Tiempos distintos

El drama de la Argentina tiene poco que ver con el "coraje" que pide De la Rúa a los habitantes.

Por Redacción

Por tratarse del 9 de Julio, el presidente Fernando de la Rúa se trasladó a Tucumán donde, como era previsible, exaltó el «coraje» y el «esfuerzo» de quienes declararon la Independencia, afirmando que si poseemos las mismas cualidades, tendremos «fe en nuestra patria» y «vamos a salir adelante». Para redondear el mensaje, De la Rúa dijo que pronto se anunciarían «el programa de empleo para la Nación, la reformulación de los planes sociales y el plan general de infraestructura y vivienda». En otras palabras, lo que quiere es que sus compatriotas aguanten, con el mismo tesón que caracterizaba a sus antecesores de principios del siglo XIX, hasta que las cuentas nacionales estén en orden y el gobierno esté en condiciones de ofrecer «soluciones» para los problemas más urgentes como el planteado por la desocupación masiva.

A primera vista, las exhortaciones presidenciales de este tipo pueden parecer muy positivas. Por cierto, a nadie se le ocurriría negar el valor del coraje y el esfuerzo. Asimismo, es bien posible que los programas de empleo y los planes sociales que están preparándose resulten útiles. Sin embargo, no es beneficiosa en absoluto la actitud que subyace en tales arengas, la de que en el fondo todo es una cuestión de esperar con paciencia, cuando no con «heroísmo», hasta que la situación finalmente mejore a raíz de la sabia intervención gubernamental, porque el futuro del país depende más que nada de la capacidad de sus habitantes para despedirse de las formas de pensar tradicionales, para adaptarse cuanto antes a un mundo en el que la imaginación, la independencia de criterio, la voluntad de innovar y de formar pequeñas empresas que un día podrían ser grandes, o sea, de cualidades que en los tiempos de las guerras contra la Corona española bien podrían haber llevado a quienes las manifestaban, siempre y cuando no se tratara de un caudillo, frente a un pelotón de fusilamiento. Mal que les pese a los políticos, en adelante el papel económico y asistencial del Estado importará decididamente menos que la evolución del sector privado. Si éste prospera, virtualmente todos compartirán los frutos; si sigue languideciendo, ningún programa gubernamental concebible servirá para cubrir las necesidades resultantes. Aunque es claramente necesario que el Estado -es decir, la comunidad en su conjunto- procure atenuar el impacto del cambio entre los más vulnerables, los cuales por antonomasia conforman una minoría reducida, es forzoso advertir que no podrá desempeñar el rol paternalista de otras épocas, cuando se encargaba de cuidar a buena parte de la población del país.

El drama socioeconómico en el cual está atrapada la Argentina tiene poco que ver con el «coraje» -presuntamente deficiente, porque de otro modo De la Rúa no lo hubiera exigido- de sus habitantes. Se debe en buena medida a la resistencia terca de muchos dirigentes, y por lo tanto de los acostumbrados a confiar en su liderazgo, a reconocer que el viejo «modelo» corporativo y clientelista se ha ido para siempre y que nunca volverá: en consecuencia, convendría que el gobierno nacional hiciera mucho más por estimular la iniciativa individual de aquellas personas, entre ellas muchos pobres, que a pesar de todo lo sucedido a partir de 1989 se hayan aferrado a la ilusión de que «la solución» será obra del gobierno local o nacional, convicción ésta que está muy difundida en las provincias más atrasadas, en las que es más patente la inoperancia de las autoridades.

Sin embargo, son pocos los dirigentes que estarían dispuestos a asumir las connotaciones del cambio. Incluso aquellos políticos que, como el propio presidente, lo comprenden muy bien, siguen hablando el lenguaje de antes, dando a entender así que si «luchamos», los buenos tiempos volverán. No lo harán de suerte que todos aquellos que actúan -a veces haciendo gala de mucho «coraje» y «esfuerzo»- como si creyeran que un eventual triunfo político o gremial modificaría esta realidad están destinados a verse decepcionados. En efecto, al frenar aún más la evolución del país, quienes están encabezando la resistencia al «modelo» son los peores enemigos de quienes suponen representar.