Tristeza

Columna semanal

Por Redacción

eL DISPARADOR

Hugo Dopaso nació en 1935. Como médico y psicoterapeuta, trabaja en la problemática final de la vida. “Es el rol que me ha tocado y me siento muy honrado”, dice, convencido de que “la muerte es la gran maestra, la que nos enseña a mirar la vida desde la perspectiva correcta, y a verla como nunca antes lo habíamos hecho”. Él demuestra que la tristeza puede desembocar en bienestar.

A los 50 años, Dopaso quedó desolado: habían partido sus padres, un sobrino de 18 años, una amada tía y, por último, su único hermano. Se quebró. En cualquier momento y lugar lo atacaba el llanto. “No solo sentía una tristeza enorme, tenía miedo, estaba asustado”, confiesa. Lo invadía una tristeza que desconocía. No era depresión, era una crisis existencial. “Necesitaba entender”.

Al menos una vez al día lo asaltaba el trance, y una vez lo aceptó: “La tristeza se instalaba, estaba un rato largo conmigo. Como venía se iba”. Y él quedaba en paz: “Al final, pensé, la tristeza no me hace ningún daño, todo lo contrario”.

Entonces quiso saber por qué se sentía mejor y descubrió algo: “La función de la tristeza es llevarnos hacia adentro, que era dónde necesitaba estar. Refugiarme. Entrar a lo más profundo de mi corazón. Lugar que no conocía, que no había frecuentado con esa intensidad”.

Cuando percibía que llegaba la tristeza, se disponía a recibirla: bajaba la luces, ponía música y viajaba hacia su mundo interior: “Ahí me sentía pleno, feliz como nunca”. Se dio cuenta de que el personaje llamado Hugo Dopaso, desolado por la muerte, se iba desdibujando: “Quedaba yo mismo, consciente de ser el que soy. Eso me mostraba que la paz es mi verdadera naturaleza”. Conoció al ser detrás del personaje. Pero no podía vivir ahí, tenía que salir para involucrarse en su misión en este mundo: acompañar a las personas en el final de la vida.

“¿Por qué si sé que me voy a morir, creo que no me voy a morir?”, le preguntó un enfermo terminal. Dopaso piensa que las dos cosas son ciertas: “Sabés que tu cuerpo va a morir, pero quien sos vos verdaderamente, es distinto de ese cuerpo, con un origen distinto al físico y corporal. El cuerpo se desintegra, pero la persona de pronto no está en ese cuerpo. ¿A dónde va ese ser? Para pensar en otra oportunidad”.

Termina el video en youtube. Silencio en el living entre dos amigos. “Hay muchas cosas que podemos querer aprender, pero dos que sí o sí vamos a experimentar: vivir y morir”, suelta Reyes.

-A mi -sigue Iván Paperdán- me interesó el dejarse visitar por la tristeza, lo opuesto a la negación de la muerte.

-Eso me pareció esencial, porque es algo que se esquiva constantemente. En lugar de evitarla, él se zambulló en la tristeza.

-El tipo -analiza Iván- abandona todo, pero eso no significa que se abandona él, sino todo lo contrario, indaga. No podía laburar porque necesitaba entender. Su cuerpo así se lo pedía. Y su cabeza también. Sabía que lo que le pasaba era una experiencia individual imposible de transferir. No sabe o no conoce el sentido de lo que pasó, pero lo acepta como parte de la vida.

-Se desnuda, deja interrogantes -comenta Isidoro-. Habla del misterio de la vida. Acepta el miedo.

-Un héroe no sabe que va a ganar, sabe que tiene que enfrentarse a la incertidumbre de vivir y morir. Tiene miedo y es héroe porque se sobrepone.

Por Juan Ignacio Pereyra (pereyrajuanignacio@gmail.com)


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