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Un Banco Central militante



En sus apenas once meses como presidente del Banco Central, Juan Carlos Fábrega no pudo impedir que el ministro de Economía, Axel Kicillof, pusiera a prueba sus teorías particulares que, desde luego, sólo han servido para profundizar la recesión y aislar todavía más al país, pero por lo menos intentó desempeñar su función con cierta racionalidad, razón por la que su virtual defenestración por parte de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha repercutido con tanta fuerza en la pequeña bolsa local y el mercado de bonos. Muy pocos confían en su sucesor, Alejandro Vanoli, por tratarse de un soldado de Cristina que, se supone, estará más interesado en hacer gala de su lealtad hacia su jefa que en procurar defender el valor del peso. A menos que Vanoli, el que según parece no integra la fracción encabezada por Kicillof, pormenor que para algunos es motivo de alivio, sorprenda a sus muchos detractores, pues, será de prever que la inflación siga acelerándose, que las reservas del Banco Central caigan con mayor rapidez, que aumenten los déficits fiscales y que se intensifiquen los torpes esfuerzos oficiales por manejar la economía como si se tratara de una sola empresa, castigando por “terrorismo” a quienes se resistan a continuar perdiendo dinero. No es necesario ser un profeta para saber cómo terminará la extravagante aventura económica que ha emprendido el gobierno kirchnerista. Todo hace temer que el país vaya hacia un nuevo colapso, uno que, a juicio de los optimistas, se asemejará al vinculado en la memoria colectiva con el “Rodrigazo” de 1975, mientras que los pesimistas conjeturan que será equiparable con el del 2001 y el 2002, cuando se desintegró la convertibilidad, a pesar de que en la actualidad la coyuntura internacional nos sea mucho más favorable de lo que era cuando la Alianza centroizquierdista estaba en el poder. La presidenta ya ha incluido a los empresarios privados y los banqueros, entre ellos Fábrega, acusado de no controlar debidamente a las entidades financieras por permitirles llevar a cabo operaciones que eran perfectamente legales, en la extensa lista de conspiradores externos e internos a los que fulminó en la serie de arengas furibundas que pronunció el martes pasado. Parecería que Cristina ha decidido redoblar la ofensiva contra los chivos expiatorios del mundo empresarial, de ahí la designación de Vanoli, un alumno del exsecretario de Comercio Interior Guillermo Moreno. De ser así, el gobierno lleva las de ganar. El sector privado, “concentrado” o no, ya se ve tan debilitado que no está en condiciones de defenderse contra las embestidas de los militantes kirchneristas. Con escasas excepciones, los empresarios se han resignado a que, hasta el 10 de diciembre del año próximo, tengan que procurar convivir con un gobierno que parece resuelto a agravar la crisis por creerse capaz de sacarle beneficios políticos. Ya antes del reemplazo de Fábrega por Vanoli, las perspectivas económicas, y por lo tanto sociales, frente al país eran muy deprimentes. Acaban de hacerse aún más sombrías. Fuera de las filas oficialistas, se da por descontado que el “modelo” reivindicado con tanta pasión por la presidenta ha fracasado por completo, pero los comprometidos con el populismo voluntarista, convencidos de que en última instancia el relato importa mucho más que la realidad, rehúsan reconocerlo. Parecen estar tan decididos a aferrarse a sus “ideales” o “convicciones” que toman las consecuencias concretas de lo que hacen, como la depauperación de millones de personas, por meros detalles anecdóticos que les será dado pasar por alto. Es poco probable que las víctimas de los experimentos de Kicillof acepten mansamente el destino que el gobierno les ha reservado. Antes de irse a Nueva York, donde calificó de “terroristas” a los presuntos responsables de sembrar pobreza y miseria, Cristina aludió a los supuestos planes de conspiradores sindicales de organizar estallidos sociales para diciembre, luego de celebrar antes “una matiné”. De deteriorarse todavía más la situación económica, los interesados en provocar desmanes no tendrán que esforzarse mucho: el gobierno mismo está ayudándolos tomando medidas que parecen calculadas para asegurar que haya más conflictos intersectoriales además, claro está, de más desánimo y miedo.


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