Un juego peligroso
Fieles a su convicción de que la política es conflicto pero conscientes de que, cuando menos por ahora, no valdría la pena ensañarse con una oposición formal tan debilitada que no está en condiciones de ocasionarles problemas, los kirchneristas más combativos se han puesto a atacar al gobernador bonaerense Daniel Scioli. En cierto modo es comprensible que a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y los miembros de su pequeño círculo áulico les moleste la presencia de un dirigente exitoso que, si bien jura ser oficialista, nunca ha manifestado el menor interés en el “relato” kirchnerista y, lo que es peor todavía, conforme a los resultados de las elecciones de octubre cuenta con un poder de convocatoria comparable con el de la mismísima presidenta. Así y todo, sería mejor para todos que optaran por tolerarlo por un rato más. Además de depender la ciudadanía de la eficiencia de la gestión del gobierno que ya ha iniciado su segundo período en el poder, andando el tiempo Cristina necesitará gozar del apoyo de por lo menos algunos integrantes clave de la clase política nacional, empezando con el gobernador de la provincia de Buenos Aires. Es por lo tanto preocupante que la ministra de Seguridad, Nilda Garré, haya afirmado que ni Scioli ni el encargado de Justicia y Seguridad provincial, Ricardo Casal, han sido capaces de controlar a la policía bonaerense, contribuyendo así “a la prostitución y la corrupción de algunos sectores de la fuerza”. Según la ministra, Casal “le tiene miedo” a la policía porque “conoce cómo funciona”. Esté en lo cierto o no, a esta altura nadie puede ignorar que su voluntad de difundir tales opiniones tiene más que ver con la hostilidad del gobierno nacional hacia un mandatario que, a pesar de años de esfuerzos por asegurarles que realmente es tan leal a Cristina como cualquier otro oficialista declarado, tiene un lugar de privilegio en su lista de enemigos. Por su parte, Scioli parece resuelto a seguir soportando con estoicismo los golpes que le asestan los kirchneristas más vehementes con el presunto propósito de conservar su buena imagen entre los bonaerenses hasta las elecciones presidenciales del 2015, frustrando así a sus adversarios internos. Para los habitantes de la provincia más poblada del país, el que Garré y, es de suponer, Cristina, para no hablar del vicegobernador Gabriel Mariotto, un hombre de La Cámpora que actuará como una especie de comisario político, hayan elegido tratarlo como ya hacen con el jefe del gobierno porteño Mauricio Macri es una muy mala noticia. Por cierto, no es de su interés que Buenos Aires sea un campo de batalla en que los partidarios de Scioli tengan que preocuparse no sólo por los inmensos problemas planteados por un conurbano violento y depauperado sino también por las actividades de supuestos colaboradores deseosos de hacerlos fracasar por creer que en tal caso ellos se verían beneficiados. Si bien el gobernador y ex vicepresidente está acostumbrado a convivir con Cristina a sabiendas de que no lo quiere en absoluto, entenderá que en los próximos meses la ofensiva kirchnerista será aún más furibunda de lo que ha sido hasta ahora. Que Garré haya elegido atacarlo en público por las presuntas deficiencias de su política de seguridad exhortándolo a depurar con más vigor a la policía bonaerense no puede sino preocuparlo. Es de prever que sigan produciéndose en distintas partes de la provincia delitos espeluznantes que sirvan para difundir la sensación de indefensión ciudadana. También lo es que algunos kirchneristas procuren aprovecharlos atribuyéndolos ya a la ineptitud de Scioli ya, como insinuaba Garré, a su supuesta permisividad hacia la policía bonaerense por temor a lo que sería capaz de hacer si se le ocurriera intentar reformarla expulsando de una vez a todos los acusados de corrupción. Para que resultara exitosa una purga de la clase que procuró llevar a cabo un antecesor de Casal como ministro de Justicia y Seguridad provincial, León Arslanian, el gobierno bonaerense tendría que contar con la colaboración plena del gobierno nacional, pero sucede que, para Cristina y quienes la rodean, Scioli es un rival que en cualquier momento podría “traicionarlos”, rebelándose contra quienes desde hace ocho años están tratando de poner fin a su carrera política.
