Temporada de migraciones

Por Redacción

James Neilson

Cristina se va. Aun cuando logre seguir ocupando esporádicamente la Casa Rosada y Olivos hasta diciembre del 2015, nunca podrá recuperar el poder omnímodo que era suyo hasta que, el año pasado, se hizo evidente que la ciudadanía le daba la espalda. Dicen que, al enterarse de los resultados de aquellas primarias de agosto, lloró desconsoladamente durante varias horas antes de maquillarse y salir para festejar un triunfo meramente imaginario. La angustia que siente Cristina puede comprenderse. No es una mandataria cualquiera. Sabe que, desprovista de poder, se encontrará a la merced de sus muchos enemigos. Sin embargo, con rapidez desconcertante, lo que los chinos llamaban “el mandato del cielo” la está abandonando. El “carisma” que le atribuyen los aplaudidores ya no funciona como antes. Tampoco le sirven sus proezas retóricas; antes bien, le son contraproducentes. Por lo demás, Cristina entiende que no podrá confiar más en aquellos colaboradores que están más preocupados por su propio futuro que por el eventual destino de un “proyecto” que, como tantos otros, nunca fue mucho más que una construcción verbal. Los tentados a desertar habrán tomado nota de la triste experiencia de Jorge Capitanich que, en palabras de Luis Barrionuevo, “llegó como King Kong y ahora es la mona Chita”. Debería haber previsto que no le sería dado crecer a la sombra de una señora que se ha habituado a rodearse de enanos obsecuentes, pero parecería que la ambición lo hizo pasar por alto los riesgos que enfrentaría si formara parte de un gobierno cada vez más desmoralizado que no está en condiciones de manejar la crisis que la presidenta, con la colaboración de sus secuaces, se las ha arreglado para provocar. El futuro del país dependerá del desenlace del drama personal de Cristina. En una sociedad tan exageradamente presidencialista como la argentina, el período que separa el ocaso de un caudillo y la aparición de otro siempre resulta bastante agitado. Para complicar todavía más las cosas, el mandamás saliente suele luchar con uñas y dientes contra cualquiera que pretenda tomar su lugar antes de que haya abandonado definitivamente el escenario. Si un aspirante intenta apaciguarlo ofreciéndole un pacto de impunidad, será tratado como un corrupto más, lo que podría costarle millones de votos. Hace un año y medio, cuando Daniel Scioli confesó que, siempre y cuando Cristina lo permitiera, procuraría sucederla en diciembre del 2015, tanto la presidenta como sus fieles estallaron de ira. Para castigarlo por lo que tomaron por una manifestación de deslealtad, privaron a la provincia de Buenos Aires de los fondos que le correspondían y, con la ayuda del comisario político y vicegobernador Gabriel Mariotto, procuraron torpedear la gestión del presunto rebelde. Pero los tiempos han cambiado. Ya no se oyen alusiones empalagosas sobre lo maravilloso que sería contar con una Cristina eterna, una líder que, además de ser un prodigio de sabiduría, se mantendría ajena al paso de los años y a las peripecias biológicas. Entre los kirchneristas, se ha puesto de moda declararse en campaña. Ya lo han hecho Florencio Randazzo y Aníbal Fernández. Pronto lo harán otros, tal vez muchos otros. Dijo una vez Chateaubriand que “la ambición para la que no se tiene talento es un crimen”, pero la Argentina es un país de transgresores natos que entienden muy bien que, en política, la falta de idoneidad dista de ser una desventaja. Algunos ven la mano de Cristina detrás de la proliferación de candidaturas. Sospechan que se trata de una maniobra ensayada para llenar el mercado electoral peronista de alternativas novedosas con el propósito de devaluar las aspiraciones presidenciales de Scioli y Sergio Massa. Es posible, pero lo más probable es que la señora se haya dado cuenta de que a esta altura le sería inútil tratar de disciplinar a sus huestes y que por lo tanto le convendría tratar de hacer pensar que todo cuanto sucede se debe a su propia voluntad, que a pesar de los reveses sufridos sigue siendo la gran titiritera nacional. Si no está en condiciones de impedir que sus militantes privilegien su propia salvación, que la gente crea que les ha ordenado hacerlo. Por razones que tienen menos que ver con la política que con la necesidad urgente de defenderse contra quienes la acusan de haber privatizado, por decirlo así, una cantidad desconocida pero con toda seguridad muy grande de dinero público, Cristina quisiera que el próximo ocupante de la Casa Rosada sea una persona firmemente comprometida con su “proyecto” particular. Por un rato, pareció que el hombre indicado para protegerla contra la ofensiva judicial que ya ha comenzado y que se intensificará mucho en los meses venideros sería Capitanich, pero el chaqueño no pudo combinar el servilismo exigido por Cristina con la independencia de criterio apropiada para un presidenciable de verdad. Para los políticos del montón, los interregnos pueden ser traumáticos. A menos que sean oportunistas cínicos que se mofan de los principios que reivindican con pasión conmovedora, se sienten desorientados, sobre todo si se han acostumbrado a obedecer sin chistar al líder de turno. Todo les sería más sencillo si pudieran aferrarse a una ideología determinada o a una estructura partidaria ordenada, como hacen sus homólogos en países de instituciones menos precarias, pero aquí no les es dado solucionar con tanta facilidad los problemas de identidad que, sería de esperar, atormentan a quienes se toman en serio. Luego de un intervalo prologado, se han reanudado las migraciones ideológicas. Muchos que en los años noventa fueron neoliberales para entonces reciclarse en kirchneristas a fin de sacar provecho de la popularidad de la pareja santacruceña, mañana serán sciolistas, massistas, partidarios de Hermes Binner o incluso macristas. Todo dependerá de la dirección en que sople el viento. Los más flexibles, entre ellos Massa, se alejaron hace tiempo del kirchnerismo. Al darse cuenta de que el “ciclo” iniciado por la pareja santacruceña se acerca a su fin, otros los seguirán por el mismo camino hasta que los únicos que queden en el cuartel general K sean Cristina, miembros de su familia y algunos despistados que, como aquellos soldados japoneses que durante décadas siguieron luchando en las junglas del sur de Asia, se negarán a entender que el proyecto voluntarista al que servían ha sido irremediablemente derrotado.

SEGÚN LO VEO