Todos miran a Scioli
En la mayoría de las democracias, el que un mandatario provincial que milita en el oficialismo haya charlado amablemente con un líder opositor apenas merecería comentarios, pero últimamente se ha enrarecido tanto el clima político aquí que la difusión de una foto con el gobernador bonaerense Daniel Scioli al lado del jefe del gobierno porteño, Mauricio Macri, fue más que suficiente como para enojar sobremanera al ex presidente Néstor Kirchner, al que no le gusta para nada que sus presuntos aliados se relacionen con integrantes de la oposición. Por lo demás, es notorio que el hombre fuerte del gobierno de su esposa, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, siempre haya desconfiado de quien lo acompañó por más de cuatro años como vicepresidente, lo que puede entenderse por ser cuestión de un dirigente que, a diferencia de muchos miembros destacados del entorno kirchnerista, posee un capital político propio. Aunque Scioli sigue hablando como un escudero fiel del santacruceño que nunca soñaría con “traicionarlo”, casi todos dan por descontado que se ha propuesto reemplazarlo como jefe de quienes conforman el elenco oficialista actual, pero entienden que tiene que actuar con mucha cautela porque la provincia que está procurando administrar depende de la “caja” manejada por el gobierno nacional. Si bien en términos políticos no le conviene brindar la impresión de estar irremediablemente subordinado a los Kirchner, Scioli no querrá correr los riesgos que le supondría una ruptura prematura con un caudillo que, a pesar de la caída estrepitosa del índice de aprobación que ostentó hasta las semanas finales de su gestión como presidente, sigue dominando el escenario político nacional. Para frustración de los Kirchner, los que en diversas oportunidades han intentado desprestigiarlo –la más reciente fue cuando el ex presidente lo desafío en público a decirle quienes le impedían combatir el crimen atándole las manos–, Scioli ha conseguido diferenciarse de ellos sin criticarlos. Le ha sido suficiente desistir de participar de las campañas contra las “corporaciones” enemigas como las Fuerzas Armadas, el campo, los medios de difusión y así por el estilo que periódicamente emprenden los santacruceños y, claro está, tratar a todos con cortesía hasta tal punto que presuntos rivales como el político bonaerense Francisco de Narváez lo han calificado de un hombre de bien. La falta de agresividad que es tan característica de Scioli le ha permitido minimizar los costos políticos que le han supuesto los problemas más acuciantes de una provincia que está plagada por la delincuencia y en que una parte sustancial de la población vive en condiciones de extrema pobreza. Asimismo, merced a la conciencia generalizada de que en última instancia el gobierno provincial depende de “la caja”, muchos propenderán a atribuir las dificultades que enfrenta a la mezquindad de quienes se creen sus jefes políticos. Según las encuestas, de celebrarse ahora elecciones a gobernador, Scioli aventajaría por un margen estrecho a De Narváez, el que, a su vez, se impondría con facilidad si su eventual contrincante resultara ser Néstor Kirchner. Así las cosas, es comprensible que, desde hace un par de semanas, las vicisitudes de las relaciones entre los Kirchner, Scioli y los intendentes del conurbano bonaerense estén manteniendo en vilo a los interesados en la evolución de la política nacional. Es cuestión de un “relato” protagonizado por un gobernador que, sin dar la impresión de esforzarse, está tratando de aprovechar los beneficios brindados por su presunta proximidad al matrimonio presidencial sin dejarse perjudicar demasiado por las desventajas, de tal modo conservando un lugar en la lista de presidenciables. Aunque los Kirchner siempre lo han considerado un socio molesto, ya que nunca ha procurado hacer pensar que comparte su nostalgia por las luchas despiadadas de los años setenta del siglo pasado, en vista de que desde su óptica todas las alternativas son peores, podrían decidir que, siempre y cuando no prospere la eventual candidatura presidencial de Néstor Kirchner, les convendría apoyarlo con la esperanza de que, en el caso de que triunfara en las elecciones del año que viene, no los trataría como ellos trataron a quien había sido su apadrinador, Eduardo Duhalde.
