Un ensayo del terror que perfeccionaron la Triple A y la dictadura
La Masacre de Trelew forma parte de la etapa más sangrienta y dolorosa del pasado. Pero el desarrollo del juicio –con la presencia de familiares de las víctimas, de jóvenes militantes de organismos de derechos humanos, de vecinos chubutenses que aún exigen respuestas a los acontecimientos que marcaron su historia y de ciudadanos de todo el país que siguieron el proceso– puso nuevamente aquellos hechos en el presente. Trajo aquellos 19 nombres a la actualidad, evocó su memoria y su lucha y también reabrió el debate y los cuestionamientos hacia los métodos guerrilleros implementados. Sin embargo, fundamentalmente, el juicio que se llevó a cabo del 7 de mayo al 15 de octubre en el Centro Cultural José Hernández de Rawson permitió descubrir y encadenar sucesos de esa historia, hasta ahora contada por fragmentos. Los jueces confirmaron el plan de exterminio que comenzó en Trelew. Quienes allí murieron no fueron los primeros pero sí los más salvajemente asesinados por el terrorismo de Estado hasta esa fecha. La secuencia pretendió tener continuidad, con la posterior detención de otros 16 militantes trelewenses que había sido apoderados de los presos de la Unidad 6 de Rawson. La movilización popular llevada a cabo en esa ciudad chubutense desde el 11 de octubre de 1972 evitó otra tragedia y empezó a marcar el fin de un ciclo. Parecía el retorno definitivo de la democracia, con la convocatoria a las elecciones en las que triunfó Héctor Cámpora en 1973. Pero el terror y la violencia no cesaron. La Triple A primero y la dictadura iniciada en 1976 perfeccionaron los métodos que habían tenido su “prueba de fuego” en la base Zar. Y todos los vinculados con las víctimas de la masacre corrieron serio riesgo de perder la vida. Testimonios de familiares recogidos por los jueces dan cuenta de torturas, desapariciones y muertes de hermanos, hijos, cónyuges, tíos, amigos y allegados a los fusilados en la base naval. Sus abogados sufrieron atentados violentos, como relató Hipólito Solari Yrigoyen, quien a punto estuvo de morir en dos o tres ocasiones. Peor suerte corrió Mario Abel Amaya, quien no sobrevivió a los tormentos y murió en el 76 tras haber sido secuestrado y desaparecido. Rodolfo Ortega Peña, otro abogado de los presos, fue una de las primeras víctimas de la Triple A, a menos de un mes de la muerte del presidente Juan Domingo Perón en julio del 74. Cientos de casos de muertes, torturas y desapariciones de aquellos oscuros años surgieron de Trelew. Por eso la labor de la Justicia, incorporando el caso como delito de lesa humanidad y conectándolo con las persecuciones posteriores, permite una lectura integral de los hechos, con mayor continuidad histórica. Trelew no fue un hecho aislado. Fue el estreno del terror y la violencia.
La Masacre de Trelew forma parte de la etapa más sangrienta y dolorosa del pasado. Pero el desarrollo del juicio –con la presencia de familiares de las víctimas, de jóvenes militantes de organismos de derechos humanos, de vecinos chubutenses que aún exigen respuestas a los acontecimientos que marcaron su historia y de ciudadanos de todo el país que siguieron el proceso– puso nuevamente aquellos hechos en el presente. Trajo aquellos 19 nombres a la actualidad, evocó su memoria y su lucha y también reabrió el debate y los cuestionamientos hacia los métodos guerrilleros implementados. Sin embargo, fundamentalmente, el juicio que se llevó a cabo del 7 de mayo al 15 de octubre en el Centro Cultural José Hernández de Rawson permitió descubrir y encadenar sucesos de esa historia, hasta ahora contada por fragmentos. Los jueces confirmaron el plan de exterminio que comenzó en Trelew. Quienes allí murieron no fueron los primeros pero sí los más salvajemente asesinados por el terrorismo de Estado hasta esa fecha. La secuencia pretendió tener continuidad, con la posterior detención de otros 16 militantes trelewenses que había sido apoderados de los presos de la Unidad 6 de Rawson. La movilización popular llevada a cabo en esa ciudad chubutense desde el 11 de octubre de 1972 evitó otra tragedia y empezó a marcar el fin de un ciclo. Parecía el retorno definitivo de la democracia, con la convocatoria a las elecciones en las que triunfó Héctor Cámpora en 1973. Pero el terror y la violencia no cesaron. La Triple A primero y la dictadura iniciada en 1976 perfeccionaron los métodos que habían tenido su “prueba de fuego” en la base Zar. Y todos los vinculados con las víctimas de la masacre corrieron serio riesgo de perder la vida. Testimonios de familiares recogidos por los jueces dan cuenta de torturas, desapariciones y muertes de hermanos, hijos, cónyuges, tíos, amigos y allegados a los fusilados en la base naval. Sus abogados sufrieron atentados violentos, como relató Hipólito Solari Yrigoyen, quien a punto estuvo de morir en dos o tres ocasiones. Peor suerte corrió Mario Abel Amaya, quien no sobrevivió a los tormentos y murió en el 76 tras haber sido secuestrado y desaparecido. Rodolfo Ortega Peña, otro abogado de los presos, fue una de las primeras víctimas de la Triple A, a menos de un mes de la muerte del presidente Juan Domingo Perón en julio del 74. Cientos de casos de muertes, torturas y desapariciones de aquellos oscuros años surgieron de Trelew. Por eso la labor de la Justicia, incorporando el caso como delito de lesa humanidad y conectándolo con las persecuciones posteriores, permite una lectura integral de los hechos, con mayor continuidad histórica. Trelew no fue un hecho aislado. Fue el estreno del terror y la violencia.
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