Parlamento iniciativas del kirchnerismo. Meses atrás anticipó: “Voy a ser el candidato radical a presidente de la Nación”. Y comenzó a templar su acero el entrevero. Pero con la mirada situada en el mismo objetivo también Julio Cleto Cobos templa su acero. No lo confiesa abiertamente. Sólo un espacio casi microscópico de su círculo político más íntimo sabe de su deseo. Que también conocen, claro, su esposa e hijas. Especie de oráculo en el que busca palenque a la hora de las definiciones políticas. Pero a Julio Cleto le gusta que le pregunten sobre el tema. Se escabulle vía frases de salida. Aunque él sabe que, para instalarse, el tema requiere hoy más medias palabras que respuestas tajantes. Hoy, Sanz y Cobos son los únicos radicales con cuotas de poder sólidas para lograr la candidatura radical a la Rosada en las urnas del 2015. Un tercer hombre de esa tropa para ese sillón podría ser el joven Mestre, intendente de Córdoba. Pero Mestre no está templando aceros. ¿Qué reflexionar sobre las aspiraciones de Sanz y Cobos? Veamos: • Ambos se forjaron políticamente en el que quizá sea el más sano sistema político provincial que tiene el país: el mendocino. Es la resultante de dos hechos. Uno: viene de lejos. Formas de hacer política, estilos de ejercer el poder que llegan desde lo que fue en el pasado el Partido Demócrata mendocino. Uno de los pocos conservadurismos imbuidos de cultura democrática que tuvo el país. Los famosos “gansos”. Un contenido que en mucho de una u otra manera se transfirió a toda la política de la provincia aunque esta dinámica sea historia. Dos: una carta constitucional que no habilita la reelección de gobernador y bloquea la posibilidad de transformar el poder en algo propio. No es neutro que Sanz y Cobos lleguen de este tipo escuela político-institucional. Habla, al menos, de que lo computan. • Desde el interior del radicalismo Sanz y Cobos se erigen con diferentes cuotas de poder. El primero cuenta con más consenso. Por su historia de lealtad, por haber recorrido palmo a palmo ese entramado aun en los momentos más crudos para el partido. “Juntar y juntar cabezas cuando no se sabía cuántas cabezas se tenían”, suele reflexionar Sanz. Pero no parece aventurado señalar que la imagen de Cobos gravita con mayor solidez hacia afuera del radicalismo. En franjas donde perdura el reconocimiento por el rol que cumplió en la crisis del campo. Espacios integrados incluso por sectores importantes del esquema de poder económico del país. • Las aspiraciones a la Casa Rosada que acunan Sanz y Cobos enfrentan un escollo duro, crítico. Puede incluso conjeturarse que se proyecta en términos demoledores para sus proyectos presidenciales: la drástica liquidación de poder electoral que sufre el radicalismo en Capital Federal y la provincia de Buenos Aires. Un desvanecimiento que se ratifica elección tras elección. En ambos espacios sólo seduce en lonjas de la sociedad que lo siguen más por dictados que hacen al mundo de las emociones que por convencimiento de su capacidad de mejorar situaciones. Y en ambos escenarios las recientes primarias demostraron además que ni siquiera convergiendo en alianzas con otras fuerzas el radicalismo está en condiciones de recuperar poder. De cara a las urnas de octubre, en Capital Federal –por caso– tiene abierta la posibilidad de no lograr ni siquiera una de las tres bancas de senadores nacionales en juego. Puede, a lo sumo, lograr una. Y, de conquistarla, estará en manos de un extrapartidario, compañero en la alianza UNEN y peronista de izquierda: “Pino” Solanas. Pero, en fin, como señaló Carlos Pellegrini, en política “siempre hay una esquina inesperada que tuerce la historia”. Mientras tanto, Sanz y Cobos templan aceros pensando en esa esquina.


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