Tiempos de sueños latentes
JORGE VERGARA
jvergara@rionegro.com.ar
Una torta de nuez era suficiente para que el día del niño tuviera ese sabor especial de las cosas que hacen las abuelas. No alcanzaba, como en el día de reyes, porque no se podía lucir ante los demás, pero se podía saborear. Sin embargo, para nosotros y mis primos era suficiente, porque compartíamos no sólo el patio de nuestras casas, sino también las carencias y la torta era justamente el símbolo de un día diferente.
Nos bastaba la distinción de la abuela Alejandrina para pasar un día del niño felices a nuestro modo, sí, a nuestro modo porque había pocos juguetes, pero mucha diversión, amor, y el inigualable momento del corte de la torta, sin adornos, apenas con un poco de azúcar impalpable y un par de platos playos con galletitas sueltas para reforzar el agasajo a los comensales.
Esa era una de nuestras tradiciones, la de la torta, la de la carrera de embolsados, la de las carreras de naranjas agrias por las calles con pendiente de mi pueblo. Eso alcanzaba para ese día, para sentir que lo que no se podía dar en juguetes se traducía sin escala en distinciones, que no eran otra cosa que el afecto.
Y este día del niño, un poco tradicional y otro poco comercial, es tal vez el punto de partida para miles de sueños y proyectos que tal vez sean de pequeña escala, pero que alientan a soñar con que las cosas sean posibles, que tal vez para unos demoren más que para otros, pero que en definitiva llegarán, a nuestro modo, pero llegarán.
Y quién nos podría discutir esos sueños, quién nos podría decir que los planes de volar, de llegar lejos, de manejar un auto, de subirse a una bici imaginando que era una moto, no eran posibles, como tampoco era discutible imaginar que todas las macanas que hiciéramos en la semana, se solucionaban con un paso por la iglesia. Imaginando un Díos que lo perdonaba todo éramos capaces de las picardías más complejas, como cortarnos el pelo entre los hermanos y gastar la plata en otra cosa.
Y la infancia, tal vez con parámetros diferentes en este tiempo, es un poco la suma de todo esto, de sueños, de planes, de tiempos, también de frustraciones y de lágrimas. No se crece sin sufrir, al menos para el común de los mortales y la diferencia no la marcan los juguetes que lleguemos a tener, la marcan los gestos, los afectos, el sentir que hay afecto, aunque el sueño esté latente. Es un poco hacer lo posible, hasta que lo posible sea justamente lo que soñamos.
La casa nuestra, de construcción a medio terminar, era la más modesta en esa parte del pueblo, pero se respiraba infancia, se respiraba aire de niños, se respiraba picardía y travesuras, porque para eso sí que éramos libres, tan libres como ser un grupito capaz de la solidaridad a cualquier hora. No éramos mejores que los demás, simplemente nos animábamos a más, siempre a un poco más hasta llegar a destino, o al objetivo marcado.
Travesuras, locuras, afecto y un poco de sueños, ingredientes irreemplazables para ser niños y creer que los objetivos son posibles, todos, aunque tengamos muchos años encima, porque nos quedamos por siempre con un pedacito de ese niño que todavía sueña y sabe que alguna vez será realidad.
JORGE VERGARA
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora