Trabajadores jaqueados
Mientras que en nuestro país la conmemoración del Día Internacional del Trabajador se vio dominada por las alternativas de la relación entre el camionero Hugo Moyano y la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, en Europa los centenares de miles que participaron en las manifestaciones callejeras del 1º de mayo que ya son tradicionales se concentraban en temas más básicos. Lejos de preocuparse por el destino personal de sindicalistas o políticos determinados, los trabajadores del Viejo Continente temen por su propio futuro. Aunque, como es habitual, siguen reclamando aumentos salariales, empleos más seguros y jubilaciones más generosas, saben que lo que hace apenas tres años les pareció no sólo razonable sino virtualmente inevitable se ha vuelto utópico, que la crisis financiera que estalló en la segunda mitad del 2008 ha cambiado el panorama por completo. En muchos países, la tasa de desocupación ha subido de manera dramática –en España, afecta al 21,3% de los “activos”, dejando a 5 millones “parados”– y todo hace prever que se mantendrá muy alta por muchos años más. Los más afectados han sido los relativamente jóvenes que se han visto excluidos del mercado laboral. Acostumbrados a creer que vivirían mejor que sus padres, han descubierto de golpe que con toda probabilidad tendrán que resignarse a un porvenir signado por la pobreza humillante, que aun cuando se reanude el crecimiento macroeconómico no les será dado disfrutar de los beneficios. Para hacer todavía más preocupante la situación en que, en todos los países ricos, se encuentran los trabajadores, incluyendo los que han logrado pertrecharse de diplomas universitarios supuestamente valiosos pero que no los han capacitado para los empleos que quisieran tener, se ha difundido la conciencia de que es inútil que sus representantes reiteren las consignas de siempre puesto que ningún gobierno está en condiciones de garantizarles los buenos empleos o la seguridad laboral que creen merecer. Si bien los voceros gubernamentales –conservadores o socialistas, da igual– les contestan afirmando que, luego de un período presuntamente breve de austeridad, se restaurará “la normalidad”, se han dado cuenta de que sólo se trata de palabras huecas ya que nadie sabe cómo seguirá un drama que apenas ha comenzado. Por supuesto que es fácil decirles a los españoles, portugueses, italianos y griegos que sus problemas se solucionarían si las economías de que dependen se hicieran tan eficaces como la alemana, pero para quienes no encuentran trabajo y por lo tanto no pueden aportar al esfuerzo considerado necesario tales exhortaciones carecen de sentido. Tampoco tienen respuestas convincentes los dirigentes sindicales, ya que a esta altura ellos mismos comprenderán que las reformas que están pidiendo son fantasiosas, que aumentar el gasto público sólo serviría para agravar aún más una crisis ocasionada por el endeudamiento asfixiante y que hacer hincapié en la seguridad laboral perjudica a los jóvenes. Además de tener que intentar reducir las deudas gigantescas amontonadas por una generación convencida de que el crecimiento económico continuaría por muchos años más, los gobiernos europeos se ven constreñidos a enfrentar los desafíos planteados por el avance inexorable de la tecnología que está eliminando millones de empleos hasta hace poco bien remunerados y por el progreso vertiginoso de países cada vez más competitivos como China y la India, cuyas exportaciones están “invadiendo” el resto del mundo. Aunque se prevé que los dos gigantes asiáticos y sus vecinos que están emulándolos no tardarán en encontrarse en dificultades, los eventuales problemas que experimenten no contribuirían a mejorar las perspectivas de los trabajadores europeos. Por el contrario, si, como algunos prevén, dan lugar a nuevas crisis financieras, las harían aún más sombrías de lo que ya son. Asimismo, saber que la economía mundial está ingresando en una etapa calificada de “conocimiento” sólo constituiría un consuelo si fuera posible averiguar cuáles “conocimientos” servirían para asegurar a su dueño una carrera laboral satisfactoria, pero, con la presunta excepción de algunos especialistas, escasean quienes puedan confiar en que sus estudios los hayan preparado adecuadamente para el mundo que los espera.
