Un libro para tener en cuenta

Zadie Smith publica “Cambiar de idea”, una serie de ensayos sobre cine y literatura con la mirada inteligente de esta escritora británica.





Nueva propuesta de la escritora elegida en 2006 por la revista “Time” como una de las más influyentes.

En “Cambiar de idea”, la novelista británica Zadie Smith reúne sus ensayos sobre literatura y cine a los que suma algunas misceláneas y perfiles, que componen un mosaico que podría entenderse –por sus preferencias y elecciones– como una variante de su formación, tanto intelectual como existencial. Es que en el volumen, que publicó la casa Salamandra, no faltan reflexiones acerca del oficio de escribir, la muerte de su padre, la singularidad de Barack Obama, el estupor frente a la excentricidad de las figuras de Greta Garbo y de Katherine Hepburn, sin ceder jamás al academicismo o a la jerga para iniciados. Smith nació en Londres en 1975; ganó varios premios y en 2003 fue elegida Mejor Novelista Joven de su país por la revista Granta. Publicó, entre otros libros, “Dientes blancos”, “El cazador de autógrafos”, “Sobre la belleza” (finalista del premio Booker), y fue la responsable de la selección de relatos reunidos en “El libro de los otros”, todos publicados por la misma casa editorial. Además, en 2006, la revista “Time” la incluyó entre las 100 personas más influyentes del año. Joven (sobre todo para un texto de gran calado como “Sobre la belleza”), define Smith que “cuando una publica a una edad temprana, su escritura crece con ella, y en público. ‘Cambiar de idea’ me pareció un título apropiado, con cierto tono de confesión”. Y agrega que “al leer estos artículos, sin embargo, me veo obligada a reconocer que la incoherencia ideológica es, para mí, un artículo de fe, como lo es también el credo cauto y optimista tan bien expresado por Saul Bellow: ‘Puede haber verdades que estén del lado de la vida’. Sigo esperando, pero no creo que vaya a crecer a tal punto que ese credo se me quede pequeño”. Esa muestra de humildad o necesidad de concentración, aparece en este volumen quizá en el abanico de intereses y la curiosidad de una escritora que acepta encargos de prensa, para diarios, revistas, especiales, pero también coberturas sobre materias en las que se va haciendo especialista en la medida que transcurre el tiempo, como en el caso del cine. “Cambiar…” está dedicado a la memoria de su padre, y ordenado en cinco secciones: leer, ser, ver, sentir y recordar. En el último apartado hay un texto sobre el novelista norteamericano David Foster Wallace –amigo de la autora, y suicida– que más que un retrato, es un ensayo sobre la desesperación de un hombre acorralado por su inteligencia. Dice Smith: “Tenía un don para expresar nuestra reacción ante esta idea (la del infinito) tan extraña. Ya que si el infinito nos inspira cierto horror –porque excede la escala humana y es inconcebible–, también vemos en él un indicio de lo sagrado”. “Como concepto, el infinito parece llevar la marca del lenguaje de Dios, del ‘profundo aire azul, que no muestra/nada, y no está en ningún sitio, y es inacabable’”, como escribió el poeta inglés Philip Larkin, el preferido de Foster Wallace. Si hay tiempo para desastres, también hay tiempo para las alegrías en este libro que desarma al Franz Kafka de los tópicos clásicos (alienación, burócrata, oficinista, obra alegórica, etcétera) para convertirlo en un escritor casi satírico, un maestro del humor negro, un poco ridículo o mejor, estrambótico, en las antípodas del lugar común construido por su albacea, Max Brod. Greta Garbo –bajo la mirada de la escritora– aparece como un espectáculo de grand guignol que Hollywood soporta como soportó a Francis Scott Fitzgerald o William Faulkner. La diva exudaba belleza y tristeza, y lo hacía saber. “No necesitaba una iluminación suave ni difusa para disimular sus defectos. No tenía defectos. Y luego está esa sensación de hastío europeo que ninguna actriz de la MGM (Metro Golden Meyer) había proyectado antes. Tenían vampiresas, tenían bombas sexuales, pero nunca habían tenido una depresión existencial”, relata Smith. “’En Estados Unidos todos ustedes son muy felices’, le dijo a un periodista. ‘¿Por qué están siempre tan contentos? Yo no estoy siempre contenta. A veces sí, a veces no. Cuando me enfado, soy muy mala. Cierro la puerta y no hablo’”. “’El demonio y la carne’ (1926) fue su gran éxito (…) Es una película muda y tal vez la mejor de ella. Sólo tenía 21 años, pero por su imagen de hastío del mundo en la pantalla aparenta más edad, una mujer deseada y perseguida por el juvenil John Gilbert”, su amante en la vida real. Zadie Smith también se ocupa de reconocer el coraje cívico, casi de filántropo, de George Clooney. Y de los escritores, por supuesto. E. M. Forster, John Keats, Virginia Woolf, Evelyn Waugh, Agatha Christie, Vladimir Nabokov, que en su interpretación, “resucita” al autor que Roland Barthes y Michel Foucault habían fulminado durante la edad de oro del estructuralismo. Y desmenuza con una sutileza poco habitual dos novelas de nuestra época. Se trata de “Netherland: el club de criquet de Nueva York”, de Joseph O’Neill, y “Residuos”, de Tom McCarthy, dos caras de la misma moneda sintonizadas por el bajo continuo del humor, que se atenúa, habrá que reconocerlo, cuando la escritora se concentra en su familia y en la agonía de su padre, aunque sin perder cierta distancia y dice que de las cosas más complejas lo peor que puede hacerse es escapar. Eso sería cerrarse las puertas a la felicidad sin dar más lugar a nada. (Télam)


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