Traspié chubutense
Para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el presunto resultado de la elección del domingo pasado en el Chubut resultó muy pero muy bueno, ya que nadie duda de que fue debido a su poder de convocatoria que el candidato del Frente para la Victoria, Carlos Eliceche, logró casi tantos votos como su rival Martín Buzzi, el que había disfrutado del apoyo decidido del gobernador saliente Mario Das Neves. Apenas dos semanas antes, las encuestas de opinión preveían que Buzzi ganaría por 15 puntos o más, pero una campaña basada en la figura de Cristina –en la que el gobierno nacional hizo uso de los recursos cuantiosos que están a su disposición– redujo dicho margen al 0,58%. Los kirchneristas, pues, tuvieron motivos excelentes para sentirse satisfechos, pero entonces se las arreglaron para enturbiar las aguas acusando de fraude al vencedor agónico, de tal modo distrayendo la atención de la ciudadanía de lo que fue una remontada espectacular a su propia incapacidad para aceptar una derrota. Con todo, el ministro del Interior, Florencio Randazzo, terminó dándose cuenta de que el triunfalismo es siempre un mal consejero para aclarar que “nosotros no hablamos de fraude” sino de la falta “de transparencia en la información”. Y en efecto, como suele suceder en nuestro país cuando las elecciones son reñidas, para frustración de muchos el conteo pareció eternizarse. De todos modos, si bien es probable que los partidarios de ambos bandos peronistas hayan cometido irregularidades, no lo es que se modifique el veredicto de la Junta Electoral de la provincia. Por lo demás, aun cuando los comprometidos con Eliceche consiguieran mostrar que las suyas fueron menos importantes que las de sus adversarios, quedaría la impresión de que pudieron hacerlo merced a las presiones de los operadores kirchneristas, lo que daría a sus adversarios un pretexto para acusarlos de estar preparándose para repetir la maniobra a escala nacional. Como Catamarca, Chubut es un distrito electoral muy pequeño cuyos escasos habitantes cabrían en muchas municipalidades bonaerenses, detalle que, desde luego, no ha impedido que tanto los oficialistas como los opositores hayan tomado muy en serio los resultados de las elecciones que se han celebrado por entender que incidirán en el estado de ánimo de la ciudadanía en su conjunto. Los kirchneristas están resueltos a hacer pensar que la presidenta Cristina será imbatible –ya ganó”, dicen– si, como casi todos suponen, quiere ser reelegida, de modo que es lógico que hayan aprovechado al máximo su triunfo en Catamarca y que por algunas horas se hayan aferrado a la esperanza de que en el Chubut lograrían un batacazo aún mayor, puesto que en dicha provincia el gobernador Das Neves goza de un índice de aprobación elevado. De no haber sido por la presencia en buena medida virtual de Cristina, pocos dudan de que su delfín, Buzzi, habría ganado con comodidad, pero pareciera que los kirchneristas, como los hinchas de un equipo de fútbol, optaron por lamentar el supuesto fracaso de su candidato en lugar de subrayar el aporte notable que le supuso el respaldo de la presidenta. Como no pudo ser de otra manera, los líderes opositores se sienten preocupados por lo ocurrido en Catamarca primero y, una semana más tarde, en el Chubut, donde la nacionalización de comicios locales obró en su contra. Saben que mucho podría cambiar en los meses próximos, sobre todo si la inflación sigue cobrando más fuerza o si los sindicalistas deciden que les convendría recordarle al gobierno que están en condiciones de ocasionarle un sinfín de problemas, para no hablar de las repercusiones negativas que tendría una eventual crisis internacional, pero mientras tanto tendrán que intentar mejorar su propia oferta. Hasta ahora, ningún candidato o precandidato opositor ha logrado destacarse de los demás aspirantes a suceder a Cristina y ninguna agrupación opositora ha formulado una propuesta de gobierno convincente. A menos que un solo dirigente logre erigirse en “la alternativa” y consiga brindar la impresión de estar en condiciones de asegurar la gobernabilidad, la presidenta continuará aventajando a sus adversarios divididos por un margen lo bastante amplio como para permitirle triunfar en las elecciones previstas para octubre sin tener que arriesgarse enfrentando una segunda vuelta.
Para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el presunto resultado de la elección del domingo pasado en el Chubut resultó muy pero muy bueno, ya que nadie duda de que fue debido a su poder de convocatoria que el candidato del Frente para la Victoria, Carlos Eliceche, logró casi tantos votos como su rival Martín Buzzi, el que había disfrutado del apoyo decidido del gobernador saliente Mario Das Neves. Apenas dos semanas antes, las encuestas de opinión preveían que Buzzi ganaría por 15 puntos o más, pero una campaña basada en la figura de Cristina –en la que el gobierno nacional hizo uso de los recursos cuantiosos que están a su disposición– redujo dicho margen al 0,58%. Los kirchneristas, pues, tuvieron motivos excelentes para sentirse satisfechos, pero entonces se las arreglaron para enturbiar las aguas acusando de fraude al vencedor agónico, de tal modo distrayendo la atención de la ciudadanía de lo que fue una remontada espectacular a su propia incapacidad para aceptar una derrota. Con todo, el ministro del Interior, Florencio Randazzo, terminó dándose cuenta de que el triunfalismo es siempre un mal consejero para aclarar que “nosotros no hablamos de fraude” sino de la falta “de transparencia en la información”. Y en efecto, como suele suceder en nuestro país cuando las elecciones son reñidas, para frustración de muchos el conteo pareció eternizarse. De todos modos, si bien es probable que los partidarios de ambos bandos peronistas hayan cometido irregularidades, no lo es que se modifique el veredicto de la Junta Electoral de la provincia. Por lo demás, aun cuando los comprometidos con Eliceche consiguieran mostrar que las suyas fueron menos importantes que las de sus adversarios, quedaría la impresión de que pudieron hacerlo merced a las presiones de los operadores kirchneristas, lo que daría a sus adversarios un pretexto para acusarlos de estar preparándose para repetir la maniobra a escala nacional. Como Catamarca, Chubut es un distrito electoral muy pequeño cuyos escasos habitantes cabrían en muchas municipalidades bonaerenses, detalle que, desde luego, no ha impedido que tanto los oficialistas como los opositores hayan tomado muy en serio los resultados de las elecciones que se han celebrado por entender que incidirán en el estado de ánimo de la ciudadanía en su conjunto. Los kirchneristas están resueltos a hacer pensar que la presidenta Cristina será imbatible –ya ganó”, dicen– si, como casi todos suponen, quiere ser reelegida, de modo que es lógico que hayan aprovechado al máximo su triunfo en Catamarca y que por algunas horas se hayan aferrado a la esperanza de que en el Chubut lograrían un batacazo aún mayor, puesto que en dicha provincia el gobernador Das Neves goza de un índice de aprobación elevado. De no haber sido por la presencia en buena medida virtual de Cristina, pocos dudan de que su delfín, Buzzi, habría ganado con comodidad, pero pareciera que los kirchneristas, como los hinchas de un equipo de fútbol, optaron por lamentar el supuesto fracaso de su candidato en lugar de subrayar el aporte notable que le supuso el respaldo de la presidenta. Como no pudo ser de otra manera, los líderes opositores se sienten preocupados por lo ocurrido en Catamarca primero y, una semana más tarde, en el Chubut, donde la nacionalización de comicios locales obró en su contra. Saben que mucho podría cambiar en los meses próximos, sobre todo si la inflación sigue cobrando más fuerza o si los sindicalistas deciden que les convendría recordarle al gobierno que están en condiciones de ocasionarle un sinfín de problemas, para no hablar de las repercusiones negativas que tendría una eventual crisis internacional, pero mientras tanto tendrán que intentar mejorar su propia oferta. Hasta ahora, ningún candidato o precandidato opositor ha logrado destacarse de los demás aspirantes a suceder a Cristina y ninguna agrupación opositora ha formulado una propuesta de gobierno convincente. A menos que un solo dirigente logre erigirse en “la alternativa” y consiga brindar la impresión de estar en condiciones de asegurar la gobernabilidad, la presidenta continuará aventajando a sus adversarios divididos por un margen lo bastante amplio como para permitirle triunfar en las elecciones previstas para octubre sin tener que arriesgarse enfrentando una segunda vuelta.
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