Un papa que se va muy abollado

Benedicto XVI se llamó a retiro abrumado por las dinámicas de la modernidad, no porque no las haya entendido sino porque prefirió mantener ante ellas su ideario de ortodoxiasy evitó abrir ventanas para una oxigenación de la Iglesia.

Redacción

Por Redacción

Nunca fue complejo llegar a los pliegues y repliegues de su pensamiento más íntimo. Ahí, donde está la argamasa de la cultura que forjó desde adolescente entre los vetustos y rígidos ambientes conventuales. El espacio que modeló su ideario fundado en ortodoxias. Dogmatismo. Prejuicios. Y definida agresividad retórica en relación con lo distinto. Ahora, Joseph Ratzinger se va. Y se va derrotado por eso que Bertrand Russell llamaba “el apasionante e inesperado giro convulsivo del gran revuelto llamado historia”. No se trata de que Joseph Ratzinger no haya entendido el tiempo que se está instalando vía mudanzas de la más variada gama y alcances. Se trata de que no tuvo la más mínima voluntad de asumirlo aun en dosis muy reguladas. Ésta es la razón por la cual se va con la imagen muy abollada. Pudo abrir ventanas para oxigenar la Iglesia Católica. Pero primó el cerrado medieval de sacristía. El cerrado que la transformó en poder durante siglos pero ahora la mella.

Durante todo su mandato religioso- político en el Vaticano, Ratzinger cosechó crecientemente cuestionamientos y desafíos a su estilo de ejercer poder.

Tomamos aquí sólo dos de esos casos.

–Nadie como este tío para seguir divorciando a la Iglesia Católica de la gente –le dijo el vasco y filósofo Fernando Savater a este diario. Fue hace dos años, en una tarde de noviembre en el Hipódromo de San Isidro, donde Savater –burrero por herencia y de alma– esperaba la largada del “Carlos Pellegrini”.

Por esos días, vía diversos documentos y de cara a una visita de Benedicto XVI a España, Savater había puesto una pica en Flandes. Cuestionó la conducta genuflexa del poder político ante el Papa. A lo largo del peregrinaje, Ratzinger había repartidos rayos y centellas contra todo lo que pintara u oliese a laico. “Terrible laicismo”, sentenció. Espacios que con verbo destemplado calificó incluso de “dominados por el demonio”. Cosechó, claro, respuestas duras.

Menos desde la política. “Nuestras autoridades renunciaron al laicismo democrático para no pasar por anticlericales y ahora se ven sin dignidad laica y encima tachadas de anticlericales por el beneficiario de su abandono de los principios”, remataba Savater y acotaba: “El Vaticano es una especie de Arabia Saudita pero decorada por Miguel Ángel, lo cual es una gran mejoría estética aunque, en cambio, representa poco avance político”.

En realidad, Savater hablaba en línea con su dilatada experiencia de reflexión sobre las religiones. A poco de instalarse Ratzinger en el Vaticano lo encuadró en términos muy bien cincelados de lo más negativo que, desde contenidos y conducta, signa a la religión católica. Veamos:

• Como el conjunto de las religiones, es un complejo simbólico particularmente bien acorazado ante la crítica racionalista. Su defensa consiste en que nunca está en la palestra a la que se le requiere para la justa dialéctica.

• Si –como a otras religiones– se las busca en el campo de la verdad fáctica, se refugian con agilidad en el terreno de la verosimilitud poética o de la espontaneidad psíquica; si se intenta contrastarlas con los resultados históricos de sus doctrinas, rechazan tal grosería en nombre de la intemporalidad de principios que han sido mancillados por sus agentes seculares.

• Si se las toma en serio como teología se hacen ingenuas como carbonero cuya fe ha quedado ascendida a paradigma, pero si se critican los supersticiosos hábitos populares que sobre ellas se sustentan se transforman de inmediato en sutilísimas revelaciones intelectuales que poco o nada tienen que ver con lo que entretiene la piedad –frecuentemente peligrosa– del vulgo y sus más próximos pastores.

• Si nadie las coarta ni se les enfrenta saben ser perseguidores y aun verdugos, pero cuando fuerzas sociales ponen en entredicho su prestigio o recortan sus privilegios se transfiguran de inmediato en víctimas del “materialismo” reinante.

Ratzinger fue la expresión más descarnada de este cínico y miserable blindaje que ha tenido durante muchos años el Vaticano.

Pero, en aquel 2010 tan crítico para su pensamiento y mandato, Ratzinger recibió un documento que, a modo de procurar su opinión, le envió un joven intelectual americano.

Daniel Jonah Goldhagen se formó en historia en Oxford. Intelecto inquieto, al promediar la década del 90 publicó un libro que agitó y agita duros debates en el plano académico: “Los verdugos voluntarios de Hitler”. Demostraba cómo, en materia de racismo, Hitler no fue un accidente en la vida de Alemania. Sí un organizador de ideas cuyo origen afinca y aflora desde la historia más temprana de ese pueblo. En medio del entrevero que alentó su muy bien argumentado punto de vista, Goldhagen revoleó otra investigación: “La Iglesia Católica y el Holocausto”. Demostraba son solidez la complicidad del Vaticano con el exterminio de judíos.

¿Antisemitismo bíblico?

No bien Ratzinger asumió el timón del Vaticano, Goldhagen le envió los dos libros. No consiguió ni siquiera un “recibido”.

En el 2010 le mandó un documento. Le solicitaba que al menos considerara la posibilidad de realizar un pronunciamiento en línea a restarle racismo a la Biblia.

Le decía que ése sería un paso generoso para con la vida, lo humano. Le recordaba un tramo de su libro sobre el Holocausto. Sólo un retazo de la larga y sólida argumentación que Goldhagen hace para denunciar ese racismo.

“El antisemitismo de la Biblia –dice– no es algo anecdótico en ella sino constitutivo de su crónica de la vida y muerte de Jesús, así como de sus mensajes acerca de Dios y de la humanidad. No es sólo que la Biblia cristiana contenga algunas desafortunadas observaciones antisemitas. No es sólo que el antisemitismo se extienda profusamente por el texto. Tampoco es sólo que ese antisemitismo no sea superficial sino feroz. La Biblia ofrece a sus fieles cristianos un ataque implacable y fulminante contra los judíos. Especialmente, la estructura de los evangelios es antisemita. Se presenta a los judíos como el enemigo ontológico de Jesús y, por lo tanto, de la bondad. Son el impedimento en la historia de Jesús que narra el libro. La estructura narrativa de la historia, su fuerza, sus numerosas advertencias e inducciones, dependen de que se castigue a los judíos, los esenciales y dramáticos villanos que combaten, rechazan y atacan a Jesús y sobre quienes éste prevalecerá, pero sólo mediante la tragedia de su muerte. Para que los cristianos entiendan el mal en este mundo hace falta un Satanás que combata a Dios. Para que los autores de la Biblia cristiana entendieran a Jesús en la Tierra como querían, necesitaban un Satanás terrestre y por ello inventaron y presentaron uno en la persona de los judíos”.

Por supuesto, el papa Ratzinger no le respondió a Goldhagen. Seguramente –no es aventurado advertirlo– andaba flaco de argumentos para hacerlo.

Carlos Torrengo

carlostorrengo@hotmail.com

sucesión en la iglesia católica


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