“Tengo VIH, no sé cómo decírtelo”

Valentina se lo reveló a su pareja después de un año. Convive con un virus cuyos casos crecen en Neuquén.

Por Redacción

NEUQUÉN | EN PRIMERA PERSONA

Valentina lloró mares en esas pocas cuadras que separan la clínica privada donde le dijeron que era VIH positivo hasta el hospital Castro Rendón, donde la recibió una psicóloga y la contuvo. Su pequeño mundo, el interno y el de las relaciones, se derrumbó cuando la bioquímica le dio una noticia que ni siquiera alcanzó a entender. Esa sigla en inglés era para ella sinónimo de discriminación, de dejar a su hijo solo, de muerte inminente. Ella, como tantos aún hoy, pensaba en esa época que sólo se infectaban «los gays, los drogadictos y las minas sueltas de bombacha», y a ella le sobraban «un par de dedos» para contar los hombres que habían pasado por su vida. Ahí comenzó a experimentar procesos de cambios obligados, mutó en una mujer segura. Un joven al que conocía de siempre la aceptó, tuvieron un hijo y son felices a pesar de los prejuicios y de ocultarle a muchos la enfermedad que padece.

Tiene 36 años, es costurera y no se llama Valentina, pero su identidad prefiere guardarla bajo siete llaves, como lo hizo con la enfermedad que tanto le cuesta poner en palabras. «No puedo nombrarla, casi no me sale», cuenta en una de las salas del laberíntico hospital Castro Rendón, donde recibe tratamiento, parió a su segundo hijo y conoció una nueva vida. La vida después de pensar que iba a morir.

El amor no la trató bien, al menos hasta que conoció a José. El padre de su primer hijo la dejó cuando estaba embarazada y, unos años después, el «chico» que supo arrancarle suspiros en la adolescencia la contagió. «Fuimos novios de jóvenes, y después nos reencontramos. Estuvimos en pareja un año y medio, y al tiempo una amiga me dijo que se rumoreaba que él estaba enfermo. Me hice los test y al tener el resultado me quería morir. En realidad, pensaba que me iba a morir, y que mi nene (en esa época, de dos años) iba a quedarse solito».

Corría el año 2008 y, si bien la pandemia se conocía hace 25 años, Valentina tenía poca información. «Además, cuando te toca a vos, cuando estás del otro lado, te das cuenta de todo lo malo que has dicho durante tanto tiempo».

-¿A qué te referís?

-A que yo pensaba que el VIH era una enfermedad de gays, drogadictos y minas sueltas de bombacha (sonríe). Pero la realidad es todos estamos en riesgo, y eso es lo que la gente tiene que entender. Hay que cuidarse, usar preservativo. Parece algo básico, pero no lo usan. Es más, conozco un par de casos de chicas infectadas que tienen relaciones sin protección. Es una locura. Están condenando a la enfermedad a otra personas.

Valentina tiene razón. Sólo en el Castro Rendón existen unos 500 pacientes con VIH positivo en tratamiento, y otros 300 infectados que todavía no necesitan de la medicación. Todas las semanas, los infectólogos ven entre tres y cuatro nuevos pacientes. El año pasado, los casos nuevos aumentaron considerablemente, y eso preocupa en el ámbito de la salud provincial (ver aparte), con el agravante de que el 97% de los contagios se dan por relaciones sexuales. Es decir, por desdeñar el profiláctico.

Romper el silencio

Ella lleva muchos años de pesada carga. Teme contar su realidad, aunque el virus tenga una «carga indetectable» y su expectativa de vida sea casi igual a la de cualquier mortal. Sólo en su seno familiar lo saben; su hijo mayor no y del lado de su esposo, nadie. Apenas unos pocos amigos. A José, que trabaja en una fuerza de seguridad -y que tampoco se llama José-, le contó después de un año de relación. Él es menor y siempre la miró con amor. «Tenía un miedo enorme al rechazo, no sabía cómo decírselo. Siempre lo cuidé, aunque él no supiese de mi enfermedad. Quería tener un hijo y yo ponía excusas, me negaba… Hasta que un día junté coraje y se lo dije. Y desde ese día supe que era el hombre de mi vida».

Era una tórrida noche de verano, en 2010. La pareja festejaba su primer aniversario. «No sé cómo decírtelo, estoy enferma. Nunca quise hacerte mal, siempre te cuidé, tengo VIH…», le dijo Valentina. El sollozo la ahogó. Él la miró, encendió un cigarrillo, salió al balcón. Minutos que fueron una eternidad. Volvió y le dijo que jamás la dejaría. Desde ese día se transformaron «oficialmente» en una de las tantas parejas denominadas «cero discordantes» para la medicina (uno está infectado, el otro no).

El tratamiento continuó y al poco tiempo pudieron concebir. El pequeño tiene dos años y toda una vida por delante. Su madre también. Le perdió miedo a la muerte. «Hoy sólo pienso en vivir, y valorar lo que tengo, día a día».

Sebastián Busader sbusader@rionegro.com.ar