Fieles a su convicción de que la política es conflicto pero conscientes de que, cuando menos por ahora, no valdría la pena ensañarse con una oposición formal tan debilitada que no está en condiciones de ocasionarles problemas, los kirchneristas más combativos se han puesto a atacar al gobernador bonaerense Daniel Scioli. En cierto modo es comprensible que a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y los miembros de su pequeño círculo áulico les moleste la presencia de un dirigente exitoso que, si bien jura ser oficialista, nunca ha manifestado el menor interés en el “relato” kirchnerista y, lo que es peor todavía, conforme a los resultados de las elecciones de octubre cuenta con un poder de convocatoria comparable con el de la mismísima presidenta. Así y todo, sería mejor para todos que optaran por tolerarlo por un rato más. Además de depender la ciudadanía de la eficiencia de la gestión del gobierno que ya ha iniciado su segundo período en el poder, andando el tiempo Cristina necesitará gozar del apoyo de por lo menos algunos integrantes clave de la clase política nacional, empezando con el gobernador de la provincia de Buenos Aires. Es por lo tanto preocupante que la ministra de Seguridad, Nilda Garré, haya afirmado que ni Scioli ni el encargado de Justicia y Seguridad provincial, Ricardo Casal, han sido capaces de controlar a la policía bonaerense, contribuyendo así “a la prostitución y la corrupción de algunos sectores de la fuerza”. Según la ministra, Casal “le tiene miedo” a la policía porque “conoce cómo funciona”. Esté en lo cierto o no, a esta altura nadie puede ignorar que su voluntad de difundir tales opiniones tiene más que ver con la hostilidad del gobierno nacional hacia un mandatario que, a pesar de años de esfuerzos por asegurarles que realmente es tan leal a Cristina como cualquier otro oficialista declarado, tiene un lugar de privilegio en su lista de enemigos. Por su parte, Scioli parece resuelto a seguir soportando con estoicismo los golpes que le asestan los kirchneristas más vehementes con el presunto propósito de conservar su buena imagen entre los bonaerenses hasta las elecciones presidenciales del 2015, frustrando así a sus adversarios internos. Para los habitantes de la provincia más poblada del país, el que Garré y, es de suponer, Cristina, para no hablar del vicegobernador Gabriel Mariotto, un hombre de La Cámpora que actuará como una especie de comisario político, hayan elegido tratarlo como ya hacen con el jefe del gobierno porteño Mauricio Macri es una muy mala noticia. Por cierto, no es de su interés que Buenos Aires sea un campo de batalla en que los partidarios de Scioli tengan que preocuparse no sólo por los inmensos problemas planteados por un conurbano violento y depauperado sino también por las actividades de supuestos colaboradores deseosos de hacerlos fracasar por creer que en tal caso ellos se verían beneficiados. Si bien el gobernador y ex vicepresidente está acostumbrado a convivir con Cristina a sabiendas de que no lo quiere en absoluto, entenderá que en los próximos meses la ofensiva kirchnerista será aún más furibunda de lo que ha sido hasta ahora. Que Garré haya elegido atacarlo en público por las presuntas deficiencias de su política de seguridad exhortándolo a depurar con más vigor a la policía bonaerense no puede sino preocuparlo. Es de prever que sigan produciéndose en distintas partes de la provincia delitos espeluznantes que sirvan para difundir la sensación de indefensión ciudadana. También lo es que algunos kirchneristas procuren aprovecharlos atribuyéndolos ya a la ineptitud de Scioli ya, como insinuaba Garré, a su supuesta permisividad hacia la policía bonaerense por temor a lo que sería capaz de hacer si se le ocurriera intentar reformarla expulsando de una vez a todos los acusados de corrupción. Para que resultara exitosa una purga de la clase que procuró llevar a cabo un antecesor de Casal como ministro de Justicia y Seguridad provincial, León Arslanian, el gobierno bonaerense tendría que contar con la colaboración plena del gobierno nacional, pero sucede que, para Cristina y quienes la rodean, Scioli es un rival que en cualquier momento podría “traicionarlos”, rebelándose contra quienes desde hace ocho años están tratando de poner fin a su carrera política.
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