Triunfo con sombras
El 18% que obtuvo Le Pen puede resultar humillante en términos deportivos frente al arrollador 82% de Chirac, pero es una cifra que alarma.
Para alivio de la mayoría de los franceses y de los demás europeos, el presidente Jacques Chirac logró derrotar por un margen plebiscitario a su rival Jean-Marie Le Pen en la segunda vuelta electoral, eliminando de este modo el peligro inmediato de que uno de los países clave de la Unión Europea cayera en manos de un matón racista, antisemita y ultranacionalista. Sin embargo, el que a pesar de dos semanas de propaganda agresivamente hostil dirigida contra el «fascista» Le Pen y su séquito de «lúmpens» el 18% del electorado galo insistió en votar en favor de sus recetas truculentas no puede sino preocupar a los alarmados por el avance constante de los enemigos de la democracia. Además, si sumamos a los sufragios lepenistas los logrados en la primera vuelta por totalitarios que son igualmente feroces, si bien son considerados más respetables por los medios, de la ultraizquierda, veremos que más de un francés de cada tres están dispuestos a manifestar su aprobación de los representantes de movimientos comprometidos con «detalles de la historia» como la matanza de millones de personas. Así las cosas, es legítimo temer que tanto en Francia como en otros países europeos de tradiciones políticas violentas los próximos años resulten ser agitados y, tal vez, sanguinarios.
Las causas del malestar que se ha difundido por el continente que nos ha dado lo mejor y lo peor de la civilización occidental no constituyen una miseria. Sectores cada vez más amplios de la población se sienten agredidos por los cambios económicos, demográficos, diplomáticos y culturales que están concretándose sin que nadie parezca estar en condiciones de manejarlos. En todas partes, el Estado de bienestar que se construyó en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial está desmoronándose poco a poco porque las partes solventes de las distintas sociedades no quieren o no pueden continuar costeando todos los beneficios que los más consideran derechos adquiridos irrenunciables. Las economías europeas están en evolución constante, aguijoneadas por la necesidad de reaccionar a los desafíos planteados por Estados Unidos y, en menor medida, ciertos países de Asia oriental: para algunos, los más capaces de prosperar en las circunstancias actuales, las nuevas oportunidades han sido irresistibles; para muchos otros, en cambio, la mayor eficiencia macroeconómica ha significado la «exclusión». La inmigración masiva, sobre todo de personas mal instruidas procedentes de las culturas campesinas del mundo musulmán, se ha convertido en una obsesión entre quienes se saben perdedores: informarles que a pesar de la desocupación ya estructural sus países necesitan de los inmigrantes no sirve para nada. Otro factor, especialmente en Francia, consiste en la conciencia generalizada de que la vieja supremacía cultural se ha ido para siempre: el protagonismo de políticos y pensadores franceses en los movimientos contrarios a la «globalización» tiene mucho que ver con el hecho de que el país rector no es Francia sino Estados Unidos y que el idioma del «imperio» es inglés. De más está decir que, combinados, estos ingredientes conforman un cóctel explosivo.
Por no haber sabido manejar el cambio que está impulsando el progreso tecnológico irrefrenable potenciado por el dinamismo propio del capitalismo liberal, nuestro país ha caído en una crisis que hace un par de años hubiera parecido apenas concebible. Aunque es claro que los países europeos están mejor preparados para mantenerse a flote en las aguas tumultuosas del mundo moderno, no hay ninguna garantía de que no se produzcan colapsos similares atribuibles a la voluntad de una proporción importante de la ciudadanía de volver a etapas a su entender más sencillas, menos exigentes y según muchos puntos de vista netamente mejores. Si bien el éxito de Le Pen en la primera vuelta de las elecciones francesas se debió menos a su propio atractivo, que a la confusión imperante en la izquierda gala y a la irresponsabilidad reflejada por la proliferación de candidatos meramente testimoniales, el 18% que consiguió en la segunda podría considerarse humillante en términos deportivos, pero es demasiado grande para que la mayoría pueda tratarlo como si fuera cuestión de nada más que una aberración.
Para alivio de la mayoría de los franceses y de los demás europeos, el presidente Jacques Chirac logró derrotar por un margen plebiscitario a su rival Jean-Marie Le Pen en la segunda vuelta electoral, eliminando de este modo el peligro inmediato de que uno de los países clave de la Unión Europea cayera en manos de un matón racista, antisemita y ultranacionalista. Sin embargo, el que a pesar de dos semanas de propaganda agresivamente hostil dirigida contra el "fascista" Le Pen y su séquito de "lúmpens" el 18% del electorado galo insistió en votar en favor de sus recetas truculentas no puede sino preocupar a los alarmados por el avance constante de los enemigos de la democracia. Además, si sumamos a los sufragios lepenistas los logrados en la primera vuelta por totalitarios que son igualmente feroces, si bien son considerados más respetables por los medios, de la ultraizquierda, veremos que más de un francés de cada tres están dispuestos a manifestar su aprobación de los representantes de movimientos comprometidos con "detalles de la historia" como la matanza de millones de personas. Así las cosas, es legítimo temer que tanto en Francia como en otros países europeos de tradiciones políticas violentas los próximos años resulten ser agitados y, tal vez, sanguinarios.
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