Mientras que en nuestro país la conmemoración del Día Internacional del Trabajador se vio dominada por las alternativas de la relación entre el camionero Hugo Moyano y la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, en Europa los centenares de miles que participaron en las manifestaciones callejeras del 1º de mayo que ya son tradicionales se concentraban en temas más básicos. Lejos de preocuparse por el destino personal de sindicalistas o políticos determinados, los trabajadores del Viejo Continente temen por su propio futuro. Aunque, como es habitual, siguen reclamando aumentos salariales, empleos más seguros y jubilaciones más generosas, saben que lo que hace apenas tres años les pareció no sólo razonable sino virtualmente inevitable se ha vuelto utópico, que la crisis financiera que estalló en la segunda mitad del 2008 ha cambiado el panorama por completo. En muchos países, la tasa de desocupación ha subido de manera dramática –en España, afecta al 21,3% de los “activos”, dejando a 5 millones “parados”– y todo hace prever que se mantendrá muy alta por muchos años más. Los más afectados han sido los relativamente jóvenes que se han visto excluidos del mercado laboral. Acostumbrados a creer que vivirían mejor que sus padres, han descubierto de golpe que con toda probabilidad tendrán que resignarse a un porvenir signado por la pobreza humillante, que aun cuando se reanude el crecimiento macroeconómico no les será dado disfrutar de los beneficios. Para hacer todavía más preocupante la situación en que, en todos los países ricos, se encuentran los trabajadores, incluyendo los que han logrado pertrecharse de diplomas universitarios supuestamente valiosos pero que no los han capacitado para los empleos que quisieran tener, se ha difundido la conciencia de que es inútil que sus representantes reiteren las consignas de siempre puesto que ningún gobierno está en condiciones de garantizarles los buenos empleos o la seguridad laboral que creen merecer. Si bien los voceros gubernamentales –conservadores o socialistas, da igual– les contestan afirmando que, luego de un período presuntamente breve de austeridad, se restaurará “la normalidad”, se han dado cuenta de que sólo se trata de palabras huecas ya que nadie sabe cómo seguirá un drama que apenas ha comenzado. Por supuesto que es fácil decirles a los españoles, portugueses, italianos y griegos que sus problemas se solucionarían si las economías de que dependen se hicieran tan eficaces como la alemana, pero para quienes no encuentran trabajo y por lo tanto no pueden aportar al esfuerzo considerado necesario tales exhortaciones carecen de sentido. Tampoco tienen respuestas convincentes los dirigentes sindicales, ya que a esta altura ellos mismos comprenderán que las reformas que están pidiendo son fantasiosas, que aumentar el gasto público sólo serviría para agravar aún más una crisis ocasionada por el endeudamiento asfixiante y que hacer hincapié en la seguridad laboral perjudica a los jóvenes. Además de tener que intentar reducir las deudas gigantescas amontonadas por una generación convencida de que el crecimiento económico continuaría por muchos años más, los gobiernos europeos se ven constreñidos a enfrentar los desafíos planteados por el avance inexorable de la tecnología que está eliminando millones de empleos hasta hace poco bien remunerados y por el progreso vertiginoso de países cada vez más competitivos como China y la India, cuyas exportaciones están “invadiendo” el resto del mundo. Aunque se prevé que los dos gigantes asiáticos y sus vecinos que están emulándolos no tardarán en encontrarse en dificultades, los eventuales problemas que experimenten no contribuirían a mejorar las perspectivas de los trabajadores europeos. Por el contrario, si, como algunos prevén, dan lugar a nuevas crisis financieras, las harían aún más sombrías de lo que ya son. Asimismo, saber que la economía mundial está ingresando en una etapa calificada de “conocimiento” sólo constituiría un consuelo si fuera posible averiguar cuáles “conocimientos” servirían para asegurar a su dueño una carrera laboral satisfactoria, pero, con la presunta excepción de algunos especialistas, escasean quienes puedan confiar en que sus estudios los hayan preparado adecuadamente para el mundo que los espera.
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