Un gigante en la mira

Hace un año y medio, el colapso del banco de inversiones norteamericano Lehman Brothers desató un pánico financiero que, según muchos expertos, puso la “economía real” de buena parte del planeta al borde de una depresión equiparable con la que precedió a la Segunda Guerra Mundial. ¿Sucedería algo similar si hubiera motivos para creer que otra institución bancaria de dimensiones gigantescas estuviera por desplomarse? Pronto sabremos la respuesta. Al optar por acusar de fraude al banco de inversiones Goldman Sachs, la Comisión de Valores (SEC, por sus siglas en inglés) que controla a Wall Street, provocó un fuerte temblor en todos los mercados bursátiles del mundo en que los índices cayeron en picada. No fue para menos. Se teme que los esfuerzos de las autoridades norteamericanas por regular las actividades de las grandes firmas financieras lleven a otra sequía crediticia que frene la recuperación que está en marcha, lo que tendría repercusiones fuertes no sólo en Estados Unidos sino también en Europa y, desde luego, América Latina. Aunque los representantes de Goldman Sachs niegan haber defraudado a sus clientes vendiéndoles productos derivados de hipotecas a sabiendas de que no tardarían en perder valor, el que la SEC haya decidido ensañarse con la empresa ha hecho pensar que el gobierno del presidente Barack Obama ha declarado la guerra a Wall Street. Sucede que Goldman Sachs no es un banco cualquiera. Es una institución emblemática que en los círculos financieros de Estados Unidos y Europa disfruta de un nivel de prestigio envidiable. Además de lograr prosperar en medio de la crisis, Goldman Sachs emplea a analistas cuyas previsiones han incidido mucho en la evolución de la política internacional: fue de resultas de sus lucubraciones que se instaló la idea de que el futuro pertenecería a “los BRIC”, o sea, a Brasil, Rusia, la India y China, países cuyos mandatarios acaban de celebrar una cumbre para intentar hacer valer ya su presunto protagonismo futuro. Asustados por la decisión del gobierno estadounidense de dejar caer a Lehman Brothers para que los demás banqueros aprendieran a actuar con mayor responsabilidad, los líderes políticos de los países importantes llegaron a la conclusión de que pase lo que pasare sería necesario respaldar al sector financiero con cantidades astronómicas de dinero público, aun cuando los más beneficiados por la ayuda así supuesta fueran banqueros acusados de haber provocado la crisis. Todos han hablado de lo necesario que a su entender es obligar al poderoso sector financiero a respetar las reglas fijadas por las autoridades políticas y muchos mandatarios han hecho gala de la indignación que dicen sentir por la costumbre de los banqueros de aprovechar su libertad para acumular auténticas fortunas a cambio de sus servicios, pero los gobiernos que encabezan han sido reacios a tomar medidas concretas. Mal que les pese a quienes quieren instituciones financieras sanas manejadas por personas que se conformen con salarios acaso muy altos pero no multimillonarios, hasta ahora ningún gobierno ha encontrado el modo de permitir que los bancos y las entidades afines operen con eficacia bajo la vigilancia de funcionarios hostiles resueltos a impedirles correr riesgos a su juicio innecesarios. Si en opinión de los financistas los controles son demasiado severos en Nueva York o Londres, podrán llevar su negocio extraordinariamente lucrativo a Hong Kong, un emirato del Golfo Pérsico u otro lugar que esté fuera de la jurisdicción de las autoridades norteamericanas o europeas y que, por razones políticas, no tendría por qué temer a las eventuales represalias de los países que hayan abandonado. Para solucionar el problema así planteado sería necesario que todos los países significantes se comprometieran a respetar las mismas reglas, pero en el cada vez más competitivo mundo actual, en que la presencia de una empresa como Goldman Sachs sería suficiente como para brindar a una ciudad una oportunidad para erigirse en una plaza financiera poderosa, la posibilidad de que ello suceda es limitada. Puede entenderse, pues, el nerviosismo que se ha difundido por todos los mercados frente al intento de la SEC de disciplinar a lo que, bien que mal, es una institución clave del mundo de las finanzas.


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