Transición nada promisoria

Por Redacción

Aunque los países de mayoría musulmana nunca se han destacado por la tolerancia religiosa de sus habitantes, el carácter al parecer laico de las manifestaciones gigantescas a favor de la democracia que siguen produciéndose en muchas partes del mundo árabe ha alentado la esperanza de que los adherentes de los distintos credos pronto aprendan a convivir en un clima de respeto mutuo. Por desgracia, sólo se trata de una expresión de deseos, ya que los jóvenes urbanos relativamente bien educados que durante algunas semanas monopolizaron la atención de los medios periodísticos occidentales distan de ser representativos del grueso de la población. Ya se ha hecho dolorosamente evidente que en Egipto y otros países del “Gran Oriente Medio”, los prejuicios religiosos siguen siendo demasiado fuertes como para permitir que el pluralismo eche raíces. Si bien islamistas fanatizados no protagonizaron las revueltas que culminaron con la caída del dictador egipcio Hosni Mubarak, algunos ya se han puesto a aprovechar la oportunidad planteada por la supuesta “transición hacia la democracia” para atacar a la minoría cristiana copta de aproximadamente ocho millones de personas, a pesar de las advertencias de la Hermandad Musulmana que teme que los actos de violencia perpetrados por los “salafistas” brinden al Ejército un pretexto para quedarse en el poder por algunos años más, lo que le impediría llegar al gobierno a través de elecciones libres. En otras partes del mundo musulmán, sobre todo en Irak, la situación en que se encuentran las minorías religiosas es igualmente precaria. Además de tener que enfrentar el peligro de que los choques religiosos se multipliquen hasta tal punto que el país entero se hunda en el caos, el régimen militar egipcio se ve ante un panorama económico que es francamente desolador. La fuga de capitales que fue provocada por la inestabilidad política ya ha reducido drásticamente las reservas del Banco Central; con toda seguridad continuará en los meses próximos al intentar, no sólo los empresarios ricos sino también integrantes de la clase media, trasladar su dinero a lugares más confiables. Asimismo, el precio de los alimentos está subiendo con rapidez y, como siempre sucede, los esfuerzos por frenar la inflación con medidas autoritarias decretadas por “comités revolucionarios” vecinales han resultado contraproducentes, mientras que el turismo y las remesas enviadas a sus familias por trabajadores egipcios en países como Libia han dejado de generar ingresos. Así las cosas, se estima que dentro de tres o cuatro meses Egipto, un país que ya antes de iniciarse la revuelta contra la dictadura de Mubarak tenía que importar grandes cantidades de alimentos, caerá en bancarrota, con consecuencias aciagas para una proporción muy significante de los 80 millones de habitantes. La voluntad del resto del mundo de ayudar a los egipcios dependerá en buena medida de la evolución sociopolítica de su país. Por cierto, a los occidentales no les interesaría en absoluto subsidiar a quienes los odian. De agravarse mucho la violencia religiosa, pues, o de deslizarse Egipto hacia la anarquía, los norteamericanos y europeos que están en condiciones de prestarle el dinero que necesita para que no se produzca una hambruna tendrían motivos de sobra para resistirse a hacerlo. Lo entiende muy bien el régimen militar que, ante los estallidos de violencia religiosa más recientes en que fueron incendiadas iglesias, murieron más de una docena de personas y los heridos se contaron por centenares, emitió una declaración en la que aludió a “los peligros graves que rodean a Egipto en este período” en que algunos –no dice quiénes– están procurando “romper el tejido de la nación”. Aunque los militares insisten en que reaccionarán “con mano de hierro” contra los extremistas islámicos, si los reprimen con violencia serían acusados de reincidir en las peores prácticas de la dictadura de Mubarak, lo que les costaría el apoyo de países occidentales cuyos gobiernos están más preocupados por las repercusiones en sus propios territorios de las convulsiones que están afectando al mundo musulmán que en el destino de decenas de millones de egipcios que viven al borde de la indigencia, pero si no consiguen poner fin a la persecución de la minoría copta serán acusados de complicidad con los fanáticos.


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