En la mayoría de las democracias, el que un mandatario provincial que milita en el oficialismo haya charlado amablemente con un líder opositor apenas merecería comentarios, pero últimamente se ha enrarecido tanto el clima político aquí que la difusión de una foto con el gobernador bonaerense Daniel Scioli al lado del jefe del gobierno porteño, Mauricio Macri, fue más que suficiente como para enojar sobremanera al ex presidente Néstor Kirchner, al que no le gusta para nada que sus presuntos aliados se relacionen con integrantes de la oposición. Por lo demás, es notorio que el hombre fuerte del gobierno de su esposa, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, siempre haya desconfiado de quien lo acompañó por más de cuatro años como vicepresidente, lo que puede entenderse por ser cuestión de un dirigente que, a diferencia de muchos miembros destacados del entorno kirchnerista, posee un capital político propio. Aunque Scioli sigue hablando como un escudero fiel del santacruceño que nunca soñaría con “traicionarlo”, casi todos dan por descontado que se ha propuesto reemplazarlo como jefe de quienes conforman el elenco oficialista actual, pero entienden que tiene que actuar con mucha cautela porque la provincia que está procurando administrar depende de la “caja” manejada por el gobierno nacional. Si bien en términos políticos no le conviene brindar la impresión de estar irremediablemente subordinado a los Kirchner, Scioli no querrá correr los riesgos que le supondría una ruptura prematura con un caudillo que, a pesar de la caída estrepitosa del índice de aprobación que ostentó hasta las semanas finales de su gestión como presidente, sigue dominando el escenario político nacional. Para frustración de los Kirchner, los que en diversas oportunidades han intentado desprestigiarlo –la más reciente fue cuando el ex presidente lo desafío en público a decirle quienes le impedían combatir el crimen atándole las manos–, Scioli ha conseguido diferenciarse de ellos sin criticarlos. Le ha sido suficiente desistir de participar de las campañas contra las “corporaciones” enemigas como las Fuerzas Armadas, el campo, los medios de difusión y así por el estilo que periódicamente emprenden los santacruceños y, claro está, tratar a todos con cortesía hasta tal punto que presuntos rivales como el político bonaerense Francisco de Narváez lo han calificado de un hombre de bien. La falta de agresividad que es tan característica de Scioli le ha permitido minimizar los costos políticos que le han supuesto los problemas más acuciantes de una provincia que está plagada por la delincuencia y en que una parte sustancial de la población vive en condiciones de extrema pobreza. Asimismo, merced a la conciencia generalizada de que en última instancia el gobierno provincial depende de “la caja”, muchos propenderán a atribuir las dificultades que enfrenta a la mezquindad de quienes se creen sus jefes políticos. Según las encuestas, de celebrarse ahora elecciones a gobernador, Scioli aventajaría por un margen estrecho a De Narváez, el que, a su vez, se impondría con facilidad si su eventual contrincante resultara ser Néstor Kirchner. Así las cosas, es comprensible que, desde hace un par de semanas, las vicisitudes de las relaciones entre los Kirchner, Scioli y los intendentes del conurbano bonaerense estén manteniendo en vilo a los interesados en la evolución de la política nacional. Es cuestión de un “relato” protagonizado por un gobernador que, sin dar la impresión de esforzarse, está tratando de aprovechar los beneficios brindados por su presunta proximidad al matrimonio presidencial sin dejarse perjudicar demasiado por las desventajas, de tal modo conservando un lugar en la lista de presidenciables. Aunque los Kirchner siempre lo han considerado un socio molesto, ya que nunca ha procurado hacer pensar que comparte su nostalgia por las luchas despiadadas de los años setenta del siglo pasado, en vista de que desde su óptica todas las alternativas son peores, podrían decidir que, siempre y cuando no prospere la eventual candidatura presidencial de Néstor Kirchner, les convendría apoyarlo con la esperanza de que, en el caso de que triunfara en las elecciones del año que viene, no los trataría como ellos trataron a quien había sido su apadrinador, Eduardo Duhalde.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora