Tócalo de nuevo, Axel
Al suplicarles a los empresarios de la UIA “acompañar” al gobierno kirchnerista invirtiendo y produciendo más y, huelga decirlo, creando fuentes de trabajo, el ministro de Economía, Axel Kicillof, hizo recordar al radical Juan Carlos Pugliese cuando, en medio de una tormenta hiperinflacionaria ocupaba el mismo cargo en el gobierno de Raúl Alfonsín, se quejó con amargura porque “les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo”. Sucede que, para asombro de Pugliese, tanto aquí como en el resto del planeta la mayoría de los empresarios suele anteponer los intereses de sus propios negocios al relato del gobierno de turno. Siempre ha sido así. Puede que algunos pocos que comparten la ideología oficialista estén dispuestos a sacrificarse, mientras que nunca faltarán los cortesanos que fingen hacerlo a cambio de privilegios lucrativos, pero por lo común los empresarios procuran ganar más o, por lo menos, minimizar las pérdidas, lo que constituye una suerte, ya que es merced al sistema resultante que, en la actualidad, miles de millones de personas disfrutan de un nivel de vida muy superior al alcanzado por sus antepasados. De todas maneras, cuando un ministro de Economía se siente obligado a exhortar a los empresarios a ayudarlo, quiere decir que no sabe muy bien lo que le convendría hacer para salir de la situación en que se encuentra. Kicillof parece creer que la falta de inversiones, la “variación de precios” hacia arriba, el caos en el mercado cambiario, la merma alarmante de las reservas del Banco Central, el déficit energético y otros males se deben a la resistencia de los empresarios a abandonar “los manuales que proponen el jarabe rancio del neoliberalismo”. O sea, que en el fondo tienen que ver con su hipotético apego a ideas y valores muy diferentes de los que están de moda en los círculos políticos y académicos que frecuentan ideólogos como Kicillof y que, por lo tanto, la solución para los muchos problemas económicos pasaría por un cambio de mentalidad por parte de los empresarios. Es una ilusión patética. La crisis económica que está agravándose con rapidez no tiene relación alguna con los prejuicios “neoliberales” que atribuye a los empresarios. Antes bien, es la consecuencia previsible de la irresponsabilidad, miopía e inoperancia que desde mayo del 2003 han sido las características más llamativas del gobierno kirchnerista. Pudo demorarla vendiendo cantidades enormes de soja a China y, en menor medida, autos al Brasil, pero los ingresos así supuestos han dejado de ser suficientes como para financiar el colosal aparato clientelista construido por Néstor Kirchner y su esposa, de ahí “el ajuste” que ya está teniendo un impacto social negativo y que parece destinado a provocar estragos aún mayores en los meses próximos. Frente al panorama nada alentador que se las ha arreglado para crear, el gobierno de Cristina apuesta al voluntarismo: quiere que todos hagan suyo el relato triunfalista que ha improvisado. Kicillof parece convencido de que si los empresarios y otros reconocieran por fin que el país realmente está experimentando una revolución que lo hará mucho más productivo y más equitativo no vacilarían en modificar su conducta para que la economía entrara en un ciclo virtuoso, con el resultado de que los problemas concretos que sufre desaparecerían. ¿Todo resulta tan sencillo como da a entender? Por desgracia, no lo es en absoluto. Para que se restaurara la confianza sería preciso que el gobierno hiciera un esfuerzo auténtico por actuar con seriedad. Aunque el estilo retórico de Kicillof y del jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, parece más racional y menos pendenciero que el favorecido por el exsecretario de Comercio, Guillermo Moreno, no hay motivos para suponer que estén en condiciones de impulsar los cambios drásticos necesarios para que el país no se precipite otra vez en una crisis generalizada. Como tantos otros encargados de la economía nacional a través de los años, Capitanich y Kicillof dicen esperar que acuerdos sectoriales sirvan para impedir que todo se venga abajo, pero nuestra experiencia en la materia hace pensar que, luego de un par de días en que los participantes de las reuniones que, es de suponer, organizarán se feliciten mutuamente por su actitud constructiva, irrumpiría nuevamente la realidad.