Todo es política
Puede que en el gobierno nacional haya por lo menos algunos funcionarios que están procurando desempeñarse con cierta eficacia, pero se tratará de miembros de una minoría muy reducida. Los demás prefieren dar prioridad a las vicisitudes de la interminable interna gubernamental, a la lucha de cada uno por merecer la aprobación de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner con la esperanza de verse premiados con más poder y el manejo de más dinero. Puesto que todos entienden que la mejor forma de alcanzar tal objetivo consiste en llamar la atención al férreo compromiso propio con el “relato” o “proyecto” presidencial, en su opinión la eficiencia administrativa es lo de menos. Las consecuencias del desprecio así reflejado por la realidad, es decir, por el país que efectivamente existe, no el del Indec, están a la vista. Como acaba de recordarnos el exministro de Economía, Roberto Lavagna, la Argentina es un “país sin gestión”. No se equivoca. A veces parecería que el gobierno, acompañado por una multitud de “militantes” a sueldo, se ha propuesto convencer a la población de que están en lo cierto aquellos “liberales” que atribuyen buena parte de los problemas nacionales al estatismo excesivo. La rebelión salarial de los efectivos de la Prefectura Naval y la Gendarmería se debe exclusivamente a la impericia gubernamental. A juzgar por lo ocurrido, los responsables del desastre, entre ellos la ministra de Seguridad, Nilda Garré, y su presunto subordinado, el secretario de Seguridad, el teniente coronel Sergio Berni, no estarían en condiciones de manejar un quiosco, pero, por desgracia, distan de ser los únicos que ocupan posiciones clave por motivos que tienen mucho más que ver con su hipotética “lealtad” hacia la presidenta que con su eventual idoneidad. La economía nacional está en manos de improvisados prepotentes, personajes como el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, o teóricos sin mucha experiencia gubernamental como el viceministro de Economía Axel Kicillof, un ideólogo que, para subrayar su heterodoxia, se dedica a asustar a los inversores en potencia hablando pestes de “cosas horribles” como la seguridad jurídica. Asimismo, por motivos es de suponer políticos, tales funcionarios están haciendo cuanto pueden para hundir Aerolíneas Argentinas y frustrar los esfuerzos de Miguel Galuccio por hacer de YPF una empresa viable. En todas las reparticiones gubernamentales hay “militantes” oficialistas que obran como si fueran opositores infiltrados decididos a desprestigiar a la presidenta. La Cancillería se ha convertido en un campo de batalla entre diversos grupos. El ministro de Educación justificó la toma de colegios por alumnos politizados que, para embestir contra el capitalismo, no querían que siguiera en manos privadas el bar estudiantil. Se multiplican las trabas de todo tipo, como las destinadas a enseñar a la gente a odiar el dólar y amar el peso nacional, aunque parecería que, si bien el gobierno quisiera imprimir pesos en cantidades industriales, le faltan los medios precisos para hacerlo. El gobierno, pues, parece haber decidido que lo que más necesita el país es el caos, razón por la que está resuelto a sembrarlo, provocando situaciones tan insólitas como la que están protagonizando tantos uniformados. Según parece, los “militantes” oficialistas se suponen mejor preparados que otros para aprovechar las dificultades que ellos mismos ocasionan, atribuyéndolas a sus adversarios para entonces intentar movilizar al pueblo en defensa de quienes son los autores de sus penurias. Se trataría de una versión local de la estrategia revolucionaria que se ve resumida en la consigna leninista “peor es mejor”, pero, mal que les pese, no parece estar brindando los resultados previstos. En las semanas últimas, ha caído mucho el índice de popularidad de Cristina y el de aprobación del gobierno nacional. Para revertir la tendencia alarmante así supuesta, la presidenta tendría que reemplazar a los funcionarios que sencillamente no están a la altura de sus responsabilidades por otros que al menos sean capaces, pero puesto que privilegia la lealtad por encima de la idoneidad, lo más probable es que opte por dejar las cosas como están, asegurando así que los meses próximos sean muy agitados.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Sábado 6 de octubre de 2012
Puede que en el gobierno nacional haya por lo menos algunos funcionarios que están procurando desempeñarse con cierta eficacia, pero se tratará de miembros de una minoría muy reducida. Los demás prefieren dar prioridad a las vicisitudes de la interminable interna gubernamental, a la lucha de cada uno por merecer la aprobación de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner con la esperanza de verse premiados con más poder y el manejo de más dinero. Puesto que todos entienden que la mejor forma de alcanzar tal objetivo consiste en llamar la atención al férreo compromiso propio con el “relato” o “proyecto” presidencial, en su opinión la eficiencia administrativa es lo de menos. Las consecuencias del desprecio así reflejado por la realidad, es decir, por el país que efectivamente existe, no el del Indec, están a la vista. Como acaba de recordarnos el exministro de Economía, Roberto Lavagna, la Argentina es un “país sin gestión”. No se equivoca. A veces parecería que el gobierno, acompañado por una multitud de “militantes” a sueldo, se ha propuesto convencer a la población de que están en lo cierto aquellos “liberales” que atribuyen buena parte de los problemas nacionales al estatismo excesivo. La rebelión salarial de los efectivos de la Prefectura Naval y la Gendarmería se debe exclusivamente a la impericia gubernamental. A juzgar por lo ocurrido, los responsables del desastre, entre ellos la ministra de Seguridad, Nilda Garré, y su presunto subordinado, el secretario de Seguridad, el teniente coronel Sergio Berni, no estarían en condiciones de manejar un quiosco, pero, por desgracia, distan de ser los únicos que ocupan posiciones clave por motivos que tienen mucho más que ver con su hipotética “lealtad” hacia la presidenta que con su eventual idoneidad. La economía nacional está en manos de improvisados prepotentes, personajes como el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, o teóricos sin mucha experiencia gubernamental como el viceministro de Economía Axel Kicillof, un ideólogo que, para subrayar su heterodoxia, se dedica a asustar a los inversores en potencia hablando pestes de “cosas horribles” como la seguridad jurídica. Asimismo, por motivos es de suponer políticos, tales funcionarios están haciendo cuanto pueden para hundir Aerolíneas Argentinas y frustrar los esfuerzos de Miguel Galuccio por hacer de YPF una empresa viable. En todas las reparticiones gubernamentales hay “militantes” oficialistas que obran como si fueran opositores infiltrados decididos a desprestigiar a la presidenta. La Cancillería se ha convertido en un campo de batalla entre diversos grupos. El ministro de Educación justificó la toma de colegios por alumnos politizados que, para embestir contra el capitalismo, no querían que siguiera en manos privadas el bar estudiantil. Se multiplican las trabas de todo tipo, como las destinadas a enseñar a la gente a odiar el dólar y amar el peso nacional, aunque parecería que, si bien el gobierno quisiera imprimir pesos en cantidades industriales, le faltan los medios precisos para hacerlo. El gobierno, pues, parece haber decidido que lo que más necesita el país es el caos, razón por la que está resuelto a sembrarlo, provocando situaciones tan insólitas como la que están protagonizando tantos uniformados. Según parece, los “militantes” oficialistas se suponen mejor preparados que otros para aprovechar las dificultades que ellos mismos ocasionan, atribuyéndolas a sus adversarios para entonces intentar movilizar al pueblo en defensa de quienes son los autores de sus penurias. Se trataría de una versión local de la estrategia revolucionaria que se ve resumida en la consigna leninista “peor es mejor”, pero, mal que les pese, no parece estar brindando los resultados previstos. En las semanas últimas, ha caído mucho el índice de popularidad de Cristina y el de aprobación del gobierno nacional. Para revertir la tendencia alarmante así supuesta, la presidenta tendría que reemplazar a los funcionarios que sencillamente no están a la altura de sus responsabilidades por otros que al menos sean capaces, pero puesto que privilegia la lealtad por encima de la idoneidad, lo más probable es que opte por dejar las cosas como están, asegurando así que los meses próximos sean muy agitados